Lengua, lenguaje y política en Gramsci (PARTE UNO)

Por Francisco Fernández Buey
Gramsci ha continuado en esto el camino abierto por Marx al proponer la mundanización de la filosofía como forma de realización-superación de la filosofía misma
Tutto il linguaggio è un continuo proceso di metafore, e la storia della semantica è un aspetto della storia della cultura: il linguaggio è insieme una cosa vivente ed un museo de fossili della vita e delle civiltà passate.
[Quaderni del carcere, 11, p. 1438, 1932-1933]
La preocupación de Antonio Gramsci por el tema de la lengua y los problemas lingüísticos ha sido una constante desde los escritos juveniles hasta las últimas notas de los Quaderni, en 1935, y sus últimas cartas. Esta preocupación está suficientemente documentada tanto para la época de L´Ordine Nuovo como en el caso de los Quaderni y las Lettere de la cárcel.
Algunos intérpretes de su obra, como Franco Lo Piparo y Tullio De Mauro, han subrayado en diferentes momentos la importancia que tuvo la formación universitaria torinesa de Gramsci, en tanto que lingüísta y filólogo, en la elaboración del conjunto de su obra y en la configuración de su pensamiento filosófico y político. El propio Valentino Gerratana ha avalado la consideración de que las reflexiones histórico-filológicas gramscianas, y en particular su concepción del lenguaje como actividad conformadora de sentimientos y creencias comunes en unos casos y de fracturas sociales en otros, tuvieron una importancia decisiva no sólo para la elaboración de una teoría de la cultura basada en la idea de reforma moral e intelectual, sino también en la conformación de la teoría de la hegemonía, que es el centro de la filosofía política del Gramsci maduro.
Creo que hoy en día tiene mucho interés volver a subrayar este aspecto de la obra de Gramsci, a saber: su voluntad de construir un lenguaje teórico y político nuevo, su voluntad de comunicación más allá de las jergas del especialista y de las fórmulas establecidas en el marco de una determinada tradición liberadora compartida.
Lo pienso así por dos razones. En primer lugar, porque me parece que si Gramsci es, de todos los clásicos del marxismo, el que mejor llega hasta nosotros en diferentes países del mundo, el que tiene más cosas que decirnos, esto se debe no sólo a lo que dijo y escribió sino también a cómo lo dijo, a la forma en que lo dijo.
Y en segundo lugar, porque la búsqueda de un lenguaje adecuado en el que poder dialogar entre generaciones y en el marco de una tradición emancipatoria común es tal vez la principal tarea prepolítica de la izquierda digna de ese nombre en este cambio de siglo. En efecto, la batalla por dar sentido a las palabras de la propia tradición, la batalla por nombrar, por dar nombre a las cosas, es probablemente el primer acto autónomo de la batalla de ideas en este fin de siglo. La tradición socialista marxista se encuentra en esto en una situación parecida a la aludida por Girolamo Savonarola cuando en otro fin de siglo, en los orígenes de la modernidad europea, y a la vista de la degeneración del cristianismo oficial, propone, sin embargo, no tirar por la borda las palabras clave de su tradición y seguir empleándolas como habitualmente lo hace la mayoría, pero recuperando el sentido preciso del concepto que sólo conservaba una minoría.
El propio Gramsci ha escrito, en esa misma línea, una sugerente reflexión a propósito del lenguaje y las metáforas en relación con los fundadores de la filosofía de la praxis. El lenguaje, ha dicho en ese contexto [QC 11, p. 1427-1428, 1932-1933], es siempre metafórico; y aunque no conviene exagerar el significado del término “metáfora” añadiendo que todo discurso es necesariamente metafórico, sí que puede decirse que el lenguaje actual es metafórico “per rispetto ai significati e al contenuto ideologico che le parole hanno avuto nei precedenti periodi di civiltà”. Esta observación vale también para determinadas palabras de la filosofía de la praxis, como “sociedad civil”, “ideología”, “hegemonía” (por no hablar de “socialismo” o de “democracia material”) que han entrado ya en el lenguaje habitual de las ciencias sociales y del ciudadano culto de nuestra época.
No hay duda de que varias de esas palabras (señaladamente “ideología”) fueron usadas por Gramsci en una acepción distinta a la que tuvieron en la obra de Marx. Y tampoco puede haber duda de que, al pasar al discurso corriente e incluso a los manuales de sociología política, algunos de esos términos han cambiado hoy de sentido. La expresión “sociedad civil”, por ejemplo, ha adquirido tantas y tan diferentes connotaciones en el lenguaje político y sociológico habitual que uno no puede evitar cierto malestar cuando la oye o la lee en equívoca atribución a Gramsci.
