El capitalismo del sexo

Por Fran Pérez

 

Tratamiento actual del sexo. Amor romántico, miedo, sexismo (o tal vez “seXYsmo”), prostitución y pornografía. Explicación de las actuales tendencias feministas y la alternativa a las relaciones capitalizadas: el amor libre. Un artículo muy importante para quien crea necesaria formación en el tema.

Cuando tocamos temas relacionados con el tratamiento que recibe actualmente el sexo y el amor o cuando intentamos analizar cómo están estructuradas las relaciones sociales de la sociedad occidental del siglo XXI, a menudo nos encontramos con que los conceptos son difusos, difíciles de aclarar y determinar. Realmente nos falta mucha formación en estos temas, a mí el primero, y es por eso mismo por lo que estoy interesado en compartir aquello sobre lo que he reflexionado con la máxima cantidad de gente posible.

AMOR ROMÁNTICO

En primera instancia, distinguimos dos formas de vínculo social, la amistad y el amor (romántico). El amor es la forma de vínculo social entre dos personas que se atraen sexualmente y forman una pareja de convivencia. Esto en sí ya genera un primer conflicto, que es el de que el ser humano no es monógamo. Tal y como definía Sartre, el amor romántico es una forma de amor posesivo, en la que ambos miembros privan de libertad sexual al otro. Dicho de un modo más sencillo de entender, lo que hacemos cuando formamos pareja con otra persona es cohibirnos de mantener relaciones amorosas con otras personas (a lo que denominaríamos amor libre, no romántico), porque una base fundamental del amor romántico son los celos, la absorción de la persona amada, tomando por traición algo que, fruto de esta contradicción, es tan frecuente: el “poner los cuernos”. Otros ejemplos de que algo no funciona es el enorme peso que tienen la prostitución y la pornografía, que examinaremos más adelante.

La sociedad capitalista ha sabido captar y mercantilizar a la perfección la moral judeocristiana que envuelve los modos de relación social. Hemos evolucionado desde un concepto inicial, que es el de “amo a esta persona, entonces deseo compartir mi vida con ella” al “mi objetivo vital es el de compartir mi vida con alguna persona, y mi misión buscarla y encontrarla”. Desde pequeños, los medios insisten en engullirnos en ese concepto, desde los cuentos de Disney que terminan con un “y vivieron felices y comieron perdices”, mostrándonos el hallazgo de una pareja como forma de plenitud vital, como si ya te hubieses “pasado” el juego de la vida, hasta los anuncios que nos bombardean una y otra vez para que consumamos para ligar, y entonces, habremos alcanzado dicho objetivo vital. De hecho, cuando alguien rompe una relación amorosa se dice que ha “deshecho su vida” y cuando forma otra la ha “rehecho”. Disney, ese que nos dice que “la belleza está en el interior” con una princesita “bella” que cumple con los valores estéticos actuales a la perfección y una bestia cuyo feliz final es que se convierta en un apuesto príncipe.

Esto supone que las relaciones sociales van a girar entorno al hallazgo de una única pareja, perdiendo el sentido original del “amo, entonces comparto mi vida”, lo que causa, en primer lugar, el miedo a la soledad o incluso a no “triunfar” en las relaciones sociales, porque encontrar pareja pasa a ser una forma de triunfo social, y en segundo lugar la hipersexualización de las relaciones sociales.

MIEDO

Generar miedo es la forma perfecta de mantener a una gran cantidad de masa poblacional alienada, de dirigirla como si por una correa estuviese sujeta. Lo mismo que ocurre en el terreno del miedo a perder trabajo con la facilidad de despido, que provoca que alguna gente con titulación universitaria sea capaz de aceptar trabajar un año gratis para ir haciendo expediente (enfrentándose entre sí, competitivos y unidimensionales), ocurre en el terreno de la sexualidad, puesto que una población atemorizada es muy sencilla de dirigir. Surge así la moda, y surgen así los cánones sociales, porque para encontrar pareja debes hacer “así”, y como tienes miedo a no encontrarla obedeces. Aunque a ti te gusten tus tetas y te parezcan muy cómodas tendrás que operártelas, o a lo mejor, de tanto repetir que tus tetas son feas han conseguido acomplejarte y convencerte. Si alguien cree que decide sus gustos, es fácil demostrarle lo contrario, solo debe ser consciente de que en la Edad Media estar gorda y pálida era un signo de belleza, puesto que implicaba riqueza (abundancia de comida y ausencia de trabajo en el campo) mientras que ahora lo bello es estar delgada y morena (porque implica consumo y turismo).

