Lengua, lenguaje y política en Gramsci (PARTE DOS Y FINAL)

CONTINUACION….

Al superponerse a la relación sentimental la identidad o la proximidad en lo político, la comunicación entre personas que cifran la dignidad de la cultura en su función transformadora de los hombres y de las relaciones reales se complica. Efectivamente, en el debate político entre gentes que comparten unos mismos objetivos, en el marco de la III Internacional, pero que están obligadas a tomar decisiones perentorias acerca de divisiones entre amigos y conocidos que seguramente cuesta entender, la precisión lingüística, el buen uso de las palabras, resulta doblemente importante. En esas condiciones incluso la broma y la ironía se tienen que medir antes de dejarlas caer.
Una de las consecuencias negativas de la rusificación de los partidos comunistas de Europa, advertida ya por Lenin en el IV Congreso de la III Internacional y oportunamente recordada por el propio Gramsci, es que ese proceso obliga a entender con otras categorías, y con otras palabras, temas y asuntos nacionales que a veces tienen difícil traducción. La división que, en ese período, se fue creando entre un “marxismo ruso” y un marxismo llamado “occidental” tiene su origen prepolítico en los problemas de traducción de una concepción de la historia y del hombre (la marxiana) que fue pensada teniendo mayormente en mente los problemas de la lucha de clases en Alemania, Francia e Inglaterra, vertida luego al ruso para que pudiera ser entendida en un océano de campesinos y retraducida luego del ruso (leninista) al alemán, al inglés o al italiano.
Para un intelectual que conociera medianamente bien la obra de Marx, incluso para un intelectual como Gramsci que sentía gran aprecio por la obra de Lenin, este doble proceso de traducción y retraducción, al ruso y desde el ruso, de problemas socioeconómicos y culturales relativamente conocidos tenía que equipararse a una “traición”. Puesto que, en cierto modo y también en esto, il tradutore è traditore.
En efecto, al analizar las controversias políticas de la fase que va de 1924 a 1936 no se ha prestado la atención suficiente a un problema que es previo a la definición propiamente política, a saber: si realmente los interlocutores rusos, alemanes, húngaros, italianos, franceses, polacos, españoles, etc. entendían las palabras clave de la discusión en el mismo sentido, en la misma acepción. No digamos ya cuando, en ese contexto, se empieza a hablar de la revolución china con términos y conceptos del lenguaje político francés pasado por el ruso.
Gramsci, que ha dedicado algunos párrafos muy agudos de los Cuadernos al problema de la traducibilidad de los lenguajes [Q. 11, p. 1468-1473 y p. 1492-1493, 1932-1933], que ha querido dedicarse él mismo a la traducción, y que ha tenido serios problemas de comunicación incluso con los compañeros de la cárcel al discutir sobre la estrategia de la III Internacional, por fuerza tenía que ser sensible a este problema que estoy planteando. Y que se puede rotular así: Babel en el internacionalismo de la III Internacional o cómo construir un lenguaje común inteligible entre personas de tantas lenguas y nacionalidades distintas que saben a la vez dos cosas: que los obreros no deberían tener patria (según se dice en el Manifiesto comunista) pero que, de hecho, la tienen (como ha quedado probado durante la primera guerra mundial).
No hay duda de que cuando Gramsci se plantea el problema de la traducibilidad de los lenguajes científicos y filosóficos lo que tiene en la cabeza es precisamente el problema de las tradiciones nacionales en el marco de la Internacional, pues esa reflexión arranca precisamente con una mención de Lenin según la cual non abbiamo saputo “tradurre” nelle lingue europee la nostra lingua [Q. 11, p. 1468, 1932-1933].
El problema de traducir a un lenguaje común una estrategia internacionalista compartida por obreros e intelectuales que hablan diferentes lenguas y pertenecen a nacionalidades distintas se presenta ya desde los primeros años de la Primera Internacional. Y es un asunto que no se puede abordar sólo desde el punto de vista de la solidaridad (espontanea o consciente) de clase. Una parte del movimiento socialista y comunista ha actuado desde entonces como si la afirmación según la cual “los obreros no tienen patria” fuera un juicio o una proposición sociológica, resultado de alguna encuesta hecha entre segmentos representativos del proletariado industrial mundial cuando, a poco que se piense, se verá que se trata de una afirmación normativa, de un desiderata.
El propio Marx se ha dado cuenta de la importancia de este problema. En una entrevista que concedió en 1871 a la publicación neoyorquina The World, dijo:
“La AIT no impone ninguna forma fija al movimiento político. La AIT está formada por una red de sociedades afiliadas que abarca todo el mundo del trabajo. En cada una de las partes del mundo aparecen aspectos particulares del problema del trabajo; los obreros los tienen en cuenta y tratan de resolverlos a su manera. Pues las organizaciones obreras no pueden ser idénticas en Newcastle y en Barcelona, en Londres y en Berlín. La Internacional no tiene la pretensión de imponerles su voluntad, ni siquiera pretende dar consejos: ofrece a todo movimiento en curso su simpatía y su ayuda, dentro de los límites establecidos por los estatutos”.
