Carta a mi hijo desaparecido

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Por: Ramiro Padilla Atondo – octubre 27 de 2014

Hijo, antes que nada quiero pedirte perdón. Sé que esta petición de perdón está llegando demasiado tarde, pero creo que ya es la única manera de hacerlo.

Aunque no eres mi hijo de sangre, eres mi hijo por haber nacido en este mismo suelo. Por eso me duele, me da una rabia infinita saber que tus sueños se han visto truncados, precisamente por aquellos a los que les pagamos para que puedas cumplirlos.

Sé también que gran parte de la responsabilidad cae en mí, ciudadano cualquiera, al que no le ha importado mucho el rumbo del país, que prefiero ver la televisión a leer, que soy crédulo de todo lo que venga de la caja idiota.

Sabía desde el principio, que aquellos que juraban llevarnos a un mundo mejor, no son sino un club de negocios a los que no les importa el cuidadano común como tú y yo. Ellos ya están del otro lado, del lado de la impunidad, del lado de los intocables.

¿Y sabes porqué? Porque yo lo he permitido. Soy fácil de comprar. Soy fácil de convencer. Por eso, cuando van a mi casa en campaña, perpetúo la imagen del mexicano idiota, sumiso, que sigue creyendo en las eternas promesas que nunca llegarán.

Por eso, esto que sucedió, me ha calado muy hondo. Tú eres un jovencito, y eres un jovencito al igual que muchos que te llevaron a caminar por la sierra, igual al que te disparó y te quemó. Ambos son víctimas de un sistema disfuncional, de un sistema que como Saturno, ha empezado a devorar a sus hijos.

Exigir un país mejor no debería ser causa de muerte. Ingresar a un cartel tampoco debería ser una opción para burlar la pobreza. Pero esto nos lo han enseñado. Vivimos en un país que vive la cultura del mínimo esfuerzo. Si eres actor de telenovelas o presidente de la República (que son genéricos intercambiables) o en su defecto político, sabes que no tienes que trabajar. Solo pasear y tomarte la foto en eventos públicos, para que digan que estás trabajando.

Vivimos en un país en el que ser pobre y exigir tus derechos es sinónimo de ser vándalo. Tú como estudiante pobre debes entender que no tienes derecho ni a la vida.

Lo triste es que yo, tu padre, he entendido esto demasiado tarde. Me da una infinita vergüenza saber que pude haber hecho algo y no lo hice. Pero ¿sabes una cosa?

Nunca es tarde. Esta clase parasitaria se tiene que ir. Están equivocados si creen que tienen el control del país.

La simulación tiene fecha de vencimiento, y ya les está cobrando un precio muy caro. Cada día que pase sin saber que fue de ti se irá convirtiendo en una losa muy pesada para ellos. El castillo de naipes que se construyeron se derrumbó de una.

Y aunque le apuesten a la dilación, nosotros, la mayoría, les tenemos cuatro palabras, ni perdón, ni olvido. Intentarán desviar la atención, intentarán culpar a unos pocos y luego dirán que se resolvió.

Pero no olvidaremos. El mundo está con nosotros. Y por primera vez en muchísimo tiempo, estamos unidos.

Y esto lo hago por ti. Por mis otros hijos. Es mi país también, y tengo derecho a decidir qué pasa en él.

Me despido pidiéndote perdón desde el fondo de mi corazón, y prometiéndote que no dejaré de luchar hasta saber que fue de ti, y que se haga justicia.

Dejo para el final esta frase de Berltolt Bretch:

«Primero se llevaron a los judíos,

pero como yo no era judío, no me importó.

Después se llevaron a los comunistas,

pero como yo no era comunista, tampoco me importó.

Luego se llevaron a los obreros,

pero como yo no era obrero, tampoco me importó.

Más tarde se llevaron a los intelectuales,

pero como yo no era intelectual, tampoco me importó.

Después siguieron con los curas,

pero como yo no era cura, tampoco me importó.

Ahora vienen por mí, pero es demasiado tarde.»

Este contenido ha sido publicado originalmente por SINEMBARGO.MX

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