¿Qué mundo heredarán nuestros hijos?

 

Hasta el nº 1 del Vaticano y el nº de Washington están de acuerdos en que el desastre ecológico requiere hacer algo, pero sus proclamas no pueden nada con la dinámica infernal de los negocios, de los amos del mundo.

Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

Es muy curioso lo que sucede con los problemas del mundo y el conocimiento. Los científicos más reputados nos han estado informando desde los años sesenta al menos que el desastre ecológico  no ha hecho más creces. Antes de ayer lo anunciaban y se comentaba como una curiosidad propia de los ecologistas más apocalípticos. Luego las advertencias se hicieron más serias, pero los gobernantes echaron manos a sus primos, nadie podía saber, incluso se creó una industria negacionista dentro de la cual aparecen personajes como Aznar, pero también Felipe. Ahora cuando hasta –es más hasta de todos los hasta- el nº 1 del Vaticano y el nº de Washington están de acuerdos en que el desastre ecológico requiere hacer algo, pero us proclamas no pueden nada con la  dinámica infernal de los negocios, de los amos del mundo.

Entre el personal más próximo, ya no ha hay solo silencio, ahora se habla. Incluso existe gente más o menos informada, un sentir generalizado, personalizado, que no se trasluce en movimientos ni en programas políticos claros y rotundos porque la alarma sigue siendo fruto de lecturas, no tiene engarce con lo que nos preocupa cada día. No ha o al menos no se hace visible las vulgatas de rigor, los panfletos bien explicados, los forums que se dirijan por ejemplo a las madres que no quieren pensar que sus hijos y sus nietos se enfrentaran a un planeta que cada vez se parece menos al que  el egotismo propietario, los amos del mundo, han ido destruyendo.

Repaso mi biblioteca y no encuentro fácilmente un material que me resulte asequible, lo más cercano que encuentro me lleva hasta un nombre amado y conocido, Miguel Delibes, el autor de los santos inocentes, un escritor que conoce y ha vivido en el campo, desde siempre con sensibilidad ambiental y social, se pregunta qué está pasando con el tiempo. Y encuentra en su hijo Miguel Delibes de Castro, biólogo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, el experto al que preguntar. Así, las conversaciones en la casa familiar de Sedano, en el norte de Burgos, nos llegan como en una gran entrevista que sirve para entender qué demonios está pasando con el clima. Y lo hace como los buenos maestros, explicando las tramas más complejas de manera sencilla es un arte no tan extendido. El hallazgo de este libro es que tanto las preguntas como las respuestas nacen de la sincera preocupación y del interés genuino por aprender. Nos coloca frente al, probablemente, problema más grave al que tenemos que hacer frente los humanos sin trampas y sin cartón, como lo haría un bue médico ante un enfermo.

El diagnóstico no deja lugar a la duda. Los trastornos que se están produciendo en el clima en los últimos años, debidos a la combinación de la tendencia natural y de la acción humana, son cada vez más evidentes. Ya no hay casi nadie que se atreva a negarlos y ahora las excusas, la manera de desviar la preocupación, se dirigen en la dirección de la confianza ciega, puesto que si la humanidad ha sabido hacer frente a otras crisis, lo más probable es también sabrá apañárselas en ésta. Al menos esto es lo que nos dicen Miguel Delibes y Miguel Delibes de Castro, en la obra común La Tierra Herida: ¿Qué mundo heredarán nuestros hijos? (Editorial Destino. Barcelona, 2005), un libro sencillo, asequible en un sentido amplio, de los que tenían que haber muchos en los centros de enseñanza.

