Iglesia-poder religioso, una perversión

Por Mikel Arizaleta Barberia

A modo de entradilla

Cuando el acento tónico cambia de sílaba ésta muda de aspecto: pierdo se convierte en perdemos, aprieto en apretamos y enmierdo en enmerdamos. Algo así ocurre con el acento eclesiástico: un robo en una iglesia se convierte en sacrilegio, una baja en apostasía y un distanciamiento doctrinal en herejía. El papa o el jefe de la Iglesia resulta ser el vicario de Cristo, goza de infalibilidad y su dios es el único verdadero.

En la jerga eclesial lo normal se convierte en sublime, la actividad humana se sacraliza, se diviniza y desnaturaliza. Todo un ropaje para provecho propio y para rebajar al rebelde, para denigrarlo y convertirle en un vulgar perinde ac cadáver.

A.- Un nacimiento esperanzador

Una razón que explica la rápida propagación del cristianismo fue su fuerte carácter social, el feliz mensaje para oprimidos y pequeño burgueses. Todas las voces del cristianismo primigenio admiten y alardean a menudo de que el cristianismo se componía de las clases más bajas, de esclavos, libertos, trabajadores, pequeños artesanos y campesinos desplazados. “Porque no son muchos los sabios”, caracteriza abiertamente Pablo con cierta ostentación la estructura social de la comunidad de Corinto, “no son muchas las personas influyentes, no son muchos los nacidos de estirpes ilustres”. En otro lugar atestigua la “profunda pobreza” de las comunidades de Macedonia, entonces quizá la provincia más pobre del imperio romano. Y aun cuando pronto se hicieron cristianos gente bien situada -a finales del siglo I quizá hasta miembros de la casa imperial-, por regla general las comunidades las conformaban, hasta muy entrado el siglo II, gente de las capas bajas y medias de la población. Esto se deduce de los primeros escritos cristianos, de su animosidad pública contra los ricos y poderosos, de las llamaradas de odio contra ellos en la carta de Santiago o en el Apocalipsis, y no en último término por el estilo de esta literatura. Ya el hecho de que no hubiera que recalcar que el cristianismo en tiempos anteriores, en contraposición a los cultos paganos en los que pagaban hasta los niños, no costaba dinero, pudo resultar ventajoso para la misión cristiana.

Lo que impulsó hacia delante a la misión cristiana fue el entusiasmo de sus portadores. No había ni propaganda programada ni organización central, y muy pocos misioneros funcionarios. Todo ocurría de modo espontáneo, cada uno actuaba a su arbitrio; se podría decir: que la “alegre nueva” se propagaba por sí misma, iba de casa en casa, de familia en familia. Se discutía sobre ella en calles y mercados, en tiendas y alojamientos. Pronto la anunciaron y extendieron las mujeres, que luego serían minusvaloradas en la Iglesia. La buena nueva la predicaban hasta los soldados y comerciantes, que la propagaban por la sociedad cristiana. El cristianismo rezumaba en todas las capas sociales.

B.- Después de Jesús llegó la Iglesia y se convirtió en poder: en reino y estado Vaticano.

Y se desnaturalizó la esperanza cuando se evaporó el entusiasmo primigenio: se constituyó la Iglesia

Y en nombre de dios ejerció la tiranía, la esclavitud. En el siglo II y comienzos del III “apenas nadie” se preocupa del “Espíritu Santo” (Harnack), y en el siglo IV, según se queja Hilario, doctor de la Iglesia, nadie sabe cuál será el credo del año siguiente. Y los teólogos llegaron a descubrir que dios era algo así como un único ser (ousia, substancia) en tres personas (hypóstaseis, personae). Que esta triple personalidad era consecuencia de dos “procesos” (processione); de la generación (generatio) del hijo a partir del padre y de la “exhalación” (spiratio) del espíritu entre el padre y el hijo. Dios dejó de ser vida embadurnada de humanidad para convertirse en sainete y juego de sables.

KarlHeinz Deschner escribió en diez tomos “La historia criminal del cristianismo”, que refleja la parte oscura de la Iglesia. Sin duda, a lo largo de la historia y también en nuestros días, en la Iglesia han florecido verdaderas revueltas de dignidad humana y gente cristiana ha revolucionado la sociedad; hoy pululan corrientes, grupos y movimientos de vida muy honestos, solidarios, luminosos, enternecedores…, pero su jerarquía y jefatura ha dejado una profunda huella de desprecio humano a lo largo de la historia. Su poder divino ha sido inquisición y látigo para el hombre.

El teólogo Xabier Pikaza sostiene que: “el Vaticano I decía confiar en la razón, pero que hay pocas instituciones importantes que se hayan opuesto a la razón más que el papado, en su magisterio normal, en línea de política y cultura, en los últimos siglos (del 1600 al 2000). Casi hasta mediados del siglo XX, los Papas han rechazado la libertad religiosa, se han opuesto a la democracia, han condenado el liberalismo y el progreso, han negado los derechos humanos, han criticado la autonomía de la prensa etc. etc. Además, el Papado promovió en otro tiempo las guerras de religión, instituyó inquisiciones, quiso convertir a los «infieles» con la ayuda de la espada de los «reinos católicos» (España y Portugal), persiguió a los herejes… En esa línea, siempre que ha tomado la verdad como objeto de posesión y de poder sagrado, ha sido muy falible en temas concretos de fe y costumbres”.

C.- Y se convirtió en un poder como los demás

Como en la Francia “socialista” de la actual Europa. Rafael Poch escribía: “Marzo del 2016 podría ser crucial en Francia, país que inventó en el XIX el concepto de huelga general. Hoy, jornada de protestas en 169 ciudades, convocadas por sindicatos y estudiantes … Y a fin de mes, huelga general, apoyada por casi todos los sindicatos. Objeto de la protesta es la reforma laboral contenida en un proyecto de ley que “la derecha ni siquiera pudo imaginar cuando estaba en el poder”, confiesa Le Figaro en su editorial… El proyecto socialista abre la puerta a trabajar más cobrando menos, con mayor facilidad de despido, menos derechos, menos poder sindical y más poder empresarial, es decir una involución social en toda regla, lo que ahora se llama una reforma. Otra perversión.

Y comenzó la cuesta abajo

El famoso historiador Otto Seeck ha caracterizado de modo acertado el desarrollo de la Iglesia: “Mientras permaneció circunscrita al pueblo bajo fue democrática y socialista; cuando se fue apoyando en las clases superiores fue adquiriendo y adoptando la forma de organización que dominaba la vida civil de la época, aquel despotismo ilimitado con su jerarquía de funcionarios. Este cambio se operó lentamente, sin saltos repentinos, de modo que los contemporáneos no se dieron cuenta. Lo que se impuso por razones prácticas se convirtió primero en costumbre eclesial, luego en ley sagrada y pronto ya nadie recordaba que en tiempos fue distinto”.

La Iglesia romana se convirtió, como dice Nietzsche, en “¡la última estructura romana!”. Nunca jamás gozó el papado y su Iglesia de tanto poder como con Inocencio III (1198-1216). No se han olvidado las exigencias y atribuciones papales de la Edad Media, época negra en la que la Iglesia gobernó a sus anchas y a su manera: con dios en la boca y el látigo y la condena a muerte del hombre en la mano.

El Estado de la Ciudad del Vaticano nació el 11 de febrero de 1929 con los Pactos Lateranenses.

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