La mistificación democrática: La necesidad de la crítica a la democracia

Por Hommodolars
Cuando El Capital Aboga Por “Mejorarla”

Nota Nac: Democracia y Política En tiempos que la política y su expresión como democracia vuelven a entrar en crisis, crisis que es inseparable de la constante crisis del capital; la cuestión de la democracia vuelve a estar en “boga”. Es posible apreciar en el territorio dominado por el Estado de Chile que progresivamente se empiezan a realizar reformas para “mejorar” el sistema democrático. Es ahí donde resulta importante volver a insistir en retomar la crítica a la democracia como parte de la crítica unitaria al capitalismo. Pero desde nuestra perspectiva también creemos que es necesario abogar por una crítica a la concepción de política que se ha instaurado y de la cual la democracia es expresión de la misma. Nos explicamos a modo de tesis: la política se ha constituido desde la filosofía griega cuyo predominio es la metafísica. Esta última se ha desarrolla históricamente en conjunto con las condiciones materiales de cada época, hasta coincidir en la razón científica como actividad basada en el cálculo y la dominación. La metafísica ha “donado” su forma a la política y la política resulta ser un momento más de, precisamente, este pensamiento de la separación que resulta ser idéntico a las relaciones capitalistas.

Debord en “La sociedad del espectáculo” establece una revisión sobre el capitalismo actual que más bien puede comprenderse como los fundamentos del capitalismo mismo. Este desde una perspectiva metafísica podría considerarse “el heredero de toda la debilidad del proyecto filosófico occidental que fue una comprensión de la actividad dominada por las categorías del ver, de la misma forma que se funda sobre el despliegue incesante de la racionalidad técnica precisa que parte de este pensamiento”. Esta filosofía “en tanto que poder del pensamiento separado y pensamiento del poder separado, jamás ha podido superar la teología por sí misma. El espectáculo es la reconstrucción material de la ilusión religiosa”. Su realización correspondería a “el poder separado desarrollándose por sí mismo, en el crecimiento de la productividad mediante el refinamiento incesante de la división del trabajo en fragmentación de gestos, ya dominados por el movimiento independiente de las máquinas; y trabajando para un mercado cada vez más extendido”

El capitalismo como realización metafísica se adecua bastante a lo que expone Debord al inicio de su texto, parafraseando a Marx: “Toda la vida de las sociedades en las que dominan las condiciones modernas de producción se presenta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que era vivido directamente se aparta en una representación”. Más adelante dirá: “La separación misma forma parte de la unidad del mundo, de la praxis social global que se ha escindido en realidad y en imagen”. Lo vivido se aparta en representación, la praxis se ha separado de sí misma en lo que conocemos como alienación pero a un grado que invade la totalidad de la vida, cada gesto, cada momento. La realidad misma se encuentra ajena a sí misma, en donde “una parte del mundo se representa ante el mundo y le es superior”. Esta representación parcial del mundo es producto del capitalismo espectacular en que “la mercancía ha alcanzado la ocupación total de la vida social” y es precisamente aquella parte construida completamente bajo la representación mistificada de la mercancía lo que se muestra como realidad. La separación se autonomiza en un mundo que es la realización del fetichismo de la mercancía.

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Presentación texto “La mistificación democrática”

1.- La democracia y su crítica

De entre todas las necesarias rupturas con el arsenal de conceptos que nos mantiene anclados al viejo mundo, hay dos que llegaron después de todas y que todavía no hacen su pleno efecto entre los partidarios de la revolución social: la crítica del progreso, y la crítica de la democracia. La crítica del progreso ha ido llegando de a poco, de la mano principalmente de Walter Benjamin (sobre todo sus Tesis de filosofía de la historia), y luego por el surgimiento de corrientes que se denominan a sí mismas como “antidesarrollistas”.

La crítica de la democracia también se ha ido abriendo espacio muy de a poco. Y es necesario profundizar ambas para avanzar en la conformación de un campo revolucionario coherente. Pero algo es algo. A mediados de los 80, por situarse en un pasado más o menos reciente, los revolucionarios viejos que conocí enseñaban que la batalla final ya estaba ganada, y que el comunismo era inevitable, o mera “cuestión de tiempo”. Por otra parte, en esos años (70 y 80) claramente se luchaba por “democracia”, más que por el “socialismo”, (para eso sirve el “antifascismo”), y en el mejor de los casos, se entendía al socialismo como una “democracia popular”, “democracia social”, o incluso “democracia obrera” -concepto que por lo demás, en diversas formas concretas, es reivindicado tanto por Rosa Luxemburgo, los consejistas (o izquierda comunista germano-holandesa), y hasta por la Internacional Situacionista-.