El problema es qué se hace a partir de tal constatación, cómo operar. Gramsci descarta dos operaciones contemporáneas que son al mismo tiempo dos opciones históricamente muy difundidas: la utopía de las lenguas fijas y universales y la tendencia paretiana y pragmatista a teorizar abstractamente sobre el lenguaje como causa de error solventando el problema concreto (esto es, la ambivalencia del lenguaje cotidiano y el diferente uso que de las palabras hacen los “simples” y los intelectuales “cultos”) con un “diccionario” propio o mediante la creación de un lenguaje puro (formal o matemático) de uso universal.
Independientemente de lo que se piense acerca de la bondad epistemológica del intento paretiano y russelliano consistente en encontrar lenguajes en los que los términos sean usados unívocamente, e independientemente también de lo que se piense sobre la extensión (más reciente) de tales intentos a la ciencia política, parece evidente que tal pretensión escapa al ámbito de la actividad política colectiva concreta y que, por tanto, en ésta hay que acostumbrarse a la imposibilidad de superar la anfibología, la equivocidad y las metáforas. Ese fue al menos el punto de vista de Gramsci. Lo que implica buscar un lenguaje no formal o formalizado, en cierto sentido metafórico también él, en el que puedan entenderse intelectuales y pueblo, de generaciones distintas, y que luchan por una nueva cultura.
Lo diré de otra manera: para poder renovar la tradición marxista y socialista en los nuevos tiempos hace falta un esfuerzo considerable en lo tocante a la comunicación y comprensión recíproca de experiencias y vivencias entre generaciones, un esfuerzo lingüístico innovador similar al que hizo el propio Gramsci primero en los años de L´ordine nuovo y luego en los años de la cárcel.
Este esfuerzo gramsciano se puede caracterizar así: es formal y metodológicamente innovador en lo que tiene de presentación de una de las tradiciones del movimiento obrero (la marxista) y, por tanto, ya en la interpretación misma de la obra de Marx; y es sustancialmente innovador en lo que tiene de pensamiento propio, es decir, de pensamiento que se quiere en continuidad con esa misma tradición pero que presta particular atención a los problemas socioeconómicos y culturales nuevos, no tocados o no previstos por los principales clásicos de la misma.
La forma que Gramsci ha dado a su discurso, el lenguaje que Gramsci inventa para interpretar a Marx y pensar en continuidad con Marx, innovando, es, ante todo, acentuadamente dialógica. Quisiera subrayar esto aquí. No es la forma dialéctica tendencialmente “arquitectónica” buscada por Marx en la Contribución a la crítica de la economía política y en El capital; ni tampoco la forma “sistema” esbozada por Engels en el Anti-Dühring y en su reflexión sobre el paso del socialismo utópico al socialismo científico; ni la forma “tratado” propiciada por Bujárin; ni la forma casi siempre políticamente instrumental seguida por Lenin en la mayoría de sus obras; ni tampoco la forma “ensayo” que se impuso en el marxismo “teórico” posterior. La forma del discurso de Gramsci es más bien un diálogo, simultáneo o diferido, a tres bandas: con los clásicos de la tradición (para precisar en qué innovan éstos), con los contemporáneos próximos (para decidir, si es que se puede decidir, acerca de las preocupaciones y problemas del momento), y consigo mismo, pero sin ensimismamiento, a partir de la reconsideración de las experiencias vividas desde 1917.
La importancia que Gramsci dio a la lengua y al lenguaje a lo largo de toda su vida se puede estudiar en distintos ámbitos. En esta comunicación me referiré principalmente a tres de esos ámbitos con especial atención a los Cuadernos de la cárcel.
El primer ámbito que hay que tener en cuenta es, naturalmente, el de las consideraciones específicas sobre las lenguas y su historia, sobre la gramática, sobre los problemas de la lingüística y sobre la cultura y la literatura italianas conectadas con estos problemas.
Es sabido que ya en el primer plan de trabajo en la cárcel, cuando Gramsci anuncia en marzo de 1927, con cierta ironía, que querría hacer algo “für ewig”, desinteresadamente, de acuerdo con una concepción de Goethe recuperada por Pascoli, estas reflexiones sobre la lengua iban a tener un lugar destacado. Y no sólo porque el segundo asunto de ese plan era “nada menos” que un estudio de lingüística comparada, sino también porque los otros temas propuestos (investigar la formación del espíritu público en la Italia del siglo XIX, la transformación del gusto teatral a partir de la obra de Pirandello y la conformación del gusto popular en literatura) tienen, todos ellos, una conexión directa con la preocupación filológica.
