Samuel Beckett, nombrar lo innombrable

Por Iñaki Urdanibia

« Samuel Barclay Beckett, uno de los más grandes escritores del siglo XX, nació en Cooldrinagh, en el pueblo de Foxrock(condado de Dublín), un Viernes santo 13 de abril de 1906…fecha soñada para un hombre que vivió su vida como una Pasión dolorosa», relata su biógrafo oficial James Knowlson. Tras sus estudios parte como lector a L´École Normale Superieure de la rue d´Ulm parisina, en donde hace amigos (entre ellos Jean Beaufret, posterior introductor de la obra de Heidegger en Francia).De vuelta a Irlanda, enseña en el Trinity College, trabajo del que dimite de inmediato. En 1935, muere su padre, lo que le sume en una profunda depresión, que le hace iniciar un tratamientto psicoanalítico con Bion, en Londres. Viaja a Alemania, donde visita museos y galerías, y posteriormente se desplaza a París en donde se establecerá de por vida, en 1937. Si antes ya había escrito, en inglés, a partir de su instalación en la capital del Sena junto a Suzanne Deschevaux-Dumesnil, va a escribir en francés. En 1941 entra en la Resistencia y cuando la red a la que pertenece es traicionada huye al Roussillon, trabajando allá como obrero agrícola, para más tarde volver a unirse otra vez a la Resistencia en 1944. Finalizada la contienda, va a escribir en poco tiempo algunas de sus más celebradas obras: «Watt»», «Eleutheria», «Molloy», «Malone muere» y «El innombrable», y poco después, «Esperando a Godot». Coincide con esta época de creatividad desbordante la muerte de su madre , en 1950. A partir de entonces, alcanzada la celebridad, por sus obras y por la solicitada representación de ellas, podría decirse que las referencias biográficas de ese «ser larguirucho con ojos de águila» podrían ceñirse a las fechas de publicación de sus obras, o los premios concedidos, así el «San Nobel»-como él lo llamase-de 1969, cuyo importe íntegro entregó a diferentes creadores para que pudieran desarrollar más holgadamente su tarea. Una, vida discreta, en la penumbra, y con una destacada sensibilidad ante los males del mundo. «Palabras, palabras, mi vida no fue más que eso, mezcla del babel de las ciencias y las palabras…».

Nadie de la Nada

Así nombraba irónicamente, James Joyce, a los artistas, cuyas existencias se movían en la duda permanente, e indudablemente la expresión le va que ni pintada a quien fuese su secretario y fugaz discípulo. La misma figura de Samuel Beckett concuerda con las esculturas estilizadas hasta el absoluto despojo de su amigo el artista suizo Alberto Giacometti, concoradancia que se extiende a las temáticas abordadas en sus obras, en las que el solitario errante se convierte en metáfora del hombre abandonado a su suerte, tendiendo a la nada, sin guía, pues dios se ha ausentado(en «Fin de Partida» uno de los personajes grita soliviantado ante el mutismo de la divinidad: «Le salaud! Il n´existe pas!»-¡el guarro ¡No existe!- expresión que, por otra parte, le supuso problemas con la censura en su país natal)y la brújula de los valores, y las promesas, se ha desimantado hasta la inanidad más plena. ¿Cómo plasmar en palabras la nada? ( de la nada nada se puede decir que afirmaba el filósofo griego). Tal va a ser la imposible empresa que va a ocupar al escritor durante toda su existencia, y que le va a llevar desde el origen a la paradoja como motor de su obra: paciente tarea por dar cuenta de lo que no existe(ya lo afirmaba Parménides que el ser es y el no ser no es, y lo llevaba Heidegger a la encrucijada al preguntarse-en inspiración leibniziana- que por qué el ser y no la nada), mirar de frente a la nada y hallar las adecuadas palabras para dar cuenta cabal de ello. Paradoja-decía-que se ejemplifica en el «Innombrable», en el que confluyen la imposibilidad de nombrarlo y la necesidad de hacerlo. El estado de los humanos es tan confuso que confusa es la atmósfera que ha de crear quien trate de expresarla, así la penumbra, los tonos negro-gris van a ser los predominantes en el color de la obra beckettiana, y para lograr llegar al corazón del vacío, se centra en vaciar éste hasta la extenuación, que viene a suponer un viaje al desposeimiento, claro en sus endebles personajes que esperan, que buscan, que vagabundean en un hueco de tiempo y lugar hasta la «penumbra oscura fuente no sabida. Saber el mínimo. No saber no. sería demasiado bello. Al menos el mínimo mínimo», siendo consciente de que «la desaparición del vacío no se puede. Salvo desaparicción de todo», como un Sísifo guiado por el imperativo-compulsivo-de la palabra que no puede cesar(la tortura del cogito), y que trata de-desoyendo el dictum de Wittgenstein- hablar de lo que no se puede hablar.