Como decía en un artículo reciente, el conjunto de modas apela a un modelo. Este modelo que se impone consiste en una forma de vida consumista, cuya satisfacción personal es la mera posesión de bienes. Se trata de un modelo que todos debemos imitar y así mantenemos. Debemos parecernos a, y así se produce el robo de identidad y por lo tanto del pensamiento independiente. Aprendemos así a qué debemos parecernos. Se trata de un modelo cuyo objetivo es poseer coches y ropa de marca ignorando lo que se esconde tras esas pinturas de ojos, pinturas de uñas, tatuajes, depilaciones, joyas, rayos UV, tacones incómodos, corbatas, pajaritas, liposucciones, cremas, maquillaje, gimnasio, ortodoncias, perfumes, operaciones de pecho o de alargamiento de pene hasta hacerlo inalcanzable. Así nos adaptamos al molde, luciendo con orgullo la huella del dios capital, y aunque imitar no sea igualar, siendo estas operaciones (habitualmente no de cirugía) todas obtenidas por medio de dinero, podemos afirmar que hemos aprendido a amar el dinero por encima de las personas en el momento en que esto se convierte en una forma de triunfo social. ¿Qué queda de la identidad de cada uno y de cada una bajo esa capa de apariencia? ¿Qué hay de natural? Realmente hemos conseguido convertir al ser humano por naturaleza en una aberración a la belleza. Necesitamos esa capa de consumo para ser bellos. A algunos se les hace extraña la imagen de una indígena pintada y con un palo atravesándole la nariz o un disco en la boca, pero ven lo más normal del mundo que una mujer del progreso occidental vaya con los labios pintados o que una persona cualquiera lleve piercings o perforaciones.

El miedo a la soledad es la forma de control de las relaciones sociales, basadas en el consumo, masas de personas que saldrán todos los fines de semana de caza, sin importar demasiado con quién, masas de personas alienadas y superficiales que seguirán las modas, y masas de personas avergonzadas. La vergüenza constituye algo así como un segundo nivel de pánico social. El primero es el miedo a la soledad, y sobre él se construye la vergüenza. Si el primer miedo genera obediencia a lo que los mass media ordenen, el segundo miedo lo hace hacia lo que el entorno obedezca, obedeciendo así a los obedientes. Es decir, los mass media generan una sociedad sexualmente obediente, y la vergüenza genera que individualmente obedezcamos a lo que la mayoría haga, porque genera el miedo a ser diferente, a pensar y actuar de modo autónomo.

La vergüenza convierte las relaciones sociales en un teatro en el que cada cual representa un rol, porque la mirada del otro lo marca (recordando de nuevo a Sartre). Vuelvo otra vez al artículo del que hablaba antes: más de uno se arrepentirá de no haber vivido cuando sienta, cálido, el aliento de la muerte en su nuca, puesto que no estamos viviendo realmente nuestra vida, sino la vida de los demás. La superficialidad frente al ser. Se trata de la robotización (robot significa en checo esclavo) y sistematización de las relaciones sociales, debidas a esos prototipos establecidos. El miedo a ser diferente. Supongo que puede resultar abstracto, si no pongo el ejemplo de salir de noche de fiesta y beber alcohol, un consumo ilógico y enfermo. Puede resultar abstracto si no lo concretizo en que una gran proporción de la población occidental (más del 1% y se desconoce hasta qué nivel llega puesto que no es habitual recurrir a un médico, pero puede alcanzar el 10%) padece eritrofobia, que consiste en ruborizarse con facilidad debido a la vergüenza de poder estar ruborizándote sin darte cuenta ante un situación en la que te muestras como eres, una situación en la que has fallado en tu rol de teatro, en la que expones que eres una persona y como tal tienes sentimientos, o un criterio propio, que eres diferente (en vez de normal), y eso es un motivo de vergüenza. ¿Qué somos, sino personas? Ese es el extremo. La vergüenza está ligada a los valores culturales: algunas tribus copulan, orinan y defecan públicamente pero ni en familia se dejan ver mientras comen, porque eso para ellos es vergonzoso; la vergüenza no está creada pero sí potenciada y dirigida por el sistema actual.

HIPERSEXUALIZACIÓN

Cuando a la sociedad no escapa ningún individuo por medio de la vergüenza, y el amor romántico se encuentra fetichizado, es decir, convertido en un producto del ser humano con capacidad para dominarlo, puesto que pasa de derivar de la relación amorosa a ser el objetivo vital, la consecuencia es clara: se establece un nuevo modo de vínculo interpersonal, un nuevo paradigma de relación social.

Las personas dejamos de ser personas en el momento en que lo que importa en la vida es encontrar a la pareja con la que alcanzar tu objetivo por medio de la capa de consumo de la que antes se hablaba. Dejamos de ser personas y nos convertimos en hombres y mujeres (generalmente, puesto que lo que impera, y se impone, es el amor romántico heterosexual). Toda relación social pasa a regularse por un trato diferente en función del sexo de la persona con la que se hable, desde el mismo saludo, diferenciando entre dar dos besos en las mejillas o dar la mano.

Esto origina un código de lenguaje sexista. El más claro ejemplo es el de los pechos de una mujer, cuya exposición se convierte en un apelativo al sexo y no en una parte más del cuerpo. Las mujeres son linchadas si comparten fotos de sus senos por las redes sociales o si salen con ellos expuestos, por ejemplo, a la playa, al contrario que los hombres, y los escotes pasan a ser una forma de llamar la atención. No quiero crear confusión, estoy criticando esto, no apoyándolo. Bien es cierto que si una mujer expone sus senos por voluntad propia sin ánimo de resultar un atractivo sexual, asimismo un hombre que se los mire o que se los toque sin ninguna intención sexual no deberá considerarse acosador, al igual que ocurra cuando le mira o toca el pecho una mujer a un hombre. Es un punto que crea polémica, y es lógico, puesto que habitualmente cuando esto sucede el hombre tiene intenciones sexuales. Lo que ocurre con los senos ocurre con cualquier otra parte del cuerpo, sea el pene, la vagina o el culo: cualquier acoso es percibido por la víctima como una pequeña violación y en conjunto afectan a su autoestima.

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