Kierkegaard, cristianismo y política

Por Patrocinio Navarro Valero

¿Deberían los cristianos interesarse por la política? ¿O esa actividad no tiene nada que ver con los principios cristianos? ¿Son los asuntos públicos algo que solo concierne a los hombres públicos en cuyas manos deberíamos los cristianos abandonar nuestro asuntos ya que les hemos elegido para representar nuestros intereses? Estas preguntas no carecen de importancia, porque se vienen planteando desde los orígenes del cristianismo y quedaron contestadas en el momento que la Iglesia usurpadora del nombre de Cristo- convertida en Católica- decidió vender al César Constantino su espiritualidad para el maridaje perfecto con el poder temporal. Desde entonces fue convertida en religión externa vacía- por así decirlo- de su alma cristiana. Y en este matrimonio de conveniencia hay un campo de actuación muy bien delimitado: “Tú te ocupas de los cuerpos, y yo de las almas, pero mientras yo, la Iglesia, puedo según me convenga, inmiscuirme en los asuntos públicos y presionar a favor o en contra de las leyes estatales, tú, el Estado, no tienes derecho a hacer lo mismo, porque mi misión es de más alto rango como guía de las almas. Y ante esta excelsa labor, superior a la tuya en rango, tú, el Estado, debes protegerme, mantenerme y respetar mis decisiones, ya que represento la voluntad divina mientras tú, el Estado, voluntades humanas y fragmentadas.
Los seguidores de las Iglesias, entre tanto, hacen amén a todo lo que estas les proponen sobre la familia, el sexo, el matrimonio, la educación, la vida y la muerte, e incluso sobre economía y sociopolítica, asuntos todos en los que la Institución pretende tener la verdad absoluta, y como tal son aceptados por sus seguidores. Y hay que observar que si algo destaca en ellos es su carácter retrógrado, conservador, reaccionario y oscurantista, que por la ley de semejanza se alinea siempre con la parte más oscura, retrógrada y ultraconservadora de la sociedad, y ya pueden pasar Papas.
He aquí cómo la Iglesia ha resuelto a su favor todas las preguntas que aparecen en el principio de este escrito. Sin embargo, esas preguntas siguen siendo válidas para los cristianos que intentan vivir según las enseñanzas del Maestro, que ni fundó Iglesia alguna, ni fue sacerdote, ni propuso la formación de un clero, sino al contrario: criticó a los escribas y fariseos cuyos sucesores bautizan hoy a católicos, ortodoxos y protestantes.
Los aprendices de cristianos libres nos hallamos en un medio doblemente hostil: el político conservador y el eclesiástico.
Se nos puede decir desde los poderes públicos que somos ciudadanos independientemente de nuestras creencias, la Ley es igual para todos, etc. Mientras que desde las Iglesias que se llaman cristianas, se escuchan los anatemas ante estos hijos díscolos que han abandonado a su madre y renegado de sus enseñanzas.
Sin embargo, no debería existir oposición entre los poderes políticos y religiosos y el cristiano originario como cristiano libre. Si un político fuera consecuente con la defensa del bien común por la que ha sido nombrado gestor de la nación, sus más altos ideales deberían ser la Justicia, la libertad, la igualdad, la paz y la defensa de los más débiles. Estos, sin duda, coinciden con los ideales del cristianismo-cristianismo, pero no con los de la Iglesia, que no respeta ninguno de ellos aunque para mantener “ la marca” se ve obligada a hablar bien de todos aunque solo haga eso.
El filósofo danés Kierkegaard –que como es sabido, criticó duramente a la Iglesia luterana danesa y jamás se reconcilió con ella pese a tener un hermano obispo- escribe lo siguiente en “Mi punto de vista”:
“En estos tiempos, la política es todo. Entre ella y el modo de ver religioso (entendido como espiritual *) la diferencia es total, como también difieren totalmente la el punto de partida y la meta última, ya que la política empieza en la tierra y permanece en la tierra, mientras que la religión, cuyo principio deriva de más arriba, tiende a trascender la tierra, y, por tanto, a exaltar la tierra hacia el cielo… (sic)
Lo religioso es la interpretación transfigurada de lo que el político ha pensado en su más feliz momento, si realmente ama lo que es ser un hombre y ama de verdad al pueblo, aunque esté inclinado a considerar la religión como un ideal demasiado alto para ser práctico. (Sic)…Pero tan poco práctico como es, el hombre religioso constituye, sin embargo, el transfigurado traductor del mejor sueño de un político”
(Hasta aquí la cita)
Es difícil no estar de acuerdo con la idea de que no debería existir confrontación entre política y espiritualidad, pero esto no ocurre porque tanto el político convencional como el hombre de Iglesia viven en el marco de unos principios que han perdido su esencia. ¿Qué político, por ejemplo, habla de igualdad social? Solo de disminuir la desigualdades, dándose por aceptadas que tienen que existir aunque sea en menor medida. ¿O qué Papa puede atreverse a hablar de igualdad desde la rigidez jerárquica y la aristocracia de esa jerarquía que vive principescamente a espaldas de los pobres que mueren a decenas de miles por día?
En cuanto a otro tema, el de la libertad, la libertad de la que habla el político al fin y al cabo es la suya y la de sus amigos y correligionarios que intentan quitar la suya a los oponentes. Y unos y otros, al pueblo. Y en cuanto a la iglesia, no hay palabra que merezca tanto rechazo como esta de “libertad”. En cambio, el político y el clérigo hablan del Derecho, lo cual les exime de aplicar la Justicia en su lugar.
Y en cuanto a la paz, ¿quién de ellos no la menciona como deseable? Sin embargo el político no tiene problema alguno en declarar la guerra en el supuesto interés de la nación – tampoco justificable para un cristiano libre- cuando siempre se hacen en el interés de los ricos cuando estos lo demanden, lo que sería aún menos justificable. Y el clérigo bendecirá los cañones y dirá que existen guerras justas, cuando no sea su iglesia misma la que las declara, como sucedía en el pasado.
Ahora, los prelados no hacen guerras: solo conspiran en los salones de los palacios para que sus propios negocios encuentren acomodo en ese mundo. Y si hay que apoyar a un dictador sangriento para que les vayan bien, pues se le apoya. Y para evitar ser desenmascarados por los amigos de Cristo hacen como que no existen, pero cuando estos se hacen demasiado evidentes y hasta populares- como sucede en la actual Alemania con Vida universal- se les coacciona, difama, denuncia, boicotean, y otras prácticas indignas en la que por cierto se unen católicos, protestantes y políticos conservadores. Siempre se llevan bien.
Ante estas circunstancias al cristiano libre solo le quedan los argumentos de su Maestro en el Sermón de la Montaña, que resume el ideal humano y espiritual de la vida y es práctico y aplicable a la vida cotidiana. Naturalmente, la Iglesia dirá que es bueno, pero utópico. Y el político, naturalmente, afirmará que no es práctico. Así que un cristiano siempre tiene enfrente a todos los enemigos de Cristo, tanto en las Iglesias como en el resto de la sociedad, y por supuesto, en los Estados.
NOTA
(*) Es preciso aclarar que una cosa son las religiones oficiales, las institucionales, y otra muy distinta es la religión interna, la de la relación de uno mismo con su Creador, la espiritualidad. Ambas, espiritualidad y religión interna son una con el espíritu de un cristianismo que ha sido pervertido por siglos y diversificado en “marcas” distintas. Por suerte, cada vez más gente se da cuenta del engaño.

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