Historia de la violencia de clases en Estados Unidos hasta 1934

Louis Adamic nació en 1898 en Eslovenia, que era por entonces una provincia del Imperio Austro-Húngaro, y emigró muy joven a los Estados Unidos, tras pasar por la cárcel con trece años por su militancia nacionalista. En la “tierra de los libres” trabaja como obrero hasta que es reclutado para la I Guerra Mundial, y de regreso comienza una carrera de periodista y escritor, en la que trata sobre todo de denunciar la explotación de los inmigrantes y la clase obrera en el país. Durante la II Guerra Mundial su interés se proyecta hacia la lucha partisana y la constitución de la Federación Socialista Yugoeslava en su tierra natal. Louis Adamic falleció de un disparo en 1951, en lo que se consideró un suicidio, pero pudiera haber sido un asesinato motivado por sus posiciones políticas. Dinamita, que La linterna sorda acaba de editar por primera vez en castellano (trad. de Rubén Fernández Rojo), es una crónica detallada e intensa de los orígenes del movimiento obrero en los Estados Unidos y de su historia hasta 1934, año en el que aparece la segunda y definitiva versión del libro (la primera era de 1931).
Orígenes con nombre de mujer
Durante las décadas iniciales del siglo XIX, los conflictos sociales se manifestaban en el país sólo en esporádicas y pacíficas huelgas sin demasiada repercusión, y no es hasta finales de la de 1830 cuando las condiciones inhumanas de los inmigrantes que llegan de Europa, con trabajo infantil y jornadas de doce horas, dan lugar a protestas violentas en las que los irlandeses se hacen notar como principales protagonistas. Los decenios que siguen se caracterizan por la desorganización y debilidad del activismo obrero hasta que en los 50 se empieza a oír hablar de una sociedad secreta, los Molly Maguires, que toman el nombre de una viuda famosa en Irlanda unos años antes como ejecutora de terratenientes y esbirros en defensa de los campesinos desahuciados. Obligado a emigrar, el movimiento renace en las cuencas mineras de Pensilvania, donde es autor de numerosas muertes que alcanzan su apogeo en los primeros 70. En 1875, muchos de sus líderes son arrestados y una decena de ellos ejecutados, lo que supuso el fin de los atentados. Los mollies expresan la resistencia bien planificada y sin contemplaciones del irlandés rebelde ante unas condiciones de vida ultrajantes.
A finales de los 60, el capitalismo tensa la maquinaria en una atmósfera de feroz competencia que el proletariado sufre como eslabón más débil de la cadena, aunque trata de defenderse y se concentra en el objetivo de la jornada de ocho horas, que ya en 1872 comienza a conseguirse en algunos lugares. No obstante, en poco tiempo la crisis económica hundirá a la clase obrera en la miseria y quebrantará su organización hasta la gran huelga de los ferrocarriles de 1877, que degenera en graves enfrentamientos por todo el país con centenares de trabajadores muertos. Es la época en que surgen agencias de “detectives”, como la creada por Allan Pinkerton, que reclutan matones para ofrecer “protección” a los empresarios. Cuando el movimiento de los ferroviarios es derrotado, muchos auguraron el “fin del sindicalismo”, y la resistencia pasa a la clandestinidad, contemplando seriamente el recurso a métodos terroristas. Por otra parte, se nutre con elementos extremistas que emigran de Alemania tras la promulgación en 1878 de la legislación antisocialista de Bismarck.
La dinamita entra en acción
La llegada en 1882 a los Estados Unidos del alemán Johann Most, que había desarrollado una intensa actividad revolucionaria en Europa y acababa de sufrir una condena de cárcel por su apoyo a la violencia en las luchas del proletariado, va a suponer un hito importante porque su arrolladora personalidad va a arrastrar al movimiento obrero en esa dirección. La crisis industrial agrava la situación entre 1884 y 1886, y los viejos e inoperantes sindicatos, como los Knights of Labor (KOL), ceden paso a organizaciones algo más combativas como la American Federation of Labor (AFL). Ésta nace tras el histórico 4 de mayo de 1886, cuando en el momento en que una concentración pacífica estaba a punto de ser dispersada por la policía en el Haymarket de Chicago, una bomba mata a varios agentes y provoca un caos con decenas de víctimas mortales. Los oradores de aquella tarde serán asesinados tras una farsa de juicio en noviembre de 1887. Esta bomba fue un regalo para la clase explotadora, pues anuló los logros en la lucha por las ocho horas y dividió al movimiento obrero.
La huelga de Homestead (Pensilvania) en 1992 será el siguiente episodio notable, con un cierre patronal que enfrenta a los trabajadores del hierro y el acero y la Amalgamated Steel Company de Andrew Carnegie. Tras el fracaso del paro y el asesinato de varios obreros, el anarquista Alexander Berkman dispara contra el superintendente de la empresa en su despacho, pero sólo alcanza a herirlo. Pasará por ello casi catorce años en prisión. A partir de 1893, el desempleo crece y proliferan huelgas importantes como la de los ferroviarios dirigidos por Eugene Victor Debs en 1894, o las de los mineros del oeste del país, que recurrían frecuentemente a la violencia contra patronos, esquiroles o la maquinaria de las minas.
Siglo XX: viejos problemas y nuevas organizaciones
En el año 1901, Gene Debs es uno de los fundadores del Socialist Party of America, que desde entonces no deja de crecer, apoyado por escritores como Upton Sinclair o Jack London, y por periodistas dispuestos a denunciar los abusos del poder. Entre 1900 y 1903 los mineros organizan huelgas con diversas estrategias: en Pensilvania las tácticas pactistas no consiguen gran cosa, mientras que en Colorado yendo a por todas son masacrados y humillados. Su líder aquí, Bill Haywood será uno de los promotores a comienzos de 1905 de la IWW (Industrial Workers of the World), que alza con fuerza la antorcha del sindicalismo revolucionario en los Estados Unidos. Sus integrantes, pronto conocidos como wobblies, eran al principio partidarios del recurso a la violencia para enfrentar la represión, aunque hay que decir que ésta fue utilizada esencialmente contra ellos en las luchas intensas que protagonizaron en los años siguientes por todo el país.
