Crisis de la economía mundial, caos sistémico y la elección de Donald Trump

Por Carlos Eduardo Martins
La elección de Trump puede implicar un nuevo nivel de reorganización de la derecha radical en el mundo, pero impulsará la reorganización de la izquierda mundial

La elección de Donald Trump no es un momento aislado de la coyuntura internacional. Debemos comprenderla como parte de un conjunto de transformaciones que se vinculan con el vaciamiento del centrismo liberal en la economía mundial, en particular en sus centros atlantistas, como Europa Occidental y EEUU, pero también en Sudamérica, cuya principal expresión fue hasta aquí el golpe de Estado en Brasil contra el Partido de los Trabajadores. Para entender la causa del agotamiento del centrismo liberal, es necesario recurrir a las tendencias de larga duración que están presentes de forma específica en la escena contemporánea.

En nuestro libro ‘Globalización, dependencia y neoliberalismo en América Latina’ (2011) afirmamos que la coyuntura mundial contemporánea debería ser entendida por la combinación de tres movimientos de larga duración: a) la revolución científico-técnica que, desde los años 1970, impone la crisis del capitalismo como modo de producción, al convertir el conocimiento y, por lo tanto, el aumento del valor de la fuerza de trabajo, en el elemento más dinámico e importante de las fuerzas productivas. b) La crisis de hegemonía de los EEUU que, frente a la fuerte ofensiva de los trabajadores sobre las tasas de ganancia y la reducción de los diferenciales de productividad en relación con Europa y Japón a finales de los años 1960, opta por la estrategia de financierización utilizando su poder sobre la moneda mundial para crear valor ficticio y reducir las presiones del trabajo sobre la acumulación y sobre la competitividad intercapitalista por la apropiación del excedente. c) La fase expansiva de un ciclo de Kondratiev, que se inicia en 1994 y debe agotarse en esta década, impulsada, por un lado, por la proyección y la integración de China en la economía mundial y, por el otro, por la recuperación de la tasa de ganancia en los países centrales después de la imposición de una profunda derrota a la clase trabajadora a partir de la combinación entre financierización y cambios radicales en la base tecnológica y en los patrones organizacionales de las empresas y de las políticas estatales.

Si bien el neoliberalismo más puro en los años 1980, impulsado principalmente por las fuerzas conservadoras y neoconservadoras, expresadas en la tríada Reagan, Thatcher y Kohl, fue clave para romper la resistencia sindical de los trabajadores industriales, por otro lado, el protagonismo extremo que dio al rentismo, a la reforma tributaria regresiva y a los gastos militares, generó enormes desequilibrios macroeconómicos cuya principal expresión fue la eclosión de déficits públicos y de la deuda pública en los países del G-7, sumados a enormes déficits comerciales en EEUU, principal articulador de este proceso.

La transferencia acelerada de competitividad internacional hacia el Este asiático, las presiones financieras del déficit público sobre el welfare y la derrota contundente del proletariado fordista abrieron el espacio para desplazar el eje del capitalismo atlantista y centrarlo en la tasa de ganancia por medio de un nuevo ciclo de Kondratiev. Este desplazamiento cíclico en la tasa de ganancia exigió el surgimiento de nuevas fuerzas políticas que se organizaron alrededor de la reformulación del proyecto social-demócrata con el fin de atender las exigencias del capitalismo en la etapa de la globalización que, Anthony Giddens intentó sintetizar relanzando el concepto de “tercera vía”.

