Jack London, entre el abismo y la cima (*)

Por Pepe Gutiérrez-Álvarez
Cuando ahora me piden libros de Jack London, me comentaba un amigo librero, no suelen ser para los niños, sino para gente inquieta, lectores habituales de “platos fuertes”. Efectivamente, la obra de London está siendo recuperada, y no sólo de las manos de los niños, sus más habituales consumidores, sino de la rutinaria y reduccionista clasificación de autor de “novelas de aventuras” en que estaba encasillado.

El éxito que rodeó su existencia como novelista, y que le hizo varias veces rico, no significó que fuera realmente comprendido, y ni siquiera el aprecio de gente tan importante como Anatole France, Trotsky o George Orwell, fue suficiente para romper con su clasificación unilateral, es decir para que se hiciera una lectura a fondo por parte de los historiadores y críticos de turno. Los motivos de que a London se le conociera tan superficialmente, son difíciles de explicar: la complejidad de su experiencia vital, su adhesión a una “causa perdida” como la del socialismo americano, la clasificación mencionada, etc., han tenido que ver con ello. Pero lo importante es que hoy la imagen de London se enfoca ya de otra manera, y se le ve como una compleja combinación de individualista, socialista y poeta visionario.

La obra de London hay que insertarla en la América de los pioneros y colonizadores; en la América individualista que busca su identidad en Dios, en Nietzsche o en la filosofía oriental; en la América colectivista del mundo obrero: la del “sueño de Debs” de acabar con la injusticia; en la América de la oligarquía despiadada que más tarde mostraría su “talón de hierro” en Vietnam y otros lugares.

 

En el “viejo Socialist Labour Party”

Los elementos que hicieron de London un convencido socialista son variados. Entre ellos podemos mencionar su propia experiencia proletaria, el estado de depauperización que sufre la clase obrera en aquella época, el fuerte idealismo de los militantes revolucionarios, el declive del humanismo democrático americano arrollado por el espíritu de la competencia burguesa, la actitud mercantil de los editores y la despiadada de la “inteligentzia” liberal que le ignora en sus inicios y le adula cuando es alguien, etc. Todo ello le empujó hacia el socialismo más radical, hacia la militancia política, que se confunde con su carrera literaria, para separarse de nuevo en vísperas de su suicidio. Por aquella época Norteamérica se encontraba en una verdadera encrucijada. Moría el capitalismo concurrencial y se iniciaba la era del capital monopolista. La democracia americana no era más que un sueño. Se podía hablar con libertad, pero ¡ay de quién, como London, quisiera practicarla! Los grandes centros industriales levantados con el sudor de miles de trabajadores, quedaban irremisiblemente en mano de una minoría, que inmediatamente se hacía proteger por la policía y por sus guardas personales contra los “agitadores”. Cuando el Manifiesto Comunista llegó a manos de London, fue como una “iluminación”: aquella era la expresión teórica y literaria de una evidencia que se presentaba desnuda ante sus ojos.

Cuando London ingresa en el partido socialista, se sienta al lado de su ala más revolucionaria, la de Debs y la de León, los más gigantescos y auténticos líderes de un socialismo que pronto perdió la dentadura, y rechaza el ala ultra reformista de la AFL (Federación Americana del Trabajo). Se convierte en un agitador en el medio universitario de Berkeley, en un tribuno de masas en las campañas electorales y en apoyo de las huelgas obreras, en un propagandista que publica numerosos folletos –ninguno de los cuales ha llegado hasta nosotros– en favor de la causa, de “la guerra de clases”, como se titula uno de ellos. Participa como corresponsal en la guerra ruso-japonesa, más tarde lo hace en la primera revolución mexicana del siglo, sus simpatías hacia los “bravos camaradas mexicanos” es manifiesta: “Os daréis cuenta –escribe– que no podemos ser honorables en un tiempo de propiedad. Todas las injurias que os lanzan, nosotros ya las hemos recibido. En cuanto el robo y la avidez son combatidos, los hombres honrados, los valientes, los patriotas y los mártires no pueden esperar otra cosa que ser calificados como ladrones de gallinas y fuera de la ley”.

Su socialismo es, por lo tanto vivo y auténtico por más que esté impregnado de aspectos muy discutibles. Es socialista, dice, porque es artista y no puede haber un artista que no sienta en su carne la lucha de los oprimidos. Es socialista, cree, porque es un individualista y el capitalismo es la negación de la individualidad de millones de seres que bastante tienen con sobrevivir, y porque sólo el socialismo acabará con el dilema individuo-colectividad. Lo es porque considera que el socialismo es inevitable, ya que el cisma entre la riqueza y la pobreza, cada vez más agudizado, hace necesaria e ineludible la revolución. Su socialismo comprende, pues, una buena dosis de estética, de anarquismo y de fatalismo determinista, y sobre todo comprende una contradicción entre su fe revolucionaria y su desconfianza en las “masas embrutecidas y encanallecidas por la propiedad privada”, unas masas como las que vio en los arrabales de Londres y que describe en Gente del Abismo. Desconfianza que se afirma también en la fuerza que ve en el reformismo de la aristocracia obrera, en esa casta que veía encarnada en la principal central sindical americana, la AFL, a la que en El talón de hierro presentaría como un mortal obstáculo a la revolución.

La evolución del “viejo Socialist Labour Party” –como él le llamaba– hacia el reformismo la sufre en su propia carne. Aquel viejo socialismo luchador e independiente de la burguesía que hizo suyo, estaba perdiendo su integridad y se aprestaba a apoyar incondicionalmente al nuevo imperialismo que en 1916 se disponía a conquistar con sus cañones un lugar hegemónico en el concierto de las grandes potencias. Si el partido había abandonado el socialismo por la colaboración de clases, London abandonó el partido.