Tras la publicitada y relativamente exitosa campaña presidencial de Debs en 1908, se produce un auge de socialistas y radicales, que tienen eco en los medios y acceden a algunas instituciones. En esa época, los ironworkers que levantaban los rascacielos, afiliados a la AFL, recurrían asiduamente a la dinamita para presionar a los empresarios hostiles, y habían logrado controlar el mercado laboral en San Francisco. La voladura del edificio del Times de Los Ángeles en octubre de 1910 por los hermanos McNamara con veinte víctimas mortales fue un intento torpe y criminal de extender la influencia del sindicato a esta ciudad. El juicio tuvo una enorme repercusión y supuso un varapalo para la lucha obrera y la AFL en particular. La IWW tomará el relevo en los años que siguen, marcados por masacres, como la de Ludlow (Colorado) en 1914 o las de Nueva Jersey en 1915, y por montajes judiciales para debilitar a los sindicatos, como el que llevó a Tom Mooney y Warren Billings a cumplir veintitrés años de condena por un atentado en 1916 del que pronto se demostró que eran inocentes.
El panorama tras la Gran Guerra
La entrada de los Estados Unidos en guerra en 1917 fue apoyada por los sindicatos menos la IWW. Tras el conflicto había veinte mil nuevos millonarios en el país, pero sólo recortes salariales y despidos para los obreros. En un clima de brutal represión e histeria contra “los rojos”, en septiembre de 1919, la gran huelga del acero afecta a casi medio millón de trabajadores que reclaman pacíficamente sus derechos. La respuesta es el terror por parte de las autoridades y sus esbirros, y en enero el paro es desconvocado. En el noroeste, los intentos de la IWW por organizar a los madereros son reprimidos ferozmente y un tiroteo de autodefensa en Centralia (Washington), en noviembre de 1919, da lugar a otra farsa judicial con dilatadas e injustificables condenas. Los sindicalistas libertarios Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti serán acusados falsamente de un asesinato cometido en 1921 y ejecutados en 1927. El capital se cebaba sin contemplaciones en la clase obrera más combativa, y las réplicas que ésta va a dar van ser sorprendentes.
En los años 20, la respuesta de la AFL a la situación creada es el retorno a la dinamita y las golpizas, aunque ahora se tomen precauciones para que un escándalo como el de los McNamara no se repita, y los “trabajos” se encomienden a “especialistas” ajenos a los sindicatos. Habitualmente estas agresiones no producían muertes, y el miedo hacía que quedaran impunes. La estrategia resultó bastante exitosa, pero los violentos terminaron tomando el control, radicalizando sus métodos e independizándose para formar bandas de gánsteres, que surgen en Chicago y pronto extienden su influencia a todo el país. Así fue cómo la lucha de clases que había reclutado a los maleantes al servicio de la patronal en los años 70 del siglo XIX, acaba en los felices 20 de la centuria siguiente provocando el nacimiento del crimen organizado.
En esa misma época, los wobblies combaten a su manera al capital recurriendo al sabotaje y el escaqueo, técnicas en las que el propio Adamic nos narra sus experiencias en los años 20, recién desmovilizado y vagando como temporero por Illinois, Missouri y Kansas, y luego de marino. Se trataba de no pasar apuros y precipitar la caída del sistema, como cuando aliados con la indolencia e incompetencia del resto de la tripulación dieron al traste en 1922 con el carguero Oskawa, hecho celebrado en un poema por Bertolt Brecht. De 1923 a 1927, Adamic trabaja por diversos estados y sigue observando la universalidad del sabotaje en todas las industrias y oficios, y no sólo por parte de revolucionarios conscientes, sino simplemente de cualquiera que deseara manifestar su rencor contra el sistema.
La importancia de recordar los orígenes
La espléndida edición de Dinamita de Louis Adamic que La linterna sorda acaba de poner en circulación, rica en notas e ilustraciones y con un índice onomástico, nos introduce de lleno en un tiempo convulso en el que el capitalismo extremaba la extracción de plusvalía en Norteamérica y el proletariado aprendía a resistir con todas las armas a su alcance. En la segunda edición revisada del libro, escrita durante la Gran Depresión, su autor pronosticaba un recrudecimiento de estas luchas en los años siguientes, motivado por el aumento del paro ligado a los cambios tecnológicos y al carácter impersonal y deshumanizado de los sistemas de gestión de las grandes empresas. También quería adivinar un giro final a la izquierda, basado en su convencimiento de que “América es un país de izquierdas, revolucionario”. Nada más fácil que criticar ahora ese vaticinio, pero se ha de reconocer que surgía sin duda de la esencia combativa que él vio y vivió y tan minuciosa y certeramente supo retratar. Que luego se apagara es otro capítulo de la historia.
Es una grata noticia la aparición al fin en castellano, y en edición de lujo, de un clásico de la historiografía de las luchas obreras como es Dinamita de Louis Adamic. Hay que señalar además que la copiosa documentación gráfica que acompaña la obra, con grabados y fotografías de la época, la convierte en un atlas imprescindible de la memoria visual de aquellos años fieros de sangre y dinamita. Todo el fragor y el espanto, el sufrimiento y la heroicidad de los que se enfrentaron al capitalismo que daba sus primeros zarpazos en los Estados Unidos quedan así de manifiesto.
Blog del autor: http://www.jesusaller.com/

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