El acuerdo de Peña Nieto que nació muerto

Abraham Vergara

El plan presentado por la actual administración carece de sustento y fortaleza: especialista IBERO

La generación de hoy tiene la oportunidad de dar un vistazo al pasado. Se creía que estas tácticas ya se habían olvidado al establecer la “democracia” en México. Al estilo de Miguel de la Madrid o de Carlos Salinas de Gortari, el presidente Enrique Peña Nieto –o ¿será mejor llamarlo Enrique Salinas de la Madrid?— presentó el Acuerdo para el Fortalecimiento Económico y la Protección de la Economía Familiar.

Varias diferencias claras respecto a los planes propuestos por sus antecesores. La primera, el nombre largo aburrido y sin objetivo claro; la segunda, los expresidentes al menos tenían un planteamiento transexenal; tres, la situación económica distinta, antes con inflaciones del 50%, hoy intentando controlarla; y la última, una sociedad actual con un gran hartazgo y fastidio. Parece que este Acuerdo nació muerto.

Con un semblante sin convicción y sin el apoyo total de todos los sectores, el presidente enumeró los pilares del Acuerdo: Protección a la economía familiar, Fomentar inversiones y empleo, Preservar la estabilidad económica y Fortalecer la cultura de legalidad y el Estado de Derecho.

¿Qué tienen de diferencia el Acuerdo, el Plan Nacional de Desarrollo y las promesas de campaña? A primera vista muy poco (pan con lo mismo), la gran diferencia: la esperanza con la que inicio esta administración y hoy la desesperanza y el tambaleo de las variables macroeconómicas que se reflejan de manera directa en el bolsillo de casi todos los mexicanos.

Si las autoridades ya sabían que era insostenible el subsidio a la gasolina, afirmo, faltó adelantarse al descontento social, a una sociedad cansada de la corrupción y desfalcos entre la clase política, era necesario anticiparse en demostrar su austeridad bajándose el sueldo (mínima solución, pero que daba margen de maniobra) en los tres poderes y en los tres niveles de gobierno.

Hoy, los únicos que se han “apretado el cinturón” son las familias, el nivel de confianza y la credibilidad se han perdido, mientras que el discurso demagógico de austeridad es insuficiente. Se requieren acciones reales y palpables que de primera instancia eviten una escalada en precios, que la inflación no sea un costo que derrumbe a la economía, que el tipo de cambio no siga su depreciación y que el crecimiento económico paupérrimo sólo hacen ver que la presunción de 2.6 millones de empleos generados son insuficientes para la demanda de jóvenes y adultos.

El poder adquisitivo de la población ya se encuentra desgastado y por decreto será muy complicado que las empresas logren controlar la elevación en los costos de producción que, más temprano que tarde, se reflejarán en los precios de los bienes y servicios de una manera más contundente.

En caso de que México no tenga la capacidad de satisfacer la demanda de productos básicos con generación interna, dijo el mandatario, estos se podrán importar, pero al tipo de cambio que actualmente existe, la ecuación no resulta favorable y seguramente éstos de todas formas incrementarán su precio y si se suma la inseguridad de carreteras y vías férreas más el incremento de combustibles, no se ve como favorezca a las tan nombradas amas de casa.

Para que el impacto del “gasolinazo” sea menor, se planteó la inversión para la modernización del transporte. A menos de que exista una partida que todos obviemos y que las autoridades tenga clara o de que se vea un salto fenomenal en el precio del petróleo que favorezca las finanzas públicas, no se observa otro camino más que emisión de deuda, lo cual contradice al discurso de finanzas públicas sanas, donde se pretende iniciar con la disminución del nivel de deuda gubernamental.

Una vez más se mencionaron las reformas. Esta administración está en su último periodo y no se han podido implementar; no han generado los beneficios que se prometieron y en los que más de uno creímos no eran la panacea, pero parecía que darían efecto y que a estas alturas del sexenio estaríamos creciendo y acercándonos a niveles del 5% PIB, y no disminuyendo y arañando un 1.8% en perspectiva para este año.

No se puede quedar en discurso, se debe apoyar a las pequeñas y medianas empresas con estímulos fiscales y simplificación de trámites para lograr niveles considerables de competitividad y productividad, generando una mayor inversión para que a su vez dejen la informalidad y apoyen a la creación de empleos.

Para que tenga coherencia la propuesta de un presupuesto austero necesariamente se tiene que tener cuidado y control del gasto; éste tiene que ser eficiente y debe ir destinado a donde se tenga el mayor beneficio común.

Tampoco es momento que los partidos políticos y oposición a la presente administración intenten beneficiarse de la situación. Es muy fácil dar recomendaciones pero todas ellas implican recursos y tampoco nos dicen de donde obtenerlos.

Por el contrario, vienen las dos batallas del final de sexenio: la elección en el Estado de México y la presidencial, momento para demostrar altura política y que la palabra austeridad sea el fundamento de las campañas. Analistas políticos empiezan a afirmar que el PRI ocupará un honroso tercer lugar en ambas.

Conclusión: este Acuerdo carece de sustento y fortaleza, el “parche” no será suficiente, se requieren medidas claras y con un objetivo definido que se refleje de inmediato en el corto plazo y que dé fortaleza en el mediano; a largo plazo sólo la muerte, ya lo dijo Keynes.

El Maestro Abraham Vergara es Coordinador de la Licenciatura en Contaduría y Gestión Empresarial en la Universidad Iberoamericana 

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