Iglesia y política: la irrupción de las ovejas negras

Por Emiliano Ruiz Parra

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En los años recientes ha acontecido una transformación en el papel público de los representantes de la Iglesia católica en México. El antiguo protagonismo de los jerarcas más conservadores parece haber cedido paso a la presencia renovada de los sectores progresistas del catolicismo, caracterizados por un compromiso con las luchas sociales.

En las movilizaciones de fines de 2014, realizadas en protesta por la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa, marchaba un contingente insólito, compuesto por cientos de religiosas, unas decenas de monjes y un sacerdote al frente: Alejandro Solalinde. “¡Ayotzi, aguanta, que la Iglesia se levanta!”, “¡Cristo no ha muerto, vive en el pueblo!”, coreaba el grupo, mientras Solalinde saludaba a las masas como estrella de rock.
En otros países de mayoría católica es normal que el clero convoque a marchas. En España, Francia y Argentina, los obispos han tomado las calles para protestar contra el matrimonio igualitario y el aborto. En México, sin embargo, la tradición laicista mantuvo a la Iglesia católica a raya de las manifestaciones políticas. Por eso resulta significativo que la corriente progresista del catolicismo rompa ahora el tabú y, con sotanas y cofias, se adhiera a un movimiento antagónico al presidente Enrique Peña Nieto.
Esa corriente de izquierda eclesiástica atraviesa por un momento de esplendor. Una rápida revisión a la geografía revela la presencia de sus cuadros en todo el país, desde Ciudad Juárez a la frontera con Guatemala. Curas, monjas y laicos comprometidos militan en organizaciones de derechos humanos con causas diversas: defensa de los transmigrantes centroamericanos, acompañamiento de familiares de desaparecidos, y resistencias indígenas y comunitarias contra proyectos mineros, entre otras batallas.
El escenario político mexicano se ha visto enriquecido por la irrupción de esta tendencia. En 2012, propuse en Ovejas negras (una colección de perfiles sobre Solalinde, Raúl Vera, Javier Sicilia y otras figuras) una hipótesis sobre su emergencia y crecimiento: la izquierda partidista tradicional, agrupada en torno de López Obrador y el PRD, se había distanciado de los movimientos sociales para concentrarse en su crecimiento electoral y económico. Ese vacío lo había llenado el torrente progresista de la Iglesia.
Ahora, bajo las nuevas circunstancias, llevaría este argumento más lejos: la crisis política, desatada con la masacre de Iguala en septiembre de 2014, reveló la descomposición de la élite política y el agotamiento de la legitimidad que el sistema político actual había obtenido en la alternancia del 2000. Diversos articulistas sugirieron a Peña Nieto aprovechar la crisis para reformar su gobierno o, por lo menos, su gabinete. Pero la respuesta oficial fue, como resumió José Merino en un tuit: “seguimos los mismos haciendo lo mismo”. El régimen se ha atrincherado en sí mismo: solo sus incondicionales son admitidos en las listas de candidatos plurinominales, y hasta en los espacios supuestamente ajenos al control partidista, como el Instituto Nacional Electoral y la Suprema Corte de Justicia de la Nación.
El Pacto por México sirvió no solo para aprobar un puñado de privatizaciones y contrarreformas, sino también para diluir a la oposición. Los analistas han señalado con sorpresa, por ejemplo, que el Congreso haya renunciado a investigar los conflictos de interés alrededor de la “Casa Blanca” de Peña Nieto. Más que esclarecer los señalamientos de corrupción en contra del gobierno federal, el PAN y el PRD han cerrado filas en torno suyo. Esa complicidad ha llevado al desprestigio generalizado de los políticos y a una sensación social de que la clase dirigente no ofrece ninguna alternativa.
En ese contexto, la corriente eclesiástica progresista aparece como un elemento contrastante. Su autoridad moral proviene de décadas de trabajo discreto con los sectores más vulnerables del país. Se trata de clérigos y religiosos libres de acusaciones de corrupción, pederastia o encubrimiento. Y han extendido su agenda hacia las reivindicaciones políticas: fray Raúl Vera, obispo de Saltillo, por ejemplo, ha convocado a asambleas populares que desemboquen en una asamblea constituyente. A Solalinde, The Independent lo identificó como el dirigente del movimiento surgido tras la masacre de Iguala. No se refería a un liderazgo orgánico sino moral. El diario británico percibía que la sociedad movilizada veía en las ovejas negras un referente ante la pérdida de legitimidad del gobierno y su oposición leal.
Hay otros factores que explican la irrupción de este sector progresista. Uno de ellos es el declive del grupo eclesiástico que adquirió protagonismo y poder a fines del siglo XX en México. El sacerdote Antonio Roqueñí los llamaba “El Club de Roma”. Lo conformaban el nuncio Gerónimo Prigione, los cardenales Norberto Rivera y Juan Sandoval Íñiguez, el sacerdote Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, y los obispos Onésimo Cepeda y Emilio Berlié Belaunzarán. Durante algunos años ese grupo presumió su cercanía con los hombres más ricos del país y con el PRI. El presidente Ernesto Zedillo, por ejemplo, inauguró la catedral de Ecatepec, sede episcopal de Onésimo Cepeda, y el obispo devolvió el favor al abrazar al candidato oficial a la presidencia Francisco Labastida.