Aunque, por motivos diversos, este plan inicial iba a experimentar notables modificaciones en los años siguientes y aunque a partir de cierto momento Gramsci declaró que ya no tenía un plan propiamente dicho, o sea, de estudios sistemáticos, sin embargo, su voluntad de “sacar jugo a un higo seco” le permitió sin duda recuperar al menos una parte de aquel proyecto “desinteresado”. La enfermedad, la imposibilidad de contar en la cárcel con los materiales científico-académicos apropiados, los problemas políticos y sentimentales y el constante esfuerzo de introspección que llevó a cabo en los años siguientes acabaron convenciendo a Gramsci de que lo que realmente podía hacer en tal situación era una obra sustancialmente polémica. En su ejercicio de introspección Gramsci acaba juntando el socrático “conócete a tí mismo” con el hacer de la necesidad virtud, con la justificación de lo que realmente él podía hacer en aquellas condiciones:
“Toda mi formación intelectual ha sido de tipo polémico. El pensar desinteresamente me es difícil, quiero decir el estudio por el estudio. Sólo a veces, pero muy raramente, se me ha ocurrido meterme en un determinado tipo de reflexiones y encontrar, por así decirlo, en las cosas en sí el interés para dedicarme a su análisis. Ordinariamente me es necesario ponerme en un punto de vista dialógico o dialéctico, pues en otro caso no siento ningún estímulo intelectual. No me gusta tirar piedras al vacío, quiero sentir un interlocutor o un adversario concreto. Incluso en la relación familiar quiero dialogar”.
Pero la realización final del proyecto, por lo que se ve en los Cuadernos, resulta ser algo más que polémica. Y, desde luego, algo más que un mosaico de reflexiones fragmentarias, como se dice a veces demasiado apresuradamente. Algo más que polémica son, por ejemplo, las notas sobre la movilidad y estratificación de la lengua, sobre la tensión entre gramática viva y gramática normativa, sobre las relaciones existentes entre las opciones expresivas o estilísticas y las formas de la cultura y de la vida social, o sobre las posibilidades de traducibilidad de los lenguajes y formaciones culturales. En todas ellas hay un hilo rojo, la cuestión de una nueva cultura de las clases subalternas y la lucha por la hegemonía, un hilo rojo que rebasa la forma polémica y la fragmentariedad de las notas.
En cierto modo, y por lo que hace a este punto, se puede decir que el proyecto de Gramsci se va perfilando como un enlazar sus conocimientos académicos, en tanto que filólogo e historiador de la lengua, con la experiencia adquirida como dirigente político comunista para proyectar esos conocimientos al estudio de la historia de Italia y a la crítica de la cultura. Lo que resulta de ahí, viendo los Cuadernos en su conjunto, es un bosquejo de sociología política de la contemporaneidad. Eso sí: con punto de vista explícito y mucha conciencia de la historia. Sus consideraciones histórico-críticas iniciales sobre la cuestión de la lengua y las clases intelectuales o sobre los distintos tipos de gramática acaban remitiendo a consideraciones de política lingüística [Q. 29, 1935, p. 2344-45], de política cultural, de sociología de la contemporaneidad, a consideraciones, en suma, sobre la reorganización de la hegemonía cultural en el presente:
Ogni volta che affiora, in un modo o nell´altro, la quistione della lingua, significa che si sta imponendo una serie di altri problemi: la formazione e l´allargamento della classe dirigente, la necessità di stabilire rapporti piú intimi e sicuri tra i gruppi dirigenti e la massa popolare-nazionale, cioè di riorganizzare l´egemonia culturale. Oggi si sono verificati diversi fenomeni che indicano una rinascita di tali questioni…[Q. 29, p. 2346, 1935].
Además de constatar, pues, que la preocupación por la lengua, los lenguajes y la literatura en relación con la hegemonía está al principio [en el primer cuaderno iniciado el 8 de febrero de 1929] y al final [en las “note per una introduzione allo studio della grammatica” escritas en 1935] de los Cuadernos, hay que decir que este tipo de consideraciones gramscianas siguen siendo de gran actualidad, particularmente en países como los nuestros, donde la cuestión de la lengua (o, mejor, de las lenguas y sus formas dialectales y de las culturas que se encuentran y chocan entre ellas) se ha convertido desde hace algún tiempo en uno de los principales temas de debate público. La principal lección de Gramsci, también en esto, es de orden metodológico. De metodología en un sentido amplio, filosófico.
Cuando sólo existe un simulacro de cultura, como es ahora el caso, no puede haber un verdadero diálogo con Gramsci ni con ningún otro.
CONTINUA…..

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