Pero Gramsci va más lejos: traslada la reflexión del plano político-organizativo a un plano que es anterior, el de la posibilidad de traducir lenguajes y culturas distintos tratando de superar a la vez el primitivismo etnocéntrico y el relativismo absoluto. Al criticar tanto el “esperantismo filosófico” como la “utopía de las lenguas fijas y universales” o la “resistencia al desarrollo de una lengua común nacional por parte de los fanáticos de las lenguas internacionales”, ha tenido el acierto de poner en relación, y en cuestion, el pragmatismo cientificista, de raiz positivista, con la tentativa de Bujárin en el Saggio popolare, y ambas cosas con la persistencia de un etnocentrismo que no llega a captar la historicidad de los lenguajes y de las filosofías, razón por la que habitualmente se tiende a considerar que todo aquello que no es expresado en el propio lenguaje es delirio, prejuicio o superstición [Q. 11, p. 1466-1467, 1932-1933].
En ese contexto Gramsci ha señalado, además, un par de criterios teóricos de mucha utilidad para fundamentar, en el marco de la filosofía de la praxis, la posibilidad, por imperfecta que ésta sea, de una traducibilidad recíproca entre lenguas y culturas nacionales de tradiciones diversas. Estos criterios son:
1ª Dilucidar “las dosis de criticismo y escepticismo”, respecto del propio lenguaje (y de la propia concepción del mundo), que son necesarias para mantener la propia cultura alternativa sin paralizarse (o desmoralizar a los propios) ni convertirse en un sectario;
2ª Admitir no sólo como posibilidad sino como una realidad el que hay culturas superiores a otras, aunque – y esto es decisivo – casi nunca lo sean en aquello que sus defensores fanáticos, primitivos o etnocéntricos, creen que lo son, y, sobre todo, nunca tomadas en su conjunto o totalidad.
El tercer ámbito que hay que estudiar es el de la repercusión de esta preocupación por la lengua y los lenguajes en la evolución del pensamiento político de Gramsci. En este ámbito hay que decir que, aunque la reflexión sobre el vínculo entre lenguaje y política no siempre es explícita, sin embargo, la originalidad de Gramsci, y en particular la originalidad de su marxismo, se debe en gran parte a la voluntad de expresar en una forma nueva una nueva forma de hacer política.
Esta es una dimensión de la obra de Gramsci que siempre ha sido reconocida por personas de otras tradiciones o de otras culturas: de Piero Gobetti a Camillo Berneri y de Joaquim Maurín a Benedetto Croce.
Gramsci ha continuado en esto el camino abierto por Marx al proponer la mundanización de la filosofía como forma de realización-superación de la filosofía misma integrando en sus consideraciones los problemas de la humanidad que sufre y los problemas de la humanidad que piensa. Y si ya en el Marx de los años cuarenta del siglo pasado, y aún más en el de los años cincuenta, encontramos un periodismo documentado, con conocimiento histórico-filosófico y punto de vista, en el Gramsci de L´Ordine nuovoencontraremos una forma periodística igualmente original: informada, culta, polémica, problemática y veraz a la vez. Esto no es casual. Se debe a una reflexión particularizada sobre la cultura alternativa de los de abajo (en diáologo con Tasca y con Bordiga) y sobre la mejor forma del lenguaje de comunicación entre intelectuales y pueblo.
Esa reflexión es algo así como un hilo rojo que recorre toda la obra de Gramsci desde 1918 hasta 1935. Y se hace teniendo en cuenta fundamentalmente dos factores: de un lado, la comparación de la nueva concepción del mundo con la historia del cristianismo institucionalizado en Iglesia y, de otro, la necesidad de la crítica a la vulgarización del socialismo marxista que tiende a tratar a los de abajo como a “simples” o “mera tropa”. Gramsci busca un vínculo entre dirigentes y dirigidos en el marco de una misma tradición (él dice “concepción del mundo explícita y activa”) que se rija por un lenguaje único compartido, no como en las iglesias por dos lenguajes, uno para los clérigos y otro para los simples.
