Fracking: no mordamos el anzuelo

Escrito por  Alberto Acevedo


¡La minería no es progreso, es saqueo!

Un grupo de parlamentarios, ecologistas, periodistas, investigadores sociales y personeros de varias disciplinas que tienen que ver con la protección del medio ambiente, han prendido las alarmas ante la inclusión de ‘un articulito’ en un decreto del gobierno central, que agiliza la entrega de licencias ambientales y abre un boquete de entrada a compañías mineras, especialmente de capital transnacional, para que empleen la técnica de fractura hidráulica o ‘fracking’, ya ensayada en otros países, con enorme daño ambiental, para la explotación de petróleo y gas.

Las personalidades que han llamado la atención de la opinión pública en torno a este fenómeno, entre quienes se encuentran el constitucionalista Rodrigo Uprimny y el exministro de Ambiente Manuel Rodríguez Becerra, han enviado una carta a los ministros de Minas y Energía, y Ambiente y Desarrollo Sostenible, y a otras autoridades, para que declaren una ‘moratoria’ en la expedición de licencias de explotación de hidrocarburos, con esta técnica.

Argumentan en su favor que se aplique el principio de precaución, uno de los pilares del derecho ambiental, y no se den nuevos pasos en esta dirección hasta que el país no tenga claridad y certeza sobre las bondades en la aplicación de la técnica de la fractura hidráulica. Dicen los especialistas que en el país no hay bases científicas suficientes que permitan asegurar que con el fracking no se van a causar graves daños ambientales, en las condiciones de la geografía colombiana.

Advierten que ya hay al menos seis contratos firmados para el empleo de esta técnica en exploraciones mineras en el valle del Magdalena Medio y el Catatumbo. Las autorizaciones permiten hacer exploraciones a solo 200 metros de un pozo de agua, construido para el consumo humano, y que inexorablemente habrá de ser contaminado. En otros casos, se permite el vertimiento de aguas residuales altamente contaminadas a cuerpos de agua con potencial uso humano.

ProhibiciónA diferencia de quienes suscribieron la carta a las autoridades ambientales, otros no reclaman moratoria en el otorgamiento de licencias, sino la prohibición definitiva del uso de la tecnología de fractura hidráulica.

Uno de ellos es el ingeniero Carlos César Cerón, experto en temas ambientales y militante del movimiento antifracking, quien en una conferencia la semana pasada en el auditorio de la Unión Sindical Obrera, en Bogotá, explicaba que la fractura hidráulica consiste en la perforación de masas enormes de roca, situadas a profundidades de hasta cinco kilómetros que albergan petróleo, pero principalmente gases de esquisto, hoy de valor geoestratégico para las grandes potencias occidentales, con Estados Unidos a la cabeza.

El primer problema es que, para romper la roca, es necesario inyectar, a altas presiones, enormes cantidades de agua, arena y una mixtura de elementos químicos, entre 500 y 600, de los que resulta un coctel altamente contaminante y venenoso para los seres vivos.

Daño enormeEntre estos elementos, de acuerdo a una experiencia reciente en Argentina, se emplean al menos 17 tóxicos para organismos vivos, 38 tóxicos agudos que afectan la vida humana y ocho cancerígenos comprobados que contaminan los acuíferos. Sin contar con que, por cada pozo que se abra, se hacen unas 15 fracturas, en las que se emplean 20 mil metros cúbicos de agua y unas 400 toneladas de químicos diluidos.

Este proceso contaminante va a repercutir, necesariamente, en la vida de las personas que habitan el entorno de las nuevas exploraciones mineras, en unos 15 o 20 años, produciendo malformaciones genéticas, cancerígenas en diversas partes del cuerpo y en lo inmediato afecciones gástricas, gastrointestinales y radiactivas.

Un segundo aspecto, indica Cerón, es que la perforación se hace en forma vertical, varios kilómetros abajo, y una vez encontrada la roca, se hacen perforaciones horizontales, provocando enormes explosiones, que liberan gas solamente de la roca escogida. Por lo tanto hay que repetir la operación, una y otra vez, causando prácticamente la destrucción de toda la capa rocosa. Y aunque se recupera el gas para transportarlo por el mismo conducto, resulta inevitable que las fracturas del terrero hagan que se liberen importantes cantidades de gas que van a contaminar reservorios acuíferos a 200 o 300 metros en el subsuelo.

La aparición de esta técnica, que hoy se riega como pólvora por el mundo, está ligada a la crisis energética de las grandes potencias, que se ven obligadas a buscar recursos nuevos por la geografía del planeta. De ahí que los yacimientos más importantes, descubiertos hasta hoy, se encuentren en países en guerra. Por tanto Estados Unidos y sus aliados han desatado guerras de agresión para apoderarse de tales recursos. Países como Ucrania, Siria, Libia, Irak, Afganistán, entre una larga lista, disponen de esos yacimientos, que desatan la voracidad de las grandes transnacionales de capital norteamericano y europeo.

Nos quedamos con el cáncerPor esta razón, en la medida en que se extiende la amenaza de aplicación del fracking, en esa proporción crece la resistencia a su uso en numerosos países. Grupos de ambientalistas y el movimiento sindical y de derechos humanos se colocan al frente de las protestas.

Estas han logrado que en países como Alemania, Dinamarca, Francia, Italia y la República Checa, los gobiernos hayan decretado moratorias en su aplicación. En el caso de Rumania y Lituania, se consiguió que los gobiernos expulsaran a la Chevron, una de las más interesadas en beneficiarse del fracking.

Protagonistas de las protestas han observado que, en estas condiciones, la minería no representa progreso alguno para los países pobres o en vías de desarrollo sino saqueo de sus riquezas naturales esenciales, y no hay que morder, por ello, el anzuelo de un pretendido progreso social. O, más precisamente, como lo señala el columnista de El Espectador Ignacio Zuleta, los ricos se quedan con la plata, nosotros nos quedamos con el cáncer.

Semanario Voz

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