Se convierte así el irlandés-parisino en un topógrafo, un arqueólogo o un fenomenólogo dedicado a detallar el catastro de la nada , en la onda de su personaje que en «Molloy» , inversor de la equivalencia cartesiana entre lo verdadero y lo claro-y-distinto,dijese:« yo lo creo, sí, yo creo que todo lo que es falso se deja reducir de antemano, en nociones claras y distintas, distintas de todas las otras nociones».

La estética de la depauperación

Llega, así Beckett, en un in crescendo imparable a un desposeimiento radical tanto de los personajes, como de la propia escritura, cuya sintaxis alcanza por momentos el carácter de desaparecida. En el origen reside la indistinción problemática que se da entre sujeto y objeto, entre los propios sujetos, y entre éstos y los acontecimientos. La acción- o la falta de ella- se convierte a menudo en comentarios sobre el propio discurso, haciendo que los personajes tengan conversaciones que no comunican, o bien porque nada o muy poco dicen, o bien porque el supuesto receptor no está en la misma onda que el emisor de la voz, o también porque los clochards,los tullidos, los enfermos, los vagabundos, los sin domicilio, beckettianos prestan atención excesiva a insignificantes matices, a diferencias nimias, que superan la costumbre y el umbral de comprensión habitual; cierto parentesco tendría el différend lyotardiano con tal situación de falta de lenguaje común. Seres despojados en lo físico, en lo existencial, en el topos en que se han de situar, y hasta en sus propios nombres propios(no me llamo me llaman decía, en «Alicia», un personaje de Lewis Carroll)…siempre por caminos que no conducen a ninguna parte(viniendo de donde nunca he estado dice un personaje de «Cómo es»), o lo que es lo mismo a la contemplación deslumbrante de la nada.

El agotado

En este extenuante propósito en el que se embarcó el autor de «Compañía», estrujando las palabras hasta convertirlas, tras su uso en polvo, «como gotas del silencio a través del silencio», con la infatigable finalidad de domar el caos y la confusa complejidad del mundo por medio de las palabras, intentando «agotar lo possible» utilizando distintos lenguajes(el de los nombres, el de las voces, el de las imágenes) como señalase Gilles Deleuze en un ensayo sobre el escritor que nos ocupa, «el fatigado ha únicamente agotado la realización, mientras que el agotado agota todo lo posible. El fatigado no puede realizar más, pero el agotado no puede posibilitar más».

Lo dicho, no obstante, esquiva lo esencial del quehacer beckettiano, o al menos la dinámica que subyace a su tenaz labor. Quienquiera que haya tratado de investigar sobre la humanidad pensante, ha de excluir en principio lo inesencial o dudoso, y así siguiendo la senda abierta por la navaja de Ockam , por Descartes(la duda) y Husserl(la epojé), Beckett sitúa a sus personajes en el cruce entre el movimiento y el reposo, el ser y el lenguaje. Los personajes beckettianos ejercen tres funciones esenciales: ir, ser, y decir. De este modo, y como lo explicita en Textes pour rien responde a las célebres preguntas kantianas(¿qué puedo conocer?¿qué debo hacer?¿qué me cabe esperar?),« ¿A dónde iría yo si pudiera ir?¿qué sería yo si pudiera serlo?¿qué diría yo si tuviera una voz?»…Beckett, «música propia de la poesía leída en voz alta y sin música».