En esa búsqueda, la forma dialógica va de la mano de la propuesta de un nuevo tipo de filósofo al que él ha llamado “filósofo democrático” cuya personalidad no se limita al cultivo de la propia individualidad física sino que apunta más bien a “una relación social activa de modificación del ambiente cultural”. Esta es la traducción gramsciana de la mundanización marxiana del filosofar. Y su adaptación a la época “del puñetazo en el ojo”, esto es, a los años malos del fascismo y del nazismo, se expresa en el reconocimiento de que hay que pasar, modestamente, de sentirse “labradores de la historia” [aratori della storia] a considerarse “estiércol de la historia” [concio della storia]. “Antes – dice Gramsci – todos querían ser labradores de la historia; nadie quería ser estiércol de la historia […] Pero ¿se puede arar la tierra sin haber echado antes el abono? Algo ha cambiado, porque ahora hay quien se adapta filosóficamente a ser estiércol, el que sabe que tiene que serlo y se adapta” [Q. 9, p. 1128, 1932]. La política, y más en los tiempos malos, tiene que ser, pues, antes que nada pedagogía; y su lenguaje, el lenguaje de la política, pedagógico sin vulgarización ni primitivismo, apasionado y veraz.
Es esta reflexión la que conduce a Gramsci a una consideración sobre el talante y el estilo más convenientes para la nueva época, para esa fase histórica en la que lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer.
Hay en los Cuadernos otros dos pasos igualmente interesantes para la consideración de la relación entre lenguaje y política que querría recordar aquí.
El primero se refiere a la cuestión de los jóvenes y tiene que ver con la importancia concedida al diálogo intergeneracional en la lucha por la hegemonía [Q. 1, p. 115-116, 1929-1930; Q. 3, p. 396-397, 1930; Q. 14, p. 1717-1718, 1932-1935]. Y el segundo [Q. 26, p. 2298-2301, 1935], que es también un diálogo en el marco de la propia tradición, se refiere al estilo, a la forma más apropiada para elaborar el “bloque histórico”, para crear un “centro de anudamiento” entre intelectuales y pueblo.
Gramsci ha llamado varias veces la atención sobre la importancia de los cortes y crisis generacionales en la lucha por la hegemonía así como sobre la responsabilidad de los mayores, de los viejos y no tan viejos, en esta batalla. La crisis generacional tiene una relación directa con el malestar cultural. Y en ella es esencial encontrar un lenguaje común en el que personas de diferentes edades, que aspiran a transformar el mundo, puedan entenderse y comunicarse vivencias distintas. Gramsci está tratando de plantear aquí, en términos positivos, un delicado asunto al que Turgueniev y Dostoiewski habían dedicado ya algunas páginas excelsas bajo el rótulo “padres e hijos: liberalismo y nihilismo”. Como ese sigue siendo uno de los temas de nuestro tiempo, no será inútil decir aquí unas palabras para prolongar hacia nuestro presente la preocupación de Gramsci.
Efectivamente: uno de los problemas a los que hemos de hacer frente ahora es que el diálogo entre generaciones está mediatizado por la trivialización y manipulación de la historia del siglo XX de que hace gala el “revisionismo” historiográfico. Éste está calando muy hondamente y aparece ya como una ideología muy funcional a los intereses de las clases dominantes en la época de la homogeneización y del uniformismo cultural. Lo que llama posmodernismo es, en el plano cultural, la etapa superior del capitalismo y, como escribió John Berger, “el papel histórico del capitalismo es destruir la historia, cortar todo vínculo con el pasado y orientar todos los esfuerzos y toda la imaginación hacia lo que está a punto de ocurrir”.
Así ha sido y así es. Y puesto que así es, a los jóvenes que se han formado ya en la cultura de las imágenes fragmentadas hay que hacerles una propuesta distinta de la del gran relato cronológico tradicional para que se interesen por lo que Marx y Gramsci fueron e hicieron, por la tradición socialista marxista; una propuesta, en suma, que restaure, mediante imágenes fragmentarias, la persistencia de la centralidad de la lucha de clases en nuestra época entre los claroscuros de la tragedia del siglo XX. Gramsci pensó en el teatro, en la literatura popular, en la poesía y en la narrativa. Y pensó en la importancia de la palabra (oral y escrita) en términos de concepciones del mundo y de un gran relato histórico. Esa reflexión merece ser prolongada. Es probable que en nuestros días el lenguaje más adecuado para enhebrar el diálogo entre generaciones en el marco de las tradiciones de liberación sea un uso alternativo de la técnica cinematográfica y del vídeo, combinando documentación histórica y pasión razonada.
Querría terminar con una consideración sobre el estilo en la nueva forma de hacer política. Hay una reflexión, contenida en una nota de 1935 sobre las “contradicciones del historicismo y las expresiones literarias de las mismas”, que resume bien, en mi opinión, la lección de estilo que Gramsci nos quiso dejar. Esa reflexión versa sobre la ironía y al sarcasmo como formas estilísticas. Tiene mucha enjundia y también actualidad.
Artículo publicado el 2/1/2014 en La Haine, que reproducimos ahora como homenaje al cumpleaños del gran revolucionario italiano.
 

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