Atropellar y huir: La justicia cotidiana que no llega

Recuerdo que hace no mucho hablábamos de la importancia de la justicia cotidiana en nuestro país. Bueno, hasta el presidente Enrique Peña Nieto le pidió al Centro de Investigación y Docencia Económicas (Cide) que desarrollara una proyecto sobre el tema para mejorar en ese aspecto.

Pues les cuento que las cosas no han cambiado mucho.

Por Ixchel Cisneros Soltero/ @chelawuera

Desde hace más de un año, decidí vender mi coche; estaba cansada de pelear horas en el tráfico y perder la paciencia a diario. Me convertí en una peatona feliz que hace más tiempo a su oficina pero vive mejor.

Por molesto que pueda parecer para algunos, soy de esas que siempre usa los puentes peatonales, cruza en las esquinas y pelea con los ciclistas que van en sentido contrario o con los automovilistas que no respetan las señales de tránsito.

El jueves 18 de junio alrededor de las 7:50 de la noche, salí de una reunión en la colonia Del Valle y caminé sobre Concepción Beistegui.

La tarde estaba lluviosa, los autos tocaban sus bocinas desesperados por llegar a su destino pero yo, caminaba feliz por la banqueta tomando un café con leche que me había comprado minutos antes.

En el cruce con Avenida Gabriel Mancera, un auto Chevy color azul me atropelló. No, no iba viendo mi celular, no me pasé el alto, y sí me fijé al cruzar. Aun así, sin más ni más, de un segundo a otro, desperté tirada sobre Gabriel Mancera con desconocidos rodeándome.

Me preguntaban si estaba bien, me pedían que no me moviera y decían que pronto llegaría la ayuda.

Una señora, que después supe se llama Elena Enríquez, atravesó su coche a mi costado porque yo iba vestida de negro y temía que alguien me pasara por encima. Era la mera hora del tráfico.

Desde el asfalto, escuchaba el sonido de los autos frenando apresurados, las mentadas de madre con sus bocinas y la gente diciendo que el malhechor (o malhechora) se había escapado.

A los pocos minutos llegó una patrulla y una ambulancia. Yo debía avisar a mis parientes a donde me llevarían y como siempre cuando lo necesito urgentemente, mi celular se había quedado sin pila.

“No te voy a dejar sola”, me decía Elena, mientras pensaba qué hacer.

En mi cabeza solo estaba el teléfono de mi casa. Mi nueva mejor amiga me prestó su celular y llamé, pero sonaba ocupado; con la confusión, no recordaba que teníamos tres semanas sin línea telefónica debido a una gran llovida.

Ya inmovilizada en la ambulancia, recordé que antes de todo este lío yo iba caminando rumbo al Centro Universitario México (CUM) donde unos amigos jugarían un partido de tochito bandera.

Por iniciativa propia, un motociclista fue al CUM, gritó mi nombre y mi situación y los Knijos (como se llama el equipo de mis amigos) fueron a mi rescate.

Lo que pasó después es lo que supongo siempre sucede en los hospitales: gente quitándote la ropa, poniéndote sueros, sacándote placas y preguntándote incisivamente cómo iba a ser tu forma de pago.

A la 1:30 de la mañana salí de la clínica. Un esguince grado dos en el cuello, una contusión en el hombro y 9 mil pesos menos fueron el resultado.

De seguro ni hablar, obvio no tengo, trabajo en una organización de la sociedad civil, ¡por dios!

Alrededor de las 2 de la mañana llegué al Juzgado Cívico BJ-4 en la delegación Benito Juárez a realizar mi denuncia.

Una mujer vestida de blanco con un sombrero panameño zurcía lo que parecía ser un disfraz infantil. “No sabe lo cansada que estoy”, me dijo. “Hoy ha sido un día de locos.

¿Está segura que quiere levantar su denuncia ahorita?”.

Yo, adolorida, con el brazo raspado y con un collarín que con trabajo me permitía voltear, asentí.

“Seguro en la clínica a la que fue ya levantaron la denuncia”, dijo una mujer que salió de otra oficina. A esa hora yo ya no iba a pelear, así que la ignoré y le di mi nombre a la del sombrero.