 Marx, Nietzsche, Spencer, Darwin.

Hay una dualidad en la vida y en la obra de London: mientras su alma colectivista estuvo con Marx y el socialismo, su alma individualista siguió por otros cauces, cauces abiertos por Nietzsche, Spencer y Darwin. Esta segunda alma, acallada en el plano político, fue la predominante en su obra: la “experiencia de la vida” que se trasluce en los personajes de sus novelas está mucho más cerca de su problemática personal que de la problemática social de las luchas obreras, reflejadas en su obra en menor grado.

Hoy, esta dualidad londoniana puede parecer extraña, pero no lo era tanto en un tiempo en el que la socialdemocracia, predominante en el movimiento obrero, estaba impregnada de un determinismo evolucionista vulgar, y en la que el anarquismo se sentía atraído por el superhombre que soñara Nietzsche. En London, estas tendencias filosóficas cobraron un sentido muy particular, difícil de desentrañar sin un estudio exhaustivo de su obra. Lo cierto es que no fue un divulgador de las mismas, ya que sólo las utilizó para rodear a sus personajes prototípicos de determinada aureola vital. En la obra de London, las sombras de Nietzsche, Spencer y Darwin forman una especie de coro similar al que los dioses juegan en la tragedia griega. Su fidelidad al movimiento socialista le lleva una vez y otra a negar rotundamente esta influencia –en particular la de Nietzsche–, e incluso a pronunciarse contra ella: “Muchas veces mis libros son incomprendidos. Hace tiempo, al comienzo de mi carrera como escritor, me pronuncié contra Nietzsche y su superhombre en la novela Los lobos del mar. La novela ha tenido una gran masa de lectores, pero nadie ha comprendido que en ella se critica la idea del superhombre. Más tarde, sin hablar de otras obras menores, he escrito una novela para pronunciarme contra la filosofía del superhombre: Martin Eden. Más tarde ataqué las opiniones de R. Kiplyng en el libro La fuerza de los fuertes, pero nadie se dio cuenta de ello”. La crítica de London al superhombre nietzscheano es la siguiente: “El superhombre no puede lograrse en el mundo moderno. El superhombre es antisocial por sus tendencias, y nuestra época, de sociedad y de sociología compleja, no puede tolerar su indiferencia hostil. De ahí la impopularidad de superhombres de las finanzas como Rockefeller: se trata de una irritación en el cuerpo social”. Los grandes héroes de London, como Martin Eden o Burning Daylight (Radiante Aurora), no tienen sitio en este mundo y han de salir de él por la muerte (como Martin) o por la aventura, por la búsqueda de nuevas soluciones al margen de la jungla. Son “superhombres” con pies de barro, plenos de contradicciones, débiles ante el amor, sensibles ante el destino de las masas y por lo tanto incapaces de hacer como Nietzsche y mandarlas “con el diablo y las estadísticas”.

No obstante hay que subrayar que el evolucionismo vulgar hizo estragos en el pensamiento de London –¡y en el de tantos otros! Incapaz de comprender la capacidad militante de las masas, de hacerse gigantescas y gloriosas en las luchas –luchas a las que no pudo asistir personalmente ya que no se dieron en su tiempo, al menos en las metrópolis occidentales– y sobre todo en los grandes momentos de la revolución, desconfió de ellas y encontró en las explicaciones biologicistas una razón para fijar su gregarismo y su mediocridad como “innato”, al igual que la encontró para su convicción de la inferioridad de ciertas razas o de las mujeres. Datos estos poco relevantes y vergonzantes de la personalidad de London, que no llegan a manchar su obra, aunque sí llegan a veces a hacerla bajar al nivel del reaccionarismo.

Utopía y antiutopía

Si la energía vital de London le llevó a subir desde el abismo de la mediocridad hacia la cima de la fama, la riqueza y el reconocimiento, para encontrar, como Sísifo, que la piedra descendía otra vez, porque en la cima no había nada, su militancia socialista le llevó a la convicción de que la revolución emancipadora que elevará al mundo del trabajo y a la humanidad entera desde el abismo a la cima, iba a encontrar más dificultades de las previstas, iba a resultar una odisea de proporciones gigantescas, un proceso de lucha de clases de varios siglos. Y adelantándose a este proceso, London quiere dejar constancia de su testimonio. Esta faceta particular de poeta visionario hizo exclamar a Trotsky: “London ha sabido traducir, como un verdadero creador, el impulso dado por la primera revolución rusa, y también ha sabido repensar la totalidad del destino de la sociedad capitalista a la luz de esta revolución (… ) El crecimiento de la riqueza y el poder en uno de los polos de la sociedad, de la miseria y los sufrimientos en el otro polo; la acumulación del odio social, el ascenso irreversible de cataclismos sangrientos: todas estas cuestiones las ha sentido London con una intrepidez que incesantemente nos obliga a preguntarnos con asombro: pero ¿cuándo fueron escritas estas líneas? ¿Fue acaso antes de la guerra?”

El universo utópico de London se desarrolla en cinco obras: Gente del Abismo (1903), El talón de hierro (1908), Martin Eden (1909), Radiante Aurora (1910) y El valle de la luna (1913). Se extiende además en una serie de pequeñas narraciones de carácter apocalíptico, cuyo género él modestamente bautiza como de “seudo-ciencia”, la principal de las cuales es la titulada La peste escarlata.

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