Ese “club” quedó desarticulado por el desprestigio y el paso del tiempo. Prigione se retiró a la campiña italiana. Sandoval y Cepeda alcanzaron la edad de jubilación y Maciel murió como un pederasta condenado moralmente por la sociedad y el Vaticano. Norberto Rivera, aunque libró los juicios en su contra en Estados Unidos, quedó manchado por el presunto encubrimiento del sacerdote Nicolás Aguilar. En febrero de 2007 canceló las conferencias de prensa que ofrecía cada domingo en la Catedral metropolitana, cansado de responder preguntas sobre los escándalos. Desde entonces su política ha sido no llamar la atención. Ni siquiera al interior de la Iglesia genera respaldo. En las elecciones de presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) en 2003, recibió menos de dos decenas de votos de más de cien obispos electores.
La jerarquía eclesiástica tradicional se enfrenta a otros desafíos. Los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI hicieron obispos solo a los incondicionales a la línea vaticana, entonces de corte ultraconservador. Para ello, eligieron a los sacerdotes que habían recibido una formación más ortodoxa. El libro De la brecha al abismo, los obispos católicos ante la feligresía en México (Católicas por el Derecho a Decidir, 2013), coordinado por Evelyn Aldaz y María Consuelo Mejía, revela datos interesantes: Uno de cada tres obispos ingresó al seminario entre los 11 y los 13 años de edad y otro tercio entre los 14 y los 18 años. Del total del episcopado, solo el cinco por ciento había estudiado en una universidad no católica.
La jerarquía mexicana, como la retratan estos números, se formó desde la pubertad y adolescencia en el encierro del seminario, con la escolástica tomista como base intelectual. Los obispos son, pues, muy diestros para defender los dogmas de fe, pero están poco preparados para el diálogo con el mundo secular. En México, además, el episcopado ha sido consistente en su relación con el poder político y económico. Existen ejemplos recientes, como la imagen del obispo Alfonso Cortés bajando de un avión privado para tomar posesión de la arquidiócesis de León; o la fotografía de Rivera Carrera de vacaciones en el pueblo gallego de Avión, invitado por su amigo Olegario Vázquez Raña, o el ex presidente de la CEM, Carlos Aguiar Retes, inaugurando oficinas del entonces presidente del PAN Manuel Espino.
Entre esa jerarquía y el papa Francisco hay una evidente incompatibilidad. Ni la CEM ni un solo obispo han publicado una carta pastoral para expresar su respaldo a Francisco en sus líneas fundamentales, como la inclusión de las mujeres al gobierno de la Iglesia y la defensa del medio ambiente (la primera encíclica papal equiparará las agresiones al ambiente con ofensas a la creación de Dios) y ninguno ha replicado sus gestos de austeridad o de misericordia con los marginados. La apuesta de la jerarquía mexicana es que el tiempo pase rápido y la muerte o la renuncia del pontífice argentino devuelva a la Iglesia a la normalidad.
Hasta ahora el papa no ha tenido la coyuntura para impulsar a sus cuadros en la jerarquía mexicana como lo hizo con la española, con el nombramiento de Carlos Osoro como arzobispo de Madrid. Quizá la tenga en 2017, cuando Norberto Rivera presente su renuncia a la arquidiócesis de México. Pero el sector conservador, todavía mayoritario en la curia romana, podrá presionar para que se retrase el relevo dos o tres años, mientras se le agota el tiempo a Bergoglio.
Lo cierto es que Francisco ha asumido la línea de distanciarse del gobierno de Enrique Peña Nieto, a contrapelo de la jerarquía mexicana dominante que, en el periodo de crisis política, ha optado por no criticar al presidente. En julio de 2014 estuve una semana en Roma y conversé con cuatro altos oficiales de la curia y otros sacerdotes y laicos familiarizados con la política exterior del Vaticano. Entre los planes del papa, me aseguraron algunos de ellos, estaba visitar México en mayo de 2015, después de inaugurar el Encuentro Mundial de las Familias en Filadelfia. Francisco quería orar en el muro fronterizo como lo había hecho en la pared que Israel erigió para segregar los territorios palestinos.
Pero a los pocos meses ocurrió la tragedia de Iguala y Bergoglio cambió de planes. Su oficina de prensa canceló cualquier posibilidad de visita a México. Más aún, ocurrió un gesto al que se le ha prestado poca atención: Francisco mandó al nuncio Christophe Pierre a celebrar la misa de Navidad a la Normal de Ayotzinapa con los padres de los 43, los mismos que en privado y en público habían pedido la renuncia del presidente. Esa misa fue un desafío a Peña Nieto y a su conducción de la crisis.
¿Con ese gesto Francisco confluía con la corriente progresista mexicana?, ¿el papa argentino es una oveja negra? Mi respuesta es negativa. Francisco no es un progresista, sino un hombre que busca restaurar los equilibrios en una organización tan diversa como la Iglesia católica. Eso significa, ahora, inclinar la balanza hacia el sector liberal, porque la tendencia conservadora había dominado durante las últimas tres décadas. Y en el Vaticano saben que las ovejas negras le están dando a la Iglesia mexicana una bocanada de frescura y legitimidad dentro de un contexto de descomposición campante, tanto del gobierno, la oposición, y un sector relevante de la jerarquía eclesiástica.
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(Emiliano Ruiz Parra es autor de Ovejas negras, rebeldes de la Iglesia mexicana del siglo XXI, publicado por Océano en 2012.)

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