Una espera siempre diferida

La verdad sea dicha(¿y comienzo con una excusatio non petita…?) siempre que no se quiera escribir un facilón(¡ése sí que imposible!)«Beckett explicado a los niños», escribir del autor irlandés , al igual que leerlo-en su creciente despojamiento- en una desnudez que amontona palabras, con la sintaxis hurtada, no es tarea fácil, me atrevería a añadir-aunque suene a masoquismo del patológico- ni placentera…las palabras se resisten a responder a cualquier tipo de referente, haciendo hincapié, constantemente, en la carencia de sentido y en un cierto carácter autofágico del propio lenguaje «la verdad seamos francos, hace ya bastante tiempo que ya no sé lo que digo…¿y si hablara para no decir nada, pero nada de nada?¿Y si dijera babababa esperando conocer el verdadero uso de ese órgano venerable?…y sigo aún en el camino, por sí y por no, hacia algo que debe ser todavía nombrado, para que no me ha existido nunca. Nombrar, no, nada es nombrable, decir, no, nada es decible, entonces qué, no sé, no tenía que haber comenzado »¡Y no sigo!

Precisamente su mil veces representado «Esperando a Godot>> quizá sea, además de la más famosa de sus obras, la más asequible-junto a la trilogía novelística nombrada anteriormente(Molloy, Malone muere, el Innombrable), y alguna otra obra de teatro de su primera época(Fin de partida)- y comprensible en su mensaje.Podría decirse que esta excepción es una obra excepcional, a la vez que paradigmática del quehacer beckettiano. Obra traducida a más de cincuenta idiomas, y representada en innúmeras ocasiones desde su estreno en 1953, en el parisino Théâtre de Babylone. Obra vanguardista en la medida que supuso un vuelco en el estado del arte dramático de la época, en lo formal y en lo expresivo,siendo una de las obras estrellas-junto a «Las criadas» de Jean Genet o «Las sillas» de Ionesco-a la hora de hablar de «Nuevo Teatro». ¿Teatro de la crueldad?¿Teatro del absurdo? ¡Una tragicomedia de tomo y lomo! Escrita con un humor lúgubre y en la que la falta de acción, de los escasos personajes, la ausencia de movimientos, de complejidad escénica, refleja «el circo del mundo» en tiempos en los que el dominio de la «metafísica del muermo» resulta asfixiante, como dijese, justiciero, uno que de estas cosas sabe mogollón (me refiero a Alfonso Sastre en su intervención, Avant-garde et réalité, el el número dedicado a Beckett por el Cahier de l´Herne, en 1976).

En esta obra en la que nada pasa, Vladimir y Estragón-dos viejos vagabundos- esperan a Godot en medio de un camino. Desbrujulados, buscan su lugar en el mundo, y también su papel en la representación teatral(«Estragón:- ¿cuál es nuestro papel aquí dentro? Validimir: -¿nuestro papel? Estragón:- tomate tu tiempo. Vladimir:- ¿nuestro papel? El de suplicante») En dos ocasiones encuentran a Pozzo y a Lucky, el primero dueño del segundo que es su esclavo, y posteriormente llega un joven muchacho, que es un mensajero de Godot y que anuncia que el esperado no va a llegar. Este es, en resumidas cuentas, el inquietante argumento de la magistral obra. En medio quedan cantidad de detalles insignificantes, de conversaciones de «sala de espera»(o me atrevería a decir casi de «ascensor»), de hablar por hablar para llenar el tiempo y no escuchar el silencio de la espera, en medio de un tiempo cíclico en el que nada pasa, en la permanente espera de los hombres despojados de Dios (Godot es , por una parte, diminutivo de god, y al tiempo palabra derivada de goder, que significa masturbarse en argot, juego con el que se desactiva cualquier forma de sacralidad teológica posible)…Lo que esperan-esos seres arrojados al desnudo mundo- más que nada es la solución al neto descalabro que vive la humanidad, en aquel ambiente de «pesimismo generalizado» del que hablase Jean-Paul Sartre, en los años posteriores a la segunda Guerra mundial; una solución a la violencia, a la incomunicación entre los humanos, al dominio de las máquinas, y la técnica, sobre sus creadores, cual deus ex machina que reifica y anula la actividad y el protagonismo de estos seres angustiados que- en palabras de Estragón- « siempre encuentran alguna cosa para dar la impresión de que existen »…Godot es el nombre de esta espera que siempre se hace esperar, en una desasosegada desesperanza…espera, por encima de las circunstancias concretas de su escritura, aplicable al leibniziano «mejor de los mundos posibles» de otros tiempos…«-¿Qué debo decir yo? -Dí yo estoy contento. –Yo también. –Estamos contentos.- ¿Y qué hacemos ahora que estamos contentos?»… … …

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