Marx y la medicina

Viento Sur

 

En su discurso ante al 19º Congreso Nacional del Partido Comunista de China, celebrado el pasado mes de octubre, el presidente Xi Jinping habló de “la verdad científica del marxismo-leninismo”. El marxismo (con rasgos chinos), como siguió declarando el presidente Xi, ha de ser el fundamento de una China saludable. ¿Quién se atrevería hoy en día, en Occidente, a ensalzar a Karl Marx como garante de nuestra buena salud?

Marx murió hace tiempo. Falleció físicamente el 14 de marzo de 1883. Falleció metafísicamente en 1991, cuando la Unión Soviética desapareció dando lugar a un Estado ruso de nuevo independiente. El experimento comunista había trastabillado, flaqueado y, finalmente, quebrado. ¿Su legado? Como escribió Michel Kazatchkine en The Lancet el mes pasado, el sistema sanitario de la era soviética “se deterioró rápidamente” en sus últimos años, dando lugar a una “disponibilidad insuficiente de medicamentos y tecnologías médicas, instalaciones mal mantenidas, calidad menguante del servicio sanitario y descenso de la esperanza de vida”.

Sin embargo, ¿es justo condenar a Marx a la cuneta de la historia de la salud? El 5 de mayo de 2018 se conmemora el bicentenario de su nacimiento. Es un buen momento para reevaluar la contribución de Marx a la medicina y descubrir si su influencia es tan nociva como parece sugerir el sentido común contemporáneo.

La medicina y el marxismo tienen historias imbricadas, cercanas y respetables. La salud pública fue la comadrona del marxismo. La condición de la clase obrera en Inglaterra (1845), de Friedrich Engels, contribuyó a desvelar el coste humano del capitalismo. El ex redactor jefe del New England Journal of Medicine, Bud Relman, acuñó el término “complejo médico-industrial”, haciéndose eco de los temores marxistas sobre la mercantilización de todo lo que con más esmero cuidamos en la vida. Howard Waitzkin lo formuló de este modo en un artículo de 1978 publicado en Annals of Internal Medicine, titulado “Una visión marxista de la atención médica”:

El enfoque marxista duda de que puedan producirse importantes mejoras en el sistema sanitario sin un cambio fundamental del orden social en general.

The Economist, difícilmente calificable de bastión del pensamiento de izquierda, escribió hace unos meses que “hay muchísimo que aprender de Marx. En efecto, gran parte de lo que dijo Marx parece adquirir mayor relevancia en nuestros días.” Wolfgang Streeck, en su libro titulado con ánimo provocador How Will Capitalism End? (2016), emplea metáforas médicas para describir las “multipatologías” a que se enfrenta el capitalismo desde la crisis financiera mundial de 2007. El capitalismo ha acumulado un montón de flaquezas y ha agotado su arsenal de remedios, señala.

Fue un ex economista del Fondo Monetario Internacional, Ken Rogoff, quien escribió en 2005 que “la próxima gran batalla entre el socialismo y el capitalismo se librará en torno a la salud humana y la esperanza de vida”. La primera ministra británica, Theresa May, ha dicho que el capitalismo es “el mayor agente de progreso humano colectivo que jamás se ha creado”. Sin embargo, cada vez más personas, especialmente las generaciones más jóvenes, creen que una economía basada exclusivamente en el libre mercado no es necesariamente el mejor medio para crear sociedades más justas o más sanas. La nueva primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern, afirmó el mes pasado que “si permites que los mercados decidan el destino de tu pueblo…, no le estás haciendo un favor al país o al pueblo”. Las ideas marxistas han vuelto a entrar en el debate político.

Como expone Terry Eagleton en Why Marx Was Right (2011), el marxismo no trata de la revolución mundial violenta, dictaduras tiránicas ni fantasías utópicas irrealizables. Pienso que Marx interesa a la medicina por tres razones. En primer lugar, Marx plantea una crítica de la sociedad, un método de análisis, que permite explicar tendencias inquietantes de la medicina moderna y de la salud pública: la privatización de la sanidad, el poder de las élites profesionales conservadoras, el crecimiento del tecnooptimismo, el filantrocapitalismo, la importancia de los factores políticos determinantes de la salud, las tendencias neoimperialistas de la salud mundial, definiciones de la enfermedad en función del producto y la exclusión de comunidades estigmatizadas de nuestras sociedades. Estos aspectos de la sanidad del siglo XXI se estudian e interpretan mejor con una lente marxista.

En segundo lugar, el marxismo defiende un conjunto de valores. La libre autodeterminación del individuo, una sociedad igualitaria, el fin de la explotación, mayores posibilidades de participación pública en la adopción de decisiones colectivas, la negativa a aceptar la predeterminación de la naturaleza humana y la afirmación de nuestra capacidad de cambiar y un sentido de la interdependencia e indivisibilidad de nuestra humanidad común. Finalmente, el marxismo es un llamamiento a comprometerse, una invitación a unirse a la lucha por proteger los valores que compartimos. No hace falta ser marxista para apreciar a Marx. Ahora que se aproxima el bicentenario de su nacimiento, podemos estar de acuerdo en que la medicina tiene mucho que aprender de Marx.

Texto original en inglés: http://www.thelancet.com/journals/lancet/article/PIIS0140-6736(17)32805-2/fulltext

Traducción: viento sur

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