99º aniversario de la Revolución Rusa: un recuerdo del futuro

PorAldo Casas
Contra el marxismo adocenado y posibilista impuesto en la II Internacional, la reivindicación teórica y política de la actualidad de la revolución socialista

Intervención de Aldo Casas (integrante del consejo de redacción de la revista Herramienta y miembro del colectivo Cimientos) el 1 de noviembre de 2007 en las Jornadas “90º aniversario de la Revolución Rusa” en la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires.

I Se cumplen ya 90 años desde aquellas jornadas en que millones de obreros y campesinos, sobreponiéndose a siglos de opresión autocrática y años de una brutal y repudiada Guerra, tomaron el Palacio de Invierno en Petrogrado e instalaron un nuevo poder en el viejo Kremlin de Moscú. Pero se trató en realidad, como cuando la Comuna de París, de “tomar el cielo por asalto”. Los revolucionarios rusos buscaban cambiar el mundo y cambiar la vida. No fue sólo heroísmo y audacia lo que caracterizó esa gesta. En la Revolución Rusa podemos encontrar y reivindicar un conjunto de aportes que conservan fuerza inspiradora:

– Contra el marxismo adocenado y posibilista impuesto en la II Internacional, la reivindicación teórica y política de la actualidad de la revolución socialista;

– La importancia decisiva de la auto-actividad de las masas explotadas, con toda su creatividad y poderío expresado en los soviets y múltiples formas de auto organización;

– Un ejemplo práctico de que asumir “el alma social de la revolución” requiere afrontar también la necesidad de la revolución política y de la lucha política en general;

– Y con ello, la importancia de una organización política revolucionaria; pero debo aclarar que no lo digo con la mítica y mistificadora idea, construida en gran medida a posteriori, del “Partido dirigente”, sino como reivindicación de una concreta y viva organización revolucionaria que supo en su momento construirse y transformarse como parte del movimiento de masas y su experiencia;

– El “arte” de los bolcheviques ayudó a articular las aspiraciones populares con un programa y perspectiva estratégica concretado en consignas y tareas que apuntaban a resolver necesidades apremiantes y desafiaban los pilares del viejo orden: “Paz, Pan y Tierra”, “Todo el poder a los soviets” y “Revolución mundial”;

– Por eso mismo, aspiraban a reagrupar, sobre nuevas bases, a las organizaciones obreras revolucionarias del mundo: no sólo a los partidarios del bolchevismo sino al espartaquismo alemán, la anarquista CNT de España, los Sindicalistas revolucionarios de Francia…

– Y para terminar esta sucinta enumeración, quiero destacar la inspirada convicción de que era imprescindible destruir de raíz el poder del viejo Estado y afirmar otro poder revolucionario con el auxilio de un Estado de nuevo tipo: al decir de Lenin, un estado-no estado, con una burocracia mínima y la perspectiva de extinguirse…

II Con la victoria de Octubre de 1917, una ola de entusiasmo recorrió el mundo, y sacudió por un momento el equilibrio del capitalismo. Pero este impulso formidable no alcanzó, el viejo orden se repuso al menos parcialmente y la revolución debió marcar el paso, comprimida primero dentro de las fronteras de la Unión Soviética y rápidamente socavada luego desde adentro por la burocratización, la desmovilización de las masas y el restablecimiento bajo formas imprevistas de la explotación del trabajo asalariado. Y así fue que ese Estado supuestamente inspirado en la idea de su gradual desaparición, creció vertiginosamente como un nuevo Leviatán: un estado burocrático repudiable no sólo por sus rasgos totalitarios sino por la subsistencia de la explotación y alienación del trabajo que mantenía con su puño de hierro.

