Charles Bukowski, tocando los cojones al poder establecido

Por Rafael Calero Palma

Charles Bukowski murió en marzo de 1994, o sea, que ya han transcurrido 22 años desde su muerte. Y a pesar de todo este tiempo, el viejo indecente la ha vuelto a liar parda.

Charles Bukowski murió en marzo de 1994, o sea, que ya han transcurrido 22 años desde su muerte. Y a pesar de todo este tiempo, el viejo indecente la ha vuelto a liar parda. Seguro que el muy cabronazo estará partiéndose de risa en su tumba, en el cementerio de Los Angeles, en California.

Para quien no esté al tanto de lo que ha pasado, le hago un breve resumen de la movida. El ayuntamiento de Barcelona ha montado una semana de poesía entre el día 4 y el 10 de mayo. Entre los diferentes actos incluidos en Barcelona Poesía, que era el nombre de la criatura, se habían instalado unos paneles repartidos por diferentes espacios de la ciudad con poemas de poetas de diferentes procedencias. Uno de los poetas elegidos era el insigne Charles Bukowski, poeta bastante famoso a esta altura del partido, pero por si alguien no tiene el gusto de conocerlo aún, diremos que el viejo Hank fue un poeta nacido en Alemania, pero que desarrolló toda su carrera en los EE.UU, y que además de poesía, escribió novelas, relatos cortos, e incluso un guión cinematográfico. Bukowski, le pese a quien le pese, ha sido uno de los grandes escritores norteamericanos del siglo XX. Y para que nadie dude de su magnitud, sólo daré un dato. Cuando murió en 1994, Bukowski era el autor norteamericano más traducido y uno de los más vendidos en todo el mundo, a pesar de que su obra no es nada complaciente y a pesar de que no hubo premios ni zarandajas por el estilo. Lo que había en aquellos poemas era mucha rabia y muchas ganas de tocar los cojones, como se ha visto estos días en la ciudad de Barcelona.

El poema en cuestión se titula “4 polis” (4 cops, en inglés) y es un oscuro (por raro, quiero decir) poema, incluido en uno de los muchos libros póstumos que se han publicado en los últimos años. En el poema, el viejo Buk, narra su encuentro con cuatro polis en un bar, y muestra, como no podía ser de otra manera, viniendo de quien viene, lo poco que le gustaban los representantes de la ley. En fin, parece ser que a ni a la policía de la ciudad de Barcelona ni a la Delegada del Gobierno, ni a su jefe, el Ministro de Interior, el simpar Fernández Díaz, metidos ahora a críticos literarios, les gusta la poesía de Bukowski y se han tomado la cosa por la tremenda. A mí me parece genial que a toda esta gente no les guste el poema en cuestión, y además me parece genial que lo digan, faltaría más, lo que ya no me parece tan genial es que el ayuntamiento de Barcelona lo haya censurado y haya acabado tapándolo. Eso, sinceramente, me parece una ridiculez y creo que en este país estamos llegando a un nivel de estupidez  tan mayúsculo que uno ya no sabe si reír o si llorar. Hace un par de meses fue el tema de los titiriteros granadinos; ahora la toman con Bukowski. Habrá que estar atentos a ver qué es lo próximo. Porque sin duda, habrá otra cosa que quieran censurar dentro de unos días o unas semanas. Tiempo al tiempo. Porque no nos vamos a engañar, todo esto tiene poco que ver con Bukowski y con su poema. Esto, queridos amiguitos, va de otra cosa bien diferente. Y todos sabemos qué es esa otra cosa.

Lo bueno de todo este asunto del poema de Bukowski es que, como muchos venimos sosteniendo desde hace mucho tiempo, la poesía SÍ es capaz de cambiar el mundo, y si no lo cambia, al menos remueve conciencias, y si tampoco consigue eso, al menos toca los cojones, que eso era algo que sabía hacer muy bien el autor de La máquina de follar.

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