Los situacionistas, por ejemplo, saludaban en su recuento del movimiento de las ocupaciones (mayo/junio de 1968) las banderas rojas y negras en los edificios ocupados, por simbolizar precisamente la “democracia obrera” (ver “El comienzo de una época”, en IS N° 12, septiembre de 1969).

Herederos algo distanciados de la IS como el proyecto Enciclopedia de las Nocividades (EdN), al hacer un balance de lo ocurrido después de 1968 y hasta 1981 (Historia de diez años), también acuden constantemente revelan a un uso positivo del concepto de democracia, como característica de la autoactividad proletaria, usualmente acompañado del adjetivo “total”.

Por citar otro ejemplo tomado de encima de la mesa, recientemente me encontré en un libro sobre las cárceles en la transacción democrática española que su autor (encarcelado por 8 años tras el infame montaje policial conocido como caso Scala en Barcelona 1978) se queja de que “la democracia nunca llegó a las cárceles” (Se trata del excelente libro testimonial de Xavier Cañadas, Entremuros, en Muturreko Burutazioak, editado el 2012).

Y así, hasta el día de hoy no es inusual escuchar muchísimas alusiones a que vivimos en una “falsa democracia”.

Entonces, ¿estamos nosotros, los anticapitalistas, a favor de la democracia “verdadera”? ¿puede ser visto el comunismo como una ampliación, profundización o incluso superación de la democracia?

El que nos estemos planteando estas preguntas en el año 2015 demuestra lo anteriormente dicho: que la crítica de la democracia en general, y no solo de la “democracia burguesa”, llegó bastante tarde a nosotros, y no lo aprendimos de la IS sino que a través de los escritos de Gilles Dauvé y la obra del Grupo Comunista Internacionalista (sobre todo la revista Comunismo), los que a su vez nos descubrían los viejos textos de Amadeo Bordiga y las posiciones de la izquierda comunista italiana.

En el medio hispanohablante, creo no equivocarme si digo que fue sólo a través del contacto directo de los compañeros del MIL con los franceses de Movimiento Comunista y la librería El Viejo Topo que estas posiciones se conocieron, a partir de los 70. Entre otros esfuerzos por dar a conocer dicha crítica, podemos mencionar la publicación en 1977 por Etcétera-correspondencia de la guerra social de un folleto de Bordiga titulado “La ilusión democrática” (que reúne dos textos de principios de los años 20: Sobre la cuestión del parlamentarismo, y El principio democrático).

En el caso de Chile, creo que hasta hoy el tema casi no se ha discutido. Si bien la más conocida crítica de la democracia viene de la mano del anarquismo más combativo (ese que en general se plantea ya como abiertamente “antisocial”), a la vez que el anarquismo más leninoide y derechizado reivindica abiertamente la democracia directa, cuando no la democracia a secas, y hasta la soberanía de la nación, parece evidente que aún falta profundizar en la vinculación directa entre la dominación social del capital y su forma jurídico-política que es la democracia. Forma que por lo demás no sólo “esconde” sino que más bien se ajusta plenamente a la generalización de las relaciones sociales capitalistas, es decir, la imposición de la dictadura del valor.

Porque es precisamente en las sociedades que generalizan el uso del dinero donde se generaliza la democracia como forma política. Y es justamente en el capitalismo moderno donde se busca legitimidad mediante la revitalización de la vieja democracia griega, interesante truco ideológico que va a la par con el uso interesado de la mitología de la vieja república romana y la reutilización de las codificaciones de la fase final del Derecho romano, que como muchos juristas han señalado, se presta maravillosamente bien para configurar el orden público/privado de la sociedad burguesa.

Tal vez donde mejor se aprecia que la democracia es la forma política por excelencia del capitalismo moderno, es en el surgimiento de la pena de cárcel. En efecto, donde el Antiguo Régimen distinguía varios tipos de criminalidad y las asociaba a distintos tipos de penas (infamantes, corporales, pecuniarias), la Modernidad trae consigo la conversión de todas las infracciones penales a una escala temporal: a tal infracción, tal cantidad de tiempo de privación de libertad. Algo así hubiera sido imposible antes de la generalización de la producción de mercancías, y no resulta exagerado decir que esta forma la burguesía democratizó incluso las formas punitivas

. 2.- Democracia, burocracia, acracia.

El Diccionario de la real Academia Española incluye dos acepciones de democracia: 1.- Doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno. 2.- Predominio del pueblo en el gobierno político de un Estado.

A estas alturas debiera ser claro que donde hay democracia no hay acracia, que es precisamente le negación de todo Estado y Gobierno, incluyendo el pretendido “gobierno del pueblo”.

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