Tres despachos sobre György Lukács

Por Maciek Wisniewski
En el centenario de la revolución (1917-2017) se ve la hegemonía intelectual del anticomunismo, que lee a Lukács sólo para buscar semillas de totalitarismo

El acontecimiento. A sus treinta y tantos años, György Lukács (1885-1971) –ya un establecido historiador de literatura– llega al marxismo y comunismo no vía la Segunda Internacional [la encarnación del positivismo determinista y oportunismo político], sino mediante el idealismo y sindicalismo, y no tanto mediante la lectura de sus teóricos (apenas conoce El capital), sino por la revolución misma [una ventana hacia el futuro] (My road to Marx, 1933).

Esto hace toda la diferencia del mundo. Su heterodoxia temprana y la mezcla del entusiasmo por la revolución rusa (1917) y del sabor de la derrota a raíz de la caída de la efímera República Soviética Húngara (marzo-agosto/1919) –en la que es comisario político en el frente y luego comisario popular de la educación– dan a luz una obra singular: Historia y conciencia de clase [HyCC] (1923). Su aparición es “uno de los pocos auténticos ‘acontecimientos’ en la historia del marxismo” (S. Zizek dixit). Igual que Karl Korsch, pero con más erudición, el joven Lukács se propone salvar a Marx de la bastardización socialdemócrata que permea hasta las filas bolcheviques: recupera su dialéctica y [re]introduce el concepto de la reificación. Pero su timing es fatal. La revolución está en retirada y en vías de osificación. Atacada desde el Comintern (Zinoviev, Kun, Deborin, Rudas) por su revisionismo teórico, HyCC acaba en el índex estalinista (y con fama del texto fundacional del marxismo occidental, que separa la organización política del análisis social).

Si bien se cree que pronto y sin una palabra Lukács se distancia de lo que es su opus magnum y acaba rechazándolo hasta sus últimos días –véase el prólogo a la ed. francesa (1960) y el epílogo a la ed. de 1967–, perdiendo más de lo que gana en cambio, a finales de los 90 en Moscú aparece un largo -y nunca mencionado por Lukács- ensayo, Seguidismo y dialéctica [SyD] (¿1925-6?), en el que defiende apasionadamente sus ideas. Este eslabón perdido (M. Löwy dixit, http://goo.gl/MWudFb) precisa algunos puntos en HyCC (J. Rees, en: Tailism and the dialectic, 2000, p. 27-30), salva al texto de las malas lecturas –estalinismo/marxismo occidental– y resalta su singularidad.

De Lenin a Stalin. Uno de los objetivos de HyCC es desarrollar la base filosófica para el partido leninista. Lukács logra incluso lo que no logra Lenin: salir del atolladero teórico y vincular la estrategia revolucionaria y organizativa del partido con el corazón del pensamiento de Marx (la alienación). Este vínculo –por años desapercibido, pero innegable a la luz de SyD– con la lucha política y su perspectiva leninista, es la “histórica incomprensión de HyCC desde el marxismo” (F. Jameson dixit).

Lukács prolonga este análisis en Lenin: la coherencia de un pensamiento (1924), enfatizando las principales lecciones del revolucionario ruso: su insistencia en abrazar el momento (Augenblick) y rechazo a la noción de fases objetivas (el tema de subjetividad/objetividad y la inclinación por el primero le resultan cruciales para explicar el fracaso de la revolución húngara, que cae por los golpes de la Entente y la contrarrevolución del almirante Horthy (1920-1944), pero sobre todo por sus propios errores (http://goo.gl/zZgVSl). Tal vez de haberlo leído Lenin habría rechazado a HyCC por su ultra-izquierdismo/infantilismo (aunque según Löwy los ensayos que la componen fueron rescritos justo para borrar sus vestigios, G. L.: from romanticism to bolchevism, 1979, p. 11-25). Esa es la suerte del único texto lukacsiano que sí alcanza a leer, uno sobre el parlamentarismo (Lukács, Tactics and ethics, 1919, 2013, p. 53-63), lo que no quita el hecho que el joven Lukács sea el máximo filosofo del leninismo (S. Zizek, Tailism…, p. 179). Pero con Lenin muerto (1924) y la ventana de la revolución cerrándose, Lukács entra en su fase termidoriana. Se abraza con los que pisotean a HyCC e incluso defiende la tesis del socialismo en un solo país: igual que la ola alta lo lleva a la revolución de Lenin, el reflujo lo arrastra a la contrarrevolución de Stalin (J. Rees…, p. 32).

La extinción. Después de la caída de la revolución, Lukács se queda en Budapest para reorganizar el partido comunista. Es una tarea fútil (R. L. Tökés, Béla Kun and the Hungarian Soviet Republic, 1967, p. 45). En Hungría reina el terror blanco: unas 5 mil personas fueron ejecutadas (comunistas y judíos sin importar sus preferencias políticas). Decenas de miles acaban en el exilio. Lukács, por poco, huye a Viena (allí luego escribe HyCC).

Hoy las fuerzas de la reacción están otra vez detrás de él: ordenan el cierre del Archivo Lukács localizado en su vieja casa en las orillas del Danubio, que se ocupa de sus escritos (RS 21, 14/3/16) y la remoción de una sobria estatua de él (1985) de uno de los parques (Look Left, 7/2/17). Fidesz, el derechista partido gobernante, está obsesionado con Lukács-el comunista. Jobbik, su aliado, el partido neonazi, está obsesionado con Lukács-el judío, la encarnación de la fantasía del judeobolchevismo. En principio, los que ya poblaron el país con los monumentos de Horthy, el posterior aliado de Hitler, quieren sustituir la estatua de Lukács por la de B. Hóman (1885-1951), historiador e intelectual orgánico del fascismo húngaro [las Flechas Cruzadas], uno de los arquitectos de las leyes antijudías de los años 30/40. Al final se conforman con la de Esteban I (975-1038), el rey y santo.

Coda. Desde luego que en el centenario de la revolución (1917-2017) hay que estar atentos a sus lecciones, sólo que mirando desde la ventana de Mitteleuropa –donde ésta fue parada y condenada a su degeneración– todo se parece no a 1917, sino a 1919 (o a los 20), con:

i) la omnipresente glorificación de las más oscuras fuerzas del periodo de entreguerras (su ultranacionalismo y racismo abierto).

ii) un largo –de casi 100 años– y triunfal abrazo entre el protofascismo (los Blancos) y el posfascismo (Jobbik, et al.), mientras la izquierda aún no se recupera después de lo de 1989.

iii) Y la hegemonía intelectual del anticomunismo (véase a Kolakowski, que lee HyCC sólo para buscar semillas de totalitarismo, en Las principales corrientes del marxismo, 1974, t. III, p. 249-299).

Y no es por ser un aguafiestas. Es por captar bien el Zeitgeist [el espíritu (Geist) del tiempo (Zeit)].

@MaciekWizz

 

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