Tomás, un fraile que canta y baila, enfrenta al Estado y ofrece refugio a los migrantes

Iván Castaneira

Tenosique, Tabasco. Al sur del país, en un pueblo cercano a la frontera con Guatemala, donde miles de personas provenientes de Centroamérica se internan en territorio mexicano, vive y comparte Tomás González, un fraile franciscano amante de la poesía de Benedetti, de las canciones de Silvio Rodríguez y de Pedro Infante. Un sacerdote que lee y escribe todos los días, en los breves reposos que le deja una vida dedicada a brindar refugio y hogar transitorio a los cientos de migrantes que sueñan con llegar a Estados Unidos.

La primera vez que alguien se acerca a Fray, como lo conocen comúnmente en la región, se lleva la impresión de estar frente a una persona seria, impenetrable, que no se confía de nadie. Es difícil tener acceso a su intimidad, ni siquiera con los más allegados se abre fácilmente.

Nació en la Ciudad de México, proveniente de dos tipos de familias, una extremadamente católica y otra alejada de la religión, aunque no de la concepción de una vida espiritual. Tomás González entregó su vida a la religión católica a los 18 años. Cuenta que una vez que estaba caminando por el centro vio a un fraile que le llamó mucho la atención: “su manera de hablar, su manera de explicar y su porte”. Y se dijo “quiero ser como esta persona, estar al frente de un comunidad, hablar muy bien, y tener mis zapatos y mi traje bien planchado”. El joven Tomás se le acercó y le preguntó que como se podía “internar”, y en menos de un año ya estaba dentro. Antes de ese momento nunca había tenido ningún acercamiento con la religión.

Desde que se inició en la Orden Franciscana se manifestó su interés por los temas sociales. En esos años la Orden comenzaba el proyecto Sureste y Tomás pidió inmediatamente su traslado a esa región que se gestó bajo proyectos alternativos de justicia social y la teología de la liberación. El Sureste franciscano incluía Tabasco, Chiapas, Campeche, Yucatán y Quintana Roo, y los frailes podían ser trasladados a cualquiera de estos cinco estados.

De Silvio Rodríguez a Pedro Infante, pasando por Benedetti

Fray Tomás lee por disciplina y escribe todos los días. En la etapa de su formación se dedicó a leer mucho sobre teología de la liberación pero, como buen nómada, no guarda libros. En su música nunca falta Silvio Rodríguez y en poesía el uruguayo Maro Benedetti.

Durante su vida en el seminario la música fue parte importante de su cotidianidad. Organizaba conciertos de Navidad en las iglesias franciscanas en la Ciudad de México, Puebla y Oaxaca, en los que incluía canciones de todo tipo, desde Silvio Rodríguez, José Alfredo Jiménez, Pedro Infante y Juan Gabriel, con el objetivo de dar un mensaje diferente a la gente con un fraile cantante.

El defensor de los derechos civiles en Estados Unidos, Martin Luther King, es una de las personas que más lo ha influido. La “No Violencia” fue un referente durante su juventud “en la época del despertar de la consciencia social”, que para él fue entre los 13 o 14 años, cuando vivía con su abuela materna, una mujer “que cuestionaba mucho la religión”.

Sin profesar directamente el catolicismo, siempre caminó por los templos, iglesias y las calles del Centro Histórico de la Ciudad de México, y de ahí, dice, viene su pensamiento social. Por eso, cuando participó durante diez años en la formación de frailes franciscanos, la justicia social fue el centro de su método didáctico.

Fray Tomás ha trabajado en Yucatán, Chiapas, Quintana Roo y Tabasco, estados en lo que junto a otros frailes creó proyectos con comunidades campesinas, mujeres indígenas yucatecas y con enfermos de VIH.

La 72”

Desde hace seis años está al frente del proyecto que más lo ha marcado: La Casa Refugio “La 72”, ubicada en Tenosique, Tabasco, donde se atienden diferentes problemáticas entorno a los migrantes centroamericanos que pasan por este lugar en su largo y sinuoso camino hacia Estados Unidos. Se llama “La 72” en homenaje a los 72 migrantes asesinados encontrados en una bodega en San Fernando, Tamaulipas, en el año 2010.

La migración centroamericana, dice el fraile, “aumenta conforme pasa el tiempo”. No existe una cifra exacta de cuántos centroamericanos entran al país con la intención de llegar a Estados Unidos, explica, debido a la clandestinidad con la que tienen que hacerlo para nos ser detenidos por el Instituto Nacional de Migración (INM) o por alguna otra autoridad que los deporte a sus países de origen.

Actualmente Honduras es el país que más expulsa personas. Un ochenta por ciento de los migrantes que pasan por el albergue de Tenosique provienen de este país centroamericano. La violencia es el principal motivo por el que abandonan sus lugares de origen, pues las pandillas se han apoderado de los barrios y las ciudades generando condiciones imposibles para la mayoría de los jóvenes, quienes tienen tres horizontes: unirse, morir o huir.

Son estas condiciones de violencia las que han hecho evolucionar a “La 72”, que pasó de un modelo asistencialista a un modelo integral de apoyo, enfocado en la atención de las necesidades de los migrantes que entran al país. Actualmente “La 72”, trabaja en conjunto con tres organizaciones internacionales: ACNUR-ONU, Médicos Sin Fronteras y Asylum Access.

Fray Tomás lo mismo ayuda a tramitar visas humanitarias o visas de tránsito, ofrece asistencia sicológica y médica, atiende a menores de edad que huyen de la violencia y a familias que han tenido que abandonar todo por este mismo fenómeno; igual atención brinda a la comunidad LGBTT que también es víctima de ataques y discriminación.

Y siempre, además, hay tiempo para el baile. Tomás cuenta que en una ocasión, después de atender a un grupo grande de la comunidad LGBTT, uno de los integrantes le pidió que el día que partiera hacia el norte, le concediera un baile. El fraile se lo cumplió y una noche antes organizaron una despedida. Después de bailar con la “compañera migrante”, se armó un ambiente alegre en el que todos y todas disfrutaron con música y baile la noche previa al largo camino que les esperaba.

El albergue “La 72” ha crecido de manera exponencial en tan sólo cinco años. Antes se veían los tendederos de ropa cruzando el terreno de pasto y tierras. Hoy en ese espacio hay una gran cancha de basquetbol y unas palapas con sillas de concreto para que los migrantes se protejan del calor. Fray siempre recorre el albergue, saluda uno por uno a los migrantes colocando su mayor atención en los niños y los jóvenes, con quienes comparte ideas e historias. Cada uno y una se siente importante y atendido a su lado, le cuentan los motivos por los que abandonaron sus países y sus sueños de llegar y trabajar en Estados Unidos.

Tomás viste siempre de pantalón de mezclilla, una playera ligera y los inseparables huaraches con los que se avienta a caminar decenas de kilómetros cada vez que hay una protesta por el maltrato a los migrantes. Cuando comparte la Biblia, se reúne con alguna autoridad o asiste a una protesta, Fray utiliza el hábito de color café oscuro con un lazo amarrado en la cintura. Las temperaturas que rebasan los 40 grados no consiguen despojarlo de su vestimenta religiosa.

Diferencias con la jerarquía eclesiástica

Los ejemplos concretos, no discursivos, de gente de la iglesia han sido siempre un referente para lo que Tomás hace. Durante su formación se interesó por el tema de la “latinoamericanidad”, la parte social en un pensamiento aterrizado en las líneas pastorales de los franciscanos en Brasil, los jesuitas en El Salvador y obispos como Monseñor Oscar Arnulfo Romero, “un ejemplo de persona que ha estado presente” en toda su acción.

Dentro de “una iglesia muy institucional, jerárquica, cerrada al tiempo de hoy”, a temas que son urgentes para la reflexión y las decisiones. Fray Tomás ha tenido que aprender “a convivir con esa otra iglesia, pues desde aquí se puede hacer mucho”. A pesar de las diferencias sustanciales con la iglesia jerárquica –dice- “hemos logrado construir otros proyectos en beneficio de la humanidad”.

Los momentos de crisis fuertes para esta atípico fraile están marcados por las amenazas. En “La 72” no se trata sólo de darle de comer a unas cuantas personas, sino de involucrarse con su destino: “intento ser parte de ellos y darles un empuje”, dice rodeado de salvadoreños, nicaragüenses, mexicanos, hondureños, hombres y mujeres, niños, jóvenes y adultos que ven pasar los días mientras sueñan con cruzar la frontera norte.

Él tren apodado “La Bestia” se han convertido en uno de los símbolos mas representativos de la migración centroamericana en su paso por territorio mexicano. La ciudad de Tenosique es el lugar del que parte el tren hacia el interior de México, el primer punto en el que los migrantes montan a “La Bestia”. Cada vez que suena el tren, los migrantes del albergue corren hacia las vías que se encuentran a sólo unas cuadras. De la nada aparecen otros grupos de migrantes que no entraron al albergue, sino que vienen con polleros, y que tienen otros planes.

Poco a poco van poblando el lomo del tren, llenando todos los espacios que les pueden dar algo de sombra o seguridad para el recorrido que van a realizar hacia Palenque, Chiapas, siguiente punto de la ruta de “La Bestia”. Este tren lo utilizan los migrantes con menos recursos, los más pobres entre los pobres. Con el plan gubernamental Frontera Norte el peligro de viajar en “La Bestia” ha aumentado. Lejos de protegerlos, el plan los pone a merced de los operativos de la policía, del Instituto Nacional de Migración, del crimen organizado, pandillas y de otros centroamericanos o mexicanos que suben al tren y los asaltan. En algunas ocasiones su suerte es tan mala que caen del tren y son mutilados por el mismo.

“Uno de los momentos que más me han movido en la vida fue una ocasión en la que en camino a una reunión una llamada avisándome de un accidente en el tren. Decidí cambiar de ruta e ir a ver lo que había pasado, cuando llegué vi a un hombre en las vías, sin piernas y aún vivo. Un garífuna lo cuidaba y animaba y a unos metros estaban sus compañeros, quienes se bajaron del tren para ver lo que había ocurrido. El hombre había sido atravesado por las ruedas del tren. Al verlo me postré junto a él, y me dijo, ‘dame agua.´ Lo último que alcancé a decirle fue “ánimo campeón, estás a un paso de la victoria”. Segundos después murió en mi regazo”.

La esperanza de la gente, dice Fray Tomás, es la que lo anima a seguir, la que le enseña y guía. “Una mujer víctima de violación, de secuestro o tortura, a los dos tres días está hasta riéndose, hay una capacidad sorprendente de salir del problema y volver a enfrentarlo. Todo esto lo trato de meditar y me impulsa mucho”.

Tomás González no es de acero y muchas veces se quiebra. Su medicina para el corazón consiste en sentarse todas las noches, antes de dormir, en una pequeña mesa, de color verde, redonda, que tienen inscrita la frase El evangelio por la paz, es una lucha a muerte por la vida´. Leer el Evangelio, quedarse quieto, pensando contemplando, escribir una línea, o dos, o una historia completa o mas larga, y ahí sacar todo lo del día.

De algo está seguro: “Lo que a mi me pasa no es nada, absolutamente nada en comparación de lo que les pasa a ellos”.

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