Sin embargo, esta “nueva tercera vía” no rompió ni revirtió la financierización, atenuando solamente sus tendencias más agudas, ya que el período cíclico de expansión de larga duración que se inició no ha solucionado la tendencia al declive de los centros atlantistas en la economía mundial sino que la ha profundizado. Aumentó las presiones competitivas, aceleró los límites de la financierización y exigió paralelamente la organización de una base tecnológica dinámica como instrumento de contención del declive, lo que no impidió la deslocalización productiva de los centros atlantistas hacia otras regiones, en particular, a China. Esa nueva tercera vía buscó combinar la financierización y el establecimiento de un período de crecimiento económico que no fuera muy significativo al punto de reestablecer el pleno empleo, pero que fuera suficiente para aumentar la recaudación estatal y ampliar gastos sociales para focalizar las políticas en el combate a la extrema pobreza y la exclusión de los segmentos sociales más vulnerables. En general, pese a las variaciones nacionales, se constituyó un patrón de políticas públicas que situó las tasas de interés por debajo de las tasas de crecimiento del PIB, redujo la expansión de los gastos militares, atenuó los efectos más regresivos de las reformas tributarias neoliberales, pero no impidió la ampliación de la desigualdad, aunque esta haya sido matizada por el aumento del crecimiento económico. Esta combinación ha frustrado, con el pasar de los años, la base popular de la socialdemocracia, conduciendo en múltiples ocasiones a derrotas electorales significativas, donde y cuando la combinación entre crecimiento económico, reducción de la pobreza y aumento de la desigualdad fuera menos exitosa.

Tal patrón de políticas públicas ultrapasó los centros atlantistas inscribiéndose en las regiones bajo su hegemonía ideológica, en particular en los países dependientes más poderosos y estratégicamente articulados con la economía mundial. La ascensión de los demócratas con Bill Clinton entre 1993-2000 y Barack Obama entre 2009-16, de los laboristas británicos con Tony Blair y Gordon Brown entre 1997-2010, de los socialdemócratas y verdes alemanes con Gerhard Schroder entre 1997-2005, de los socialistas franceses con Lionel Jospin entre 1997-2002 y François Hollande entre 2012-2017, del PSOE con Zapatero entre 2004-2011, y del PT con Lula y Dilma entre 2003-2016 es fiel expresión de la emergencia de un centrismo de izquierda que busca realizar una combinación entre rentismo, estrategias de desarrollo productivo y clase trabajadora, con distintos resultados en función del lugar que ocupa en el sistema mundial y de los diversos contextos nacionales. Amenazada con la emergencia de una centroizquierda neoliberal que le retiraba la gestión de grandes centros de la economía mundial, la derecha neoliberal, incapaz de ofrecer alternativas a la expansión de la desigualdad que frecuentemente se articuló con el aumento de la pobreza, modificó su agenda: priorizó el combate al terror y al enemigo externo/interno, la guerra y la contención de la inmigración ilegal.

La imposición de esta ofensiva ideológica en el gobierno de George W. Bush y su articulación con el complejo industrial militar llevó a su incorporación parcial por la izquierda centrista durante el gobierno de Obama. Este tomó como referencia el nuevo nivel de gastos militares heredado del gobierno republicano — que más que duplicó el presupuesto de defensa, incrementándolo de US$ 311 billones a 644 billones y del 2,9% al 4,2% del PIB, entre 2000-08 — realizando en ellos pequeños cortes, sin alterar significativamente sus valores absolutos, pero reduciéndolos progresivamente al 3,3% del PIB en 2015, después de alcanzar la máxima del 4,7% del PIB en 2010. Por otro lado, Obama rompió records de deportación masiva de inmigrantes, con un promedio de deportaciones aproximado de 400 mil personas por año, cifra superior en 41% a la del gobierno de George W. Bush que, no obstante, elevó la deportación anual de 180.000 a 360 mil personas, número que viene aumentando constantemente desde 1982, cuando fueron 15 mil los deportados.