  • -Ixchel Lydia Ángela Cisneros Soltero
  • -Itzel, escribió.
  • -No, con equis, le dije.
  • -Ixel.
  • -No, I-x-c-h-e-l

Igual no lo escribió bien, al final le puso doble ele por lo que tuvo que usar corrector nuevamente mientras se quejaba de lo cansada que estaba.

Tiene usted que pasar a revisión médica, me dijo.

Acepté, caminé por un oscuro pasillo y toqué la puerta.

Dos médicos: un hombre y una mujer, abrieron la puerta, todavía con la almohada marcada en pelo y mejilla.

Firmé un consentimiento para mi revisión y ahí, parada en medio consultorio me hizo levantarme la blusa y girar como bailarina; después, bajarme los pantalones hasta los tobillos y nuevamente girar. “Sin pararte”, me gritó ella.

Después, la doctora revisó el diagnóstico que me habían dado en el hospital mientras le dictaba a su colega los datos para que los escribiera en una computadora.

En estos momentos me acordé taaanto de mis papás y no realmente porque los extrañara mucho sino porque parece que mi nombre –de origen maya, por cierto- es más difícil de escribir que cualquier otro en el mundo.

20 minutos más tarde pasé con la Oficial Secretario de apellido Toledo, quien más bien parecía que venía a correr, pues vestía un pants de licra hasta los tobillos, una sudadera del mismo material y unos tenis Nike morados con amarillo.

“¿Cómo es que no viste las placas?”, me cuestionó. A lo mejor porque quedé inconsciente, pensé, pero mejor evité mi comentario.

Yo le di mi declaración y ella la redactó – cabe hacer aquí esta anotación porque si mi profesor de redacción de la Escuela de Periodismo Carlos Septién la lee alguna vez, quiero que quede claro que yo no uso tantos gerundios y sí pongo acentos-.

Lesiones culposas por transito de vehículo, se leía en el documento que estaba por firmar. En eso estábamos, cuando de repente escuché un ladrido.

Me dije a mi misma, creo que el golpe estuvo más duro de lo que pensé, tanto que ya escucho ladrar a los perros.

Pero no, una mujer a la que todos llamaban licenciada se agachó y de una pequeña bolsa de tela sacó a un pequeño y cariñoso cachorro que lleva por nombre Doby.

“Se ha portado muy bien”, coincidieron todos al mencionar que no había hecho tanto escándalo como otros días.

Leí mi declaración, la firmé y me indicaron que tenía que bajar con la policía de investigación para nuevamente decirles qué había sucedido.

Esas oficinas eran aún más oscuras que las primeras. En la entrada, sobre un escritorio que parecía haberse comprado cuando Óscar Espinosa Villareal era regidor del DF, había un letrero donde se leía: “prohibido ingresar a estas instalaciones armado”.

Por 15 minutos vi entrar y salir a policías. Algunos ni me volteaban a ver, otros sólo aseguraban que “ahorita” me atenderían.

De entre las penumbras salió un hombre de unos 60 años, vestido con pantalón azul y playera blanca. Muy amable me indicó cuál era su escritorio y afirmó que él llevaría mi caso.

Al compás de los ronquidos que salían de una oficina, el agente me pidió que le dictara la declaración que había dado arriba. Sabía que era un trámite engorroso pero debía hacerse nuevamente.

Él, peleaba con la computadora, cuestiones del nuevo formato decía. Le expliqué que no tenía testigos pero que había varias cámaras en el lugar y le dibujé un croquis.

Luego de 40 minutos escribiendo y borrando, imprimiendo y firmando, me despidió con un “ojalá que se arregle pronto, yo ahorita me voy a revisar las cámaras y espero tenerle buenas noticias”.

Cuando subí con mi familia, un grupo de personas lloraba, parecía que su hijo no alcanzaba fianza y se quedaría junto con Doby el cachorro a seguir su proceso.

Yo mientras, sigo pensando en quién es capaz de atropellar a una persona y dejarla a su suerte.

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