Uno no acaba de aclararse, pero la lectura nos permite entender la existencia de un fenómeno que de manera simplificada llamamos cambio climático, un desastre que no responde a una sola causa, pero ya nadie pone en duda que esté sucediendo y que en él hay influencia humana. Los tres informes que ha presentado en Panel Internacional del Cambio Climático, el organismo promovido por la Organización Meteorológica Mundial y por las Naciones Unidas y en el que se reúnen “miles de los mejores especialistas mundiales”, según Delibes de Castro, así lo han ido confirmando, incrementando cada uno de ellos las evidencias con respecto al anterior. Durante la conversación familia, se muestra también la diferencia entre ambos lenguajes, la necesidad de la precisión en el científico y la búsqueda de aspectos concretos que muestren lo que está pasando. Así, cuando Delibes hijo dice que “en consecuencia, lo que puede pasar, dependerá mucho de nuestro comportamiento actual y futuro. Dicho de otra manera: cabe imaginar distintas situaciones, todas ellas posibles, con efectos muy diferentes en cantidad y calidad”, Delibes padre responde: “¡Pero apúntame alguna! Hay que ir directamente al grano”. Este es sin duda  un aspecto interesante del problema. Si los investigadores hablan en términos de probabilidad, es muy difícil que la sociedad entienda el problema. Por eso, cuando la gravedad del problema se expone de manera clara, como hace Delibes de Castro en este libro, el periodista y escritor se pregunta “¿por qué no reaccionamos más activamente? ¿Por qué el pueblo no es más exigente con quienes nos gobiernan?”.

Es este atraso el que explica que el meridiano de las protestas se haya situado sobre reivindicaciones mínimas, elementales como el derecho Al trabajo y a un salario mínimo, a la vivienda, cuando tendríamos que estar llenando las calles como se hizo contra la guerra de Irak con el añadido de contar además con instrumentos estables que lleven la voz de la gente hasta donde haga falta.

En mi modesta opinión es que e curso histórico ha marchado en sentido contrario al sentimiento y las ideas colectivas, en detrimento de los movimientos –del obrero en primer lugar- que fueron la palanca de las grandes e incompletas transformaciones que atravesaron el siglo XX. De lo que resulta que, justamente cuando las condiciones objetivas están más maduras que nunca para acceder a una sociedad humana, la conciencia se ha atomizado, el yo se ha impuesto al nosotros y cada uno va por un lado aunque cada vez estemos más de acuerdo en que esto no puede segur así. Para el Delibes investigador que es un modelo de prudencia “falta información y falta educación”. Y tras hablar del “efecto avestruz”, hace referencia también a la actitud frívola de algunos creadores de opinión. “Hace unos meses oí a un tertuliano radiofónico, sociólogo por más señas, asegurar sin reparos que el cambio climático era una superchería2, pero no es esto lo peor. Lo peor es el que el problema sigue ausente en las tertulias y en los debates políticos.

Sobran datos que demuestran los efectos de la humanidad sobre la naturaleza es la desaparición de las especies. Como el canario de los mineros, las ranas están avisando de que el sitio en el que vivimos ya no es como antes, que algo está haciendo que especies antes comunes se vuelvan raras y que otras muchas desaparezcan. “¿Cómo es posible que se extingan tres especies por hora?”, pregunta el escritor; “puede que sean más”, responde el investigador. Al ritmo que vamos, “en mil años no quedaría ninguna (incluidos nosotros). Y aunque diez siglos puedan parecer mucho tiempo, no es ni siquiera un suspiro a escala geológica, y desde luego, mucho menos del plazo que necesitaron los dinosaurios, y todos sus desaparecidos acompañantes, para extinguirse al final de la Era Secundaria”.

Leo en las páginas del libro que en el año 2000, su padre les reprochó a él y a su hermano que le hubieran inducido a error y a exagerar sobre la situación del mundo en su discurso de ingreso en la Academia, en el que el escritor daba “salida a mi angustia sobre el futuro de la Tierra”. Llegado el año 2000, las previsiones catastróficas no se habían cumplido y, entre bromas y veras, achacaba a sus hijos haber exagerado, sin embargo, las lecturas de los ecologistas que  escriben en las revistas que leemos nos dicen otra cosa. Parece que, tal como expresaba Carl Sagan en aquel maravilloso documental de divulgación científica llamado Cosmos, que la hipótesis del suicidio humana no están descabellada. Que el éxito del capitalismo acabará con todo. Tanto es así que, sí nos atenemos al ejemplo del cine, son multitud las películas que describen un más allá de aniquilación, en tanto que muy pocas o ninguna nos hablan de otros mundos posibles como lo hicieron autores como entre otros, William Morris con Noticias de ninguna parte.

No debía ser tan difícil vivir en un mundo en el que las necesidades básicas esté cubiertas, con una ciudadanía capaz de imponer el derechos a una vida digna, o sea modesta y creaticva.

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