La crisis económica de 2008-2010 y el agotamiento del ciclo de boom de los commodities de 2004-2011 en la periferia dependiente, incidieron fuertemente sobre la capacidad de la centroizquierda neoliberal en viabilizar la coalición que proponía. En los centros de la economía mundial, la estatización de la deuda privada por medio de programas de compra de títulos podridos, el aumento de los gastos militares y la recesión impidieron que el crecimiento económico siguiera amortiguando los efectos sociales disruptivos de la desigualdad que volvió a crecer de forma acelerada. En países periféricos, como Brasil, los efectos negativos del ciclo de los commodities disminuyeron el crecimiento económico, redujeron la recaudación pública, ampliaron la percepción de la desigualdad, condujeron a grandes explosiones sociales y a presiones del gran capital para redistribuir recursos al rentismo e interrumpir la trayectoria rumbo al pleno empleo.

La incapacidad de restablecer tasas de crecimiento económico típicas de las fases expansivas del Kondratiev impone un fuerte obstáculo para el centrismo de izquierda, que parece entrar en declive acelerado por la incapacidad de conciliar el interés de diversos grupos sociales, como rentistas, grandes oligopolios, pequeños y medianos industriales y trabajadores. Todo apunta a que la fase expansiva del Kondratiev en curso ya se agotó en los EEUU y en Europa Occidental desde la crisis de 2008, y en la economía mundial deberá agotarse aún en esta década con la desaceleración en curso en China.

La crisis del centrismo afecta particularmente a la izquierda neoliberal, en función del agotamiento del crecimiento económico acelerado que vuelve nítida su incapacidad de cumplir con las promesas de inclusión de la clase trabajadora en los procesos de globalización. Sin embargo, afecta también al bipartidismo propiciando el surgimiento de corrientes más radicales, sea en el interior de los partidos tradicionales o fuera de ellos. Desde 1999 a 2014, el bipartidismo de centroizquierda y centroderecha redujo su participación en el parlamento europeo de 66% a 54,8%. El vaciamiento político del centrismo neoliberal se evidencia en un conjunto de eventos como: la victoria del Brexit contra la orientación del entonces primer ministro del Partido Conservador, David Cameron, y la del Partido Laborista, fortaleciendo el Partido de la Independencia del Reino Unido, de extrema derecha; la emergencia de dos candidaturas en los EEUU, de Donald Trump y Bernie Sanders, que desafiaron el establishment de los partidos Republicano y Demócrata, respectivamente; el crecimiento del Frente Nacional en Francia en la elecciones presidenciales de 2012, en las elecciones europeas de 2014 y en las elecciones regionales de 2015; la caída del PP y PSOE en las votaciones en España, del 72% al 55%, entre 2011 y 2016, abriendo espacio para el surgimiento de Podemos a la izquierda y de Ciudadanos, a la derecha; la caída drástica de la votación del PASOK y de la Nueva Democracia en Grecia, desde 2012, dando lugar al protagonismo del Syriza, a la izquierda, en 2015, y a la ascensión del Amanecer Dorado, de extrema derecha; o la drástica pérdida de popularidad de Dilma Rousseff del PT, en Brasil, en el primer semestre de 2015, que antecedió al golpe de Estado de 2016 que la depuso del mandato presidencial.

La crisis de los centrismos de izquierda que gestionaron la onda larga expansiva iniciada en 1994 lleva a dos tipos de desdoblamientos: de un lado, a la presión de los movimientos sociales para que las izquierdas rompan sus compromisos con el rentismo, el capital financiero y el neoliberalismo, dando prioridad al combate de la desigualdad y la profundización de la democracia, vinculándolos a distintos proyectos de desarrollo que promuevan la articulación entre la soberanía nacional y la cooperación internacional. Del otro lado, a la reacción de la derecha a los movimientos sociales contra la desigualdad que se vienen acumulando en baja intensidad durante la larga onda expansiva y que ahora amenazan cambiar su ritmo. Frente a esta posibilidad, la derecha echa mano de otra agenda donde pone la escasez como una realidad inexorable, y reivindica la desigualdad y el proteccionismo para mantener privilegios contra las presiones competitivas de la globalización oriundas del comercio
y de la migración.

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