El Ecosocialismo y la urgencia didáctica

 

Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

Según nos cuenta nuestro estimado Jorge Riechmann en una reciente entrevista para el diario Público, apenas sí existe un 1% de personas conscientes del desastre ecológico que el sistema está acelerando. Cuenta además, este pequeño sector tiene una incidencia muy menor en los movimientos sociales y políticos con vocación transformadora. La verdad es que el activismo en este punto no resulta muy visible, ni tan siquiera se encuentra en entre los puntos de discusión por más, individualmente, existe una conciencia generalizada, pero eso sí, más bien pasiva.

Autor prolífico como poeta y científico social, Riechmann pertenece a la tradición más sensible y preparada sobre esta cuestión que, al decir de Naomi Klein, es lo que cambia todo: la tradición ecosocialista que poco o nada tiene que ver con los Verdes instalados de la estirpe instalada que tan bien representa el que en otra hora fue Daniel Cohn Bendit.

Su diagnóstico dicho  en términos sencillos nos advierte que pensar en una sociedad que sea sustentable de verdad y que siga siendo capitalista. Si queremos sociedades que puedan durar en el tiempo, que sean perdurables, no hay forma de esquivar la cuestión del sistema y las rupturas anticapitalistas.

A su manera, algo semejante dijo el obispo Casaldáliga al declarar que el capitalismo no solamente era malo por naturaleza –anteponía el enriquecimiento personal a cualquier otra consideración-, es que también estaba loco porque no parecía importarle que el planeta se destruya sí eso le reporta beneficios.

Es evidente pues que existe una total incorrespondencia entre la magnitud de lo que nos viene, y la extrema debilidad de la respuesta social. Tanto es así que resultan mucho más previsibles los escenarios apocalípticos que lo pueda ser el imaginario revolucionario o sea, de la existencia de una movilización social que detenga ese tren que nos lleva al abismo, esto resultan tan evidente que los apólogos del presente se permiten hacer bromas o decir barbaridades como las del primo de Rajoy.

Semejante situación resulta inexplicable sin tener en cuenta la mayor derrota que la izquierda haya sufrido desde 1789: la del “socialismo real”, la de la socialdemocracia y la de todo lo demás…El alcance de este desastre ha sido de tal envergadura que alguien como Ryszard Kapuscinski, dudara en su momento de que, después del horror estalinista, se pudiera recuperar alguna forma de socialismo. Y en eso estamos. La traducción de la derrota quedó clara pronto, cuando ya en 1990 el primer Bush (¡aún queda otro¡) proclamó en la Cumbre de Río de Janeiro sobre la las salud del planeta, que el modo de vida norteamericano estaba fuera de cuestión.

De hecho se trata del modo de vida triunfante,  el mismo que al decir de Jorge nos plantea ya solamente en tres ámbitos de la dimensión de esa crisis ecológico-social, serían el calentamiento climático, la crisis de recursos y la extinción masiva de diversidad biológica. Son tres procesos que están, literalmente, quitándonos el suelo de debajo de los pies. Seguir haciendo las cosas más o menos como las estamos haciendo ahora nos lleva a un ecocidio, acompañado de un genocidio, que si no somos capaces de cambiar se llevará por delante, yo creo, a la mayor parte de la población humana en los decenios que siguen. Y de eso es de lo que se está hablando cuando hablamos de cambio climático.

Llegados a este punto, creo que nos encontramos con un problema didáctico bastante serio, el que no nos permite traducir en movimiento y en difusión amplia una situación que obliga a todo el mundo y ante el cual nadie puede permanecer indiferente por más que la mayoría siga como el soldado (Keenan Wynn) del film de Kubrick ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú (EUA, 1963) que estaba más preocupado con coger una botella de Coca Cola sin pagar en una máquina que ante una hecatombe nuclear que actualmente sabemos estuvo a punto de resultar un suicidio planetario. Obviamente, todos los medios que ayuden a facilitar al máximo esta necesaria toma de conciencia son válidos. Pero mucho me tomo que las obras de divulgación científica, que incluso los artículos de difusión, no cubren ni de lejos el expediente. Incluso dentro de los círculos más concienzudos lo propio es comprar obras como la de Naomi Klein, que, salvo contadas excepciones, no pasamos de hojear para integrarla en unas estanterías en las que se agolpan volúmenes preciosos como la Guía para una globalización alternativa, que publicó Paco Fernández Buey en el 2004, y que distribuían los militantes de comunistas, pero sobre el que no recuerdo una mala presentación en pueblos o barriadas. Pienso que sí existe un medio realmente factible de crear opinión en estos lugares, ese medio es el cine.

En este momento en el que asistimos a una removilización del municipalismo democrático, debería de estar claro que la creación de una filmoteca que actúe como un equivalente de las bibliotecas públicas, debería de resultar un objetivo de primer orden.  Una filmoteca de pueblo o de barriada desde la cual trabajar para las escuelas, para las entidades y para la población ofreciendo cine-cine como el café-café, y desde el que desplegar un activismo cine-clubista desde la cual trabajar en la difusión de este conocimiento ecológico, trágicamente minoritario hasta ahora, realmente difícil para los legos…Desde esta perspectivas, las potencialidades son enormes.

Me imagina una “Semana ecológica” como antaño hacíamos las “semanas culturales” en las barriadas y en las que se trataba de todo, por ejemplo de la guerra contra el Vietnam. En esta semana podrían coincidir conferenciantes, exposiciones de libros, tareas en los colegios, revisitación de clásicos del cine como Soylent Green, pero sobre todo y ante todo con el pase de documentales que tienen la virtud de ofrecer una explicación amena, detallada, veraz y autorizada de la situación del planeta y que se han quedado como los buenos libros, en manos de las minorías desoladas.

Me estoy refiriendo a La hora 11, conocida en Hispanoamérica como  La última hora, una película militante que cuenta con el soporte de altas autoridades científicas de la NASA, que fue narrada y producida por Leonardo DiCaprio, y tiene una mirada holística a la avalancha de problemas ambientales que actualmente enfrenta nuestro planeta. Se ocupa de ofrecer análisis contrastados de los datos aterradores que tanto hacen reír a los tertulianos y que avanza soluciones prácticas…Nos cuenta que La hora 11” se está convirtiendo en la hora más oscura de la humanidad, una maneada sin precedentes sobre la que el documental nos alerta. Al poner el mercado por encima de la naturaleza se está desarrollando a ojos vistas un impacto devastador que afecta al cambio climático. Un efecto sobre el que están obligados a hablar actualmente todos los documentales que traten de la tierra, el mar, los animales. Un impacto  que amenaza la especie, y lo dicen toda clase de científicos con daos escalofriantes. Uno de ellos cuenta en la película que mandó un informe a la administración Bush jr., y se le devolvieron repleto de comentarios negacionistas, un trabajo tan bien renumerado como el de propagandista de los dogmas útiles para el  neoliberalismo.

Sobre el papel, este tipo de proyectos pueden parecer erizado de dificultades, aunque la experiencia ha demostrado (al menos en otros tiempos en los que, por cierto, todo era más difícil: necesitabas permisos, un proyector, películas de una cierta medida, etc.) que sí se se quiere, se puede. Sobre todo sí se es consciente de la necesidad de avanzar socialmente más allá de lo electoral, y más allá de los pesimismos esteriles.

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