Desarmando la pretensión neutral de la ciencia

Eliana Gilet /

Horacio Machado Aráoz es investigador del Consejo de Investigación Científica y Tecnológica (Conicet) de Argentina y profesor de la Universidad Nacional de Catamarca, pero siempre ha estado vinculado a los movimientos. Durante los últimos 15 años formó parte del proceso de resistencia contra la megaminería trasnacional a cielo abierto como integrante de la Asamblea Sumak Kawsay, en su natal Catamarca. En esta entrevista cuenta cómo esa lucha modificó la forma en que ejerce y comprende la ciencia, habla también sobre el episodio reciente en que una subsidiaria de la Barrick Gold derramó un millón de litros de cianuro en el entorno de Jáchal, provincia de San Juan; y sobre la contra-campaña que la Unión de Asambleas Ciudadanas de Argentina entabló ante las elecciones presidenciales en Argentina.

¿Cómo fue tu experiencia viniendo de la ciencia al pasar a la lucha contra la mega-minería?

Vivo en una provincia en donde se instaló el primer megaproyecto minero de Argentina, la mina La Alumbrera. Eso reconfiguró mi forma de involucrarme con los movimientos. Si bien ya trabajaba con movimientos campesinos en torno a la soberanía alimentaria, claramente yo no era un campesino. Con la minería fue algo completamente distinto ¿qué persona está fuera de ser afectada por estos megaproyectos? Aunque La Alumbrera está localizado en Catamarca, comprende a otras tres provincias: Tucumán, Santiago del Estero y Santa Fé. Empezamos a trabajar los científicos como vecinos en un proceso en que se interviene nuestro territorio sin haber tenido ningún tipo de incidencia o consulta previa informada. Eso cambió completamente nuestra perspectiva. Siempre hemos hablado de una ciencia crítica. Uno de sus objetivos fundamentales es la deconstrucción de su supuesta objetividad y neutralidad. La ciencia no es una forma de conocimiento desligada de intereses, posiciones y relaciones de poder. Eso no existe. La única forma de hacer ciencia es explicitar cuáles son los intereses que configuran nuestros problemas de investigación.

¿Cuáles son esos intereses contrapuestos?

Hay una disputa por las formas de asignación de la verdad. Por un lado tenemos un grupo de científicos trabajando para el Estado o las empresas, que construyen “verdades” para hacer viables estos emprendimientos. Recientemente hubo un “episodio” como le llaman ellos, “un accidente” en la mina Veladero, en la provincia de San Juan, en que se vertió un millón de litros de solución cianurada al río y que sirve de ejemplo. Ahí se ve cómo el conflicto político se transforma en epistémico: por un lado investigadores de la Universidad Nacional de Cuyo demostraron el impacto y cómo afectó al ecosistema de toda la cuenca; por otro lado, técnicos que trabajan para la empresa y para la Secretaría de Minería y Ambiente de la Provincia de San Juan que es socia de estos emprendimientos mineros, salieron a negar o a minimizar lo sucedido. Esa es la estrategia: salen a decir que no hay impacto o que los impactos son mínimos. Eso forma parte de la dinámica de expropiación de los saberes. La expropiación no es solamente la geográfica, material, de la montaña, el río o la biodiversidad, sino también una expropiación epistémica, del conocimiento: ellos dicen “estos sujetos no saben, no conocen, no están calificados para medir el impacto y nosotros sí”. No les importa la verdad, la validez de sus conocimientos, sólo les interesa que la reacción de la población no afecte las explotaciones.

En el caso de Jáchal la población reaccionó con un masivo rechazo a la explotación, exigiendo su cese inmediato.

Ahí queda expuesta la concepción de la omnipotencia tecnológica. Ellos dicen que hacen una minería moderna, que los impactos pertenecen a la minería vieja. Construyen un discurso que dice que tienen todo bajo control y en realidad no es así. Este episodio pone de manifiesto que los sistemas técnicos, por su propia definición, tienen fallas y que dada la magnitud, generan impactos a grandes dimensiones. Cien millones de litros de solución cianurada van a estar interviniendo en el lugar, no sólo a 2 kilómetros de dónde ocurrió el episodio, sino que van a alterar la cuenca por largos años. La flora y fauna se va a ver expuesta al incremento de los niveles de metales pesados vertidos en este episodio que se intenta minimizar y negar.

¿De qué se trató la campaña “Gane quien gane” que lanzó la Unión de Asambleas Ciudadanas (uac)?

Todas las asambleas agrupadas en la uac, más de 90 en todo el país, dijimos gane quien gane, nosotros vamos a arrogarnos la decisión como pobladores de decir acá no entra la minería. O en los pueblos donde el problema es el cultivo de soja, vamos a seguir resistiendo al monocultivo de soja transgénica. La idea fue poner en evidencia que todos los candidatos a la presidencia, en realidad no tienen un programa propio, es el capital trasnacional el que ha decidido que nuestros territorios sean un gran territorio sojero, minero, petrolero. Los gobernantes asumen eso como su propio plan de gobierno, tanto Daniel Scioli, Mauricio Macri y Sergio Massa, que eran los candidatos que mayores posibilidades tenían, ninguno estaba en contra de ese modelo. Si eso es lo que está afectando fundamentalmente las formas de vida, la presente y la futura, y eso no se discute, estamos hablando de un vaciamiento de la democracia. ¿Qué es lo que estamos eligiendo? ¿Un administrador colonial que sea prolijo en la distribución de las regalías mineras? No. Gane quien gane, nosotros vamos a seguir luchando para que nuestro territorio sea libre de minería, donde la soberanía alimentaria sea un programa alternativo al monocultural de la soja.

¿En qué consistió la campaña?

Consistió en poner algunas mesitas en las plazas para comentar esto, informarle a la gente si sabe qué es lo que están diciendo los candidatos sobre nuestros cerros, nuestros ríos, qué planes tienen para nuestros cursos de agua. Comentarles cuál es nuestra posición con la idea de poder sumar masa crítica y conciencia. No hay pueblo si no se construye una subjetividad política, que se hace a partir de la lucha. El pueblo como tal no existe. Se construye a partir de un proceso de lucha, político, pedagógico en el sentido de Paulo Freire, de desaprender nuestras matrices coloniales y re-aprender cuáles son los saberes y los conocimientos que nos hacen sujetos más autónomos, más preparados para una vida autogestionaria, para el ejercicio de la soberanía popular. Eso no es algo que se gana por un decreto, una ley ni siquiera la Constitución, es algo que se construye en procesos histórico- políticos. Las asambleas creemos en eso y estamos involucradas en ese proceso.

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