Quiero decir: reivindico a la Revolución Rusa por lo que efectivamente hizo en sus primeros y difíciles pasos, e incluso o por lo que sólo hizo a medias… Pero por sobre todo, invito a reivindicar ese conjunto de anhelos y proyectos que apostaban todo a la revolución de los de abajo, esa perspectiva de radical emancipación social y libertaria que en definitiva no pudo desarrollar pero permitió al menos entrever. Como dijera la mas ilustre defensora y crítica de la Revolución de octubre, Rosa Luxemburgo: en Rusia, sólo podía plantearse el problema, pero no podía resolverse… Octubre de 1917 no evoca tanto un conjunto de “lecciones” (que de ser tales estarían, necesariamente, envejecidas), sino el aún-no de la revolución, lo que no ha sido, pero puede y merece ser. Es, si me permiten la expresión, un recuerdo del futuro!

III Por otra parte, para abordar sin fantasmas el necesario debate y la lucha por el socialismo del siglo XXI, debemos referirnos a aquel socialismo que no fue: de la Internacional Comunista y la URSS no quedan ni las ruinas, Leningrado volvió a llamarse San Petersburgo y sobre los muros del Kremlin flamea la bandera tricolor de la vieja autocracia… ¡Y de esto sí que es imperioso desprender lecciones! En este sentido, valgan las siguientes reflexiones.

– El derrocamiento político del capitalismo en algún país, no implica la victoria del socialismo, y mucho menos tiene carácter irreversible. Por necesaria y exitosa que sea, una insurrección es apenas el pasaje a otros terrenos de confrontación: la revolución es un in-interrumpido proceso a escala nacional e internacional, porque la emancipación del trabajo implica una revolución total, esto es, construir una nueva sociedad;

– En la transición, ninguna forma estatal (y mucho menos las imposiciones de algún “Partido dirigente”) pueden sustituir la auto actividad de las masas y las necesariamente originales, cambiantes y transitorias formas del poder popular apuntado a la construcción de relaciones sociales y una economía sustancialmente distintas;

– La transición socialista apenas si comienza con las expropiaciones de las viejas clases dirigentes y no puede reducirse a tal o cual modelo económico. Porque no se trata de imaginar un “modo de producción socialista” en que el estado dictamine las proporciones en que se deban combinar planificación y mercado. El verdadero desafío es atreverse a ir mas allá del capital, sustituir el modo de control del capital como sistema orgánico (con su trípode: EL CAPITAL y sus personificaciones en el comando de la producción; EL TRABAJO asalariado y subordinado a los dictados de la producción concebida en términos de valor o cuantitativos; y EL ESTADO como estructura política de mando para contener el antagonismo). Y la clave para todo ello es desafiar continuamente y desde el primer momento la heredada división social jerárquica del trabajo, fuente continua de alienación y fetichismo.

– El objetivo de la transformación socialista es un orden metabólico social alternativo y auto-suficiente, mediante la apropiación positiva y el mejoramiento progresivo de las funciones vitales del intercambio metabólico con la naturaleza y en el seno mismo de la sociedad por los mismos individuos auto-determinados.

A comienzos del siglo XX, la Revolución Rusa fue un recordatorio y un ejemplo de la actualidad de la revolución en ese momento histórico. Casi un siglo después a nosotros nos toca, especialmente desde esta convulsionada Latinoamérica, desarrollar la teoría y las necesarias mediaciones político-económicas de la transición socialista. Debemos afrontar y abordar aquí y ahora la actualidad de la revolución y la lucha por el socialismo del siglo XXI con una original combinación de utopía y realismo. Realismo, en la comprensión estratégica de que tenemos por delante un combate a largo plazo contra el capitalismo, hasta cambiar una relación de fuerzas globalmente desfavorable. Pero también utopía para asumir las batallas cotidianas apostando no sólo al futuro, sino al ad-venir del socialismo “en el movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual”. Porque debemos recordar, con Marx, que “la coincidencia del cambio de las circunstancias y de la actividad humana o auto-cambio sólo puede ser lograda y racionalmente comprendida como práctica revolucionaria”.

 

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