Mexicanos, prisioneros de la incapacidad diplomática

César Villanueva

 En los recientes desencuentros en la relación con Estados Unidos, la crisis de nuestro país puede representarse apelando a la metáfora de la caverna de Platón. Los mexicanos estamos maniatados frente a una pared donde se proyectan sombras ominosas, con figuras confusas y aterradoras, que provienen del fuego que ilumina una hoguera posicionada a nuestras espaldas.

Lo que presenciamos son las apariencias que representan la política exterior de Enrique Peña Nieto. Un juego de alto costo, por las omisiones y por los descalabros: tres cancilleres, cuatro embajadores y un encargado de negocios, al frente de la embajada más importante para México; tres visitas oficiales a aquel país y una de negocios, contra dos de Barack Obama a México, una de Trump-candidato y un intento reciente convertido en un fiasco diplomático.

Los mexicanos somos prisioneros involuntarios de la incapacidad de la diplomacia mexicana y su responsable directo, el presidente de la República, quienes a lo largo de estos años han sido incapaces de orientar una ruta sensata y viable para este país, no sólo en sus relaciones con EU, sino que también con el resto del mundo.

En esa cueva platónica, las sombras que hemos visto en la pared han configurado una realidad distorsionada muy pobre para México y los mexicanos, con un conjunto de intereses y objetivos muy difusos, claramente fallidos, y que además se han dado a nuestras espaldas.

En ello, el tema de las percepciones es central.  En la lógica de las imágenes-país, la mente de Donald Trump (y de muchos estadounidenses) concibe a México como un país rival, enemigo y bárbaro.

Somos rivales porque les quitamos los jugosos empleos a los estadounidenses y competimos con los dados cargados a nuestro favor (sic). Somos enemigos porque traficamos toneladas de drogas a esa nación indefensa, con ciudadanos nobles y buenos a quienes envenenamos sin resquemor (sic). Finalmente, bárbaros porque somos violadores, asesinos y, para colmo, hablamos español (sic). El trasfondo del asunto contiene un señalamiento simbólico para México, al ser percibido como una nación francamente amenazante, insegura y que genera una repulsión clara en aquel país. ¡Vaya coctel semántico para entender al aliado del sur!

Es importante recordar que en el estudio que realizamos en la Universidad Iberoamericana un grupo de investigadores (2016), las imágenes con las que el mundo asocia a México en el periodo que va de 2006 a 2015 son las de país dependiente, emergente y exótico. Con mucho, a pesar de las connotaciones negativas también presentes, estas tres imágenes constituyen una narrativa mucho mejor de la que podemos inferir del “mundo Trump”.

La historia que se entreteje de México al mundo es la de una nación con una dependencia material clara de los EU, pero con un potencial económico en marcha, con áreas de crecimiento material muy evidentes, además de tener un conjunto de manifestaciones culturales muy atractivas y a la vez, desconcertantes. Esta narrativa es manejable; la omnipresente en los EU de Trump, no lo es.

En contraste, si analizamos los discursos mexicanos sobre los Estados Unidos, provenientes principalmente de fuentes oficiales, de medios y redes sociales, en estos momentos percibimos a una nación intervencionista, degradada y enemiga.

Intervencionista porque la política exterior de Trump vulnera la soberanía de nuestro país sin el menor respeto a nuestra vecindad, por medios no oficiales (tuits) y con una flagrante falta de tacto diplomático. Estados Unidos se nos presenta como una “nación degradada”, porque su política exterior tiende a una regresión en temas nodales (medio ambiente, derechos humanos, diversidad) y muestra una irracionalidad verdaderamente pasmosa. Finalmente, la nación de Trump se presenta como enemiga dado que sus acciones claramente atentan contra la seguridad existencial de México, al menos en los ámbitos económico y de migración.

Recordemos que el TLC factura más de mil millones de dólares de intercambio diario en la frontera entre ambos países y existen cerca de seis millones de indocumentados mexicanos en el norte. La narrativa mexicana hacia aquel país es también muy negativa: los Estados Unidos es una nación que acosa y subyuga a las más débiles, tiene acciones impredecibles y de baja confiabilidad, pero posee un poder innegable a escala global. El poder suave de Estados Unidos, por cierto, se disipa rápidamente en la percepción de los mexicanos y de muchas personas en el mundo.

En un texto clásico sobre la reputación de los países y las imágenes internacionales, Regis Debray, nos dice en su libro El estado seductor que el rey no debe de perder de vista que se gobierna con imágenes, se quiera o no, y por tanto los espacios que no ocupan las imágenes son ocupadas por otros agentes.

Las imágenes nación, en su vertiente positiva, cristalizan el sentir de un pueblo y su gobierno, otorgan orgullo y disparan emociones positivas favorables para enfrentar retos y emprender la lucha en casi cualquier frente, incluso, a costa de las vidas de los ciudadanos.

Las imágenes país provocan también, en conjunto, un orden o inestabilidad en el sistema internacional y proyectan una sensación de (in)seguridad al resto de la comunidad de países. México y los Estados Unidos no son excepción del funcionamiento político de sus imágenes, en lo individual y en la relación binacional. La frontera entre los dos países debería provocar imaginarios positivos: de prosperidad e innovación, de justicia e igualdad, de sueños y libertad.

Regresando al a metáfora de la caverna de Platón y atendiendo a su conclusión, los mexicanos presos nos liberamos de las ataduras para salir de la penumbra y ver la realidad externa.

El resultado ha sido frustrante: se instala la incredulidad de lo observado y un rechazo de la realidad factual. Creemos en las sombras y en las apariencias. Por tanto, en la crisis de la relación México-EU, apelamos a un nacionalismo ramplón y manipulador. Frente a la amenaza Trump, regresamos a una mitología de victimismo, y nos envolvemos en las banderas del águila y la serpiente, para en apariencia defendernos de los ataques externos.

El “chivo expiatorio” Trump irrumpe para exculpar a la tribu. La corrupción se perdona, los abusos de autoridad se justifican, la incapacidad se aplaude, siempre y cuando este vestida de verde-blanco-y-rojo. Las sombras en la pared frente a nosotros, una vez más. Le echamos la culpa de nuestra desgracia a la amenaza norteña, al señor del copete, y los mexicanos nos olvidamos de resolver seriamente nuestros problemas. Un verdadero salto al vacío.

 El Doctor César Villanueva es académico del Departamento de Estudios Internacionales de la Universidad Iberoamericana

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