El funeral de León Trotsky, 22 agosto de 1940.

 

Por Cuauhtémoc Ruiz

“Nos han dado otro día de vida, Natasha”, es la frase que Trotsky le repetía todas las mañanas a su compañera Natalia Sedova después del atentado sufrido por el revolucionario ruso en mayo de 1940 en su casa en la ciudad de México. En esa ocasión, unos 20 hombres entraron en la madrugada a su residencia y dispararon unas 400 balas. Si no lo mataron se debió a que los asesinos dispararon desde una ventana y desde la puerta de la habitación en la que pernoctaban los Trotsky, el fuego se cruzó y el matrimonio agredido se tiró bajo la cama.

Pero en este texto no me referiré a este asesinato, que ha recibido la atención de escritores notables como Isaac Deutscher, Leonardo Padura y muchos más, y que también ha sido llevado al cine en varias ocasiones. Aquí me concentraré en su funeral, a 76 años de su muerte. Deutscher, que escribió la vida de Trotsky en tres tomazos que llenan más de mil 500 páginas, sólo dice lo siguiente sobre las exequias:

El 22 de agosto, de acuerdo con una costumbre mexicana, un largo cortejo fúnebre marchó lentamente tras el ataúd que llevaba el cadáver de Trotsky, a lo largo de las principales avenidas de la ciudad y también a través de los barrios obreros, donde multitudes pobremente vestidas, descalzas y silenciosas llenaban las aceras. Los trotskistas norteamericanos intentaron llevar el cadáver a los Estados Unidos, pero el Departamento de Estado le negó una visa aun muerto. El cadáver permaneció en capilla, y alrededor de 300 000 hombres y mujeres desfilaron frente al féretro, mientras en las calles resonaba el Gran Corrido de León Trotsky, compuesto por un bardo anónimo.(Trotsky, El profeta desterrado, 1929-1940, México, Era, 1975, págs. 456-7.)

El biógrafo, que expuso ampliamente y con detalles otros episodios de la vida del líder comunista, esta vez fue sintético, lacónico, aunque con esas pocas palabras también dijo mucho. Según su versión, muchos miles de trabajadores y de personas muy pobres, que seguramente el difunto hubiese llamado proletarios, fueron a despedirlo. Podemos decir que ellos supieron o intuyeron o sintieron (o las tres cosas a la vez) que una persona muy importante para ellos había fallecido y acudieron a hacerle honores.

Existe una filmación en la que se aprecia una larga fila de dolientes que acudieron a despedirlo en la agencia funeraria y que puede verse en la siguiente liga: https://www.youtube.com/watch?v=84_FnYLE1tQ

Yo escuché el testimonio de uno de esos obreros “pobremente vestidos, descalzos y silenciosos” que acudieron a homenajear al teórico de la revolución permanente. En 1984 o 1985, el movimiento obrero industrial mexicano fue derrotado por el gobierno de Miguel de la Madrid y el POS decidió enviar a algunos de sus militantes a los barrios populares. En 1986 acudimos a una colonia llamada “La ladrillera”, en Naucalpan, ubicada en un predio que posteriormente ocupó la FES Acatlán de la UNAM o las construcciones vecinas. El nombre del asentamiento era apropiado, porque sus residentes fabricaban tabiques. Y allí mismo vivían estos obreros, en casas modestísimas construidas entre hornos precarios y pequeñas montañas de lodo. Muchas viviendas estaban en el subsuelo, parecían cuevas. Y sus moradores siempre estaban sucios, vestían con andrajos y sus caras y brazos estaban requemados por el sol, pues laboraban a la intemperie. Allí llegó el POS con su organización barrial, Naucopac (Unión de Colonias Populares de Naucalpan) y su llamado a la organización y la lucha. Tal vez habíamos organizado allí un mitin o sólo una asamblea. Siempre llevábamos nuestro periódico, El Socialista. Fue cuando uno de esos obreros, ya anciano, se acercó a mí y me preguntó: “¿Ustedes son de Trotsky?”. Yo le contesté que sí, y entonces me dijo que él había asistido muchos años atrás a su funeral, porque a él también le había gustado Trotsky. Mientras tanto, sentí que su mano estrechaba la mía, calurosa